En ella, para mi asombro, le dice: «Me entristece de veras saber que todavía caminas por los corredores de la traducción. Entre los tibetanos hay un cielo y un infierno para los traductores. Tú te irás al primero. Aunque no estoy tan seguro: muy bien traducir a Baudelaire, Rimbaud, Ungaretti; menos bien a Lévi-Strauss o a Jakobson, muy mal a Lacan (¿por qué y para qué?)...»
Pues hoy, ocho de noviembre de 2011, cuando recibimos la noticia del fallecimiento de Tomás Segovia, podemos responder a Octavio Paz. Tradujo a Lacan para brindarnos, –a los miles y miles de lectores de Lacan dispersos por el mundo, desde Argentina a Francia, pasando por Galicia, Castilla, o Andalucía– la ocasión de disponer de una traducción elegante y precisa.