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jueves, 28 de febrero de 2008

Jesús Mañueco


Durante años, Jesús Mañueco ha sido mi columnista-colega de los jueves. Incluso en una ocasión un error situó su nombre en mi artículo. Desde hace meses su ausencia se hace sentir. Le pedí en privado que siguiera escribiendo. No obtuve premio. Vuelvo a la carga y ahora en público. Estas son mis razones.

Desde el siglo XIX se puede ver un avance de la política de las cosas frente a la política de los hombres. Gobernar, se nos dice, es demasiado serio como para abandonarlo en manos de los seres que hablan. Son humanos, ¡peligro! Hacen falta expertos, tecnócratas, evaluadores-inspectores, profesionales. Las cosas se gobiernan solas. Porque las cosas son como son. Y punto. Hay que leer a Jean-Claude Milner, La política de las cosas.

Sobran los sujetos, y su asquerosa subjetividad, sobra la estirpe antigua de los políticos con alma, se proclama de mil maneras. Mejor rodearnos de eficaces gestores de las cosas, de serviciales administradores asépticos: ellos conducirán mejor que nadie el programa de convertir a los hombres en cosas. Los hombres como mercancías, objetos de consumo, partes contables, almacenables, clasificables. Musil lo dejó escrito: hombres sin atributos.

En esa lógica, quien no encaja es el político que osa dedicar más tiempo a hablar con humanos que a mirar las cosas. Y de vez en cuando, en las formaciones políticas y en los grupos ciudadanos aparece la figura de quien sobra en ese juego: de quien sabe demasiado de hombres, hasta el punto de que puede ser nombrado por otros, y él a su vez entrar en el campo de las nominaciones y conocer de cerca a unos y otros, incluso por su apodo, por su mote, por una anécdota. Políticos que pueden ser reconocidos por su singularidad, por sus gestos, por sus manías, por sus errores y aciertos, por su semblante y por las miserias y grandezas inherentes a la condición humana. Este tipo de políticos no encajan en la gris serie mediocre que necesitan las cosas para ser gobernadas solas. Sobresalen de la serie por su excepcionalidad. La pueden armar en cualquier momento: no han aprendido que no pueden ser imprevisibles sino que se les acaba exigiendo someterse ellos también a la lógica de lo previsible y controlado.

Rivales políticos, antiguos compañeros, gentes cercanas, amigos de verdad y otros que no tanto, de todos ellos se podrá escuchar, estoy seguro, que si en nuestra ciudad ha habido, y por supuesto aún hay un político que merece el sobrenombre de zôon politikón, ese es nuestro vecino ilustrado de hoy. Nadie le va a discutir eso nunca.

El cariño que le profesa la gente de la calle, la aureola que rodea su figura, el acervo acumulado de tantos años, desde muy joven, dedicados a la cosa política, el carisma y su figura de Otro para sus vecinos, todo ello me hace concluir que puede ser un auténtico lujo que nuestra ciudad, por momentos alicaída y gris, no se aproveche de JM, máxime suponiendo que especimenes así de superdotados para la cosa pública se han dado en contadas ocasiones en nuestra historia política como ciudad.

Aunque toque ocuparse de la familia –un valor prioritario en su vida y en sus tomas de decisiones– y tramitar el dolor consecuencia de las vicisitudes de nuestra existencia mortal, muchos le reclaman más presencia en nuestra ciudad, y también ocuparse de los otros, de los vecinos, sea con la excusa que sea –hay veces que se niega a los políticos la ambición personal en el intento claro de imaginarse que son cosas y no sujetos con pathos–, sea con el motivo que se encuentre, bajo la fórmula más diversa que se quiera.

Cuando se ha bebido y a tragos el licor del desagradecimiento y el de la maledicencia. Cuando se ha verificado el horror de lo peor cuando eso toma el semblante humano. Cuando, en palabras de Agamben, a alguien se le empuja a la pura vida, al lacaniano ‘moho de la existencia’, a una existencia mútica, quizá entonces nada mejor que la escritura como modo de estabilizar la relación con el Otro social.

Por todo ello, hay razones para que el servicio al lazo social, en momentos de grave fragmentación social, puede serle requerido a quien acumula en sí un saber de la ‘polis’ que sin desmerecer de su notable esfuerzo de invención, no es en parte sino tomado de los otros, prestado.

Usufructo que se justifica en que un político, si es bueno, como es el caso, si ha demostrado no tener miedo al acto político, si ha gobernado como humano, como ser hablante que se equivoca tanto como acierta, realmente sucede que poco a poco es portador en sí de un saber político del que no es propietario único, sino que acumulado en depósito, se encuentra a la espera de que sus vecinos y amigos un buen día se lo puedan reclamar. Con pathos.


jueves, 4 de octubre de 2007

Chema Crespo



Chema Crespo

“Nunca caminará en solitario”. Me ha llamado poderosamente la atención la frase con la que finalizaba su columna homónima a la mía, en este mismo rotativo, uno de los correligionarios de nuestro vecino ilustrado de hoy. Y es que hay vecinos que ‘hacen grupo’, pues lo suyo es el lazo social, la antítesis del individualismo que sella nuestra época.

Se precisa mucha dosis de aguante, estará el lector de acuerdo conmigo en esto, para soportar los embates de la lucha de “yoes”, de las rivalidades feroces, de los trepas descomunales que se llevan todo por delante, hay que ser muy fuertes para soportar constantemente el “qué hay de lo mío”, al constatar a diario que la entrega a los demás, el servicio altruista, la generosidad constante van a contracorriente de la inercia del “ego”. Ante ese panorama, la versión diaria del odio recocido a fuego lento de los grupos humanos, muchos optan por alejarse de compromisos sociales, de asociaciones, de responsabilidades. Hasta el punto de que es difícil encontrar candidatos para las cosas públicas.

En medio de ese clima, algunos, más decididos, optan por servir a la ciudad, en el espíritu griego de “Alcibíades”, en la polis. Y a la postre, finalizan haciendo de eso, su profesión, es su especialidad, y obtienen su remuneración. Las sociedades modernas optaron por la vía de crear profesionales de la política.

Hoy sabemos que no era el caso de Chema Crespo.

Hemos sabido estos días que su dedicación a la política, a las cosas de la ciudad, no era su profesión, no fue en sus inicios el resumen de su reflexión intelectual, ni tan siquiera, producto de una herencia familiar, sino el resultado de una elección ante una encrucijada concreta, de un impulso juvenil, “de las vísceras”, que le llevaron, muy joven, a participar en las agrupaciones políticas juveniles y defender lo que consideraba justo en el tablero de la política. Esta corriente de aire fresco, el saber que en política, algunos están un tiempo, y después dejan paso a otros, que la erótica del poder no atrapa y consume de por vida puede tranquilizar a quienes piensan que “todos los políticos son iguales” o a quienes gozan despellejando a todo aquel que destaca en la cosa pública, sencillamente porque pierde en la diferencia al compararse. No sólo les puede tranquilizar, sino que este acto de Chema Crespo, el abandono de las responsabilidades políticas y su explicación pública a la ciudad, no es sino una lección a estudiar, un ejemplo de cómo alguien puede salir de la política con normalidad.

Tal es lo extraño de que alguien abandone la política cuando está en la cima, que no lo haga por problemas de salud o por jubilación más o menos anticipada, -toda jubilación es anticipada, recordemos-, que no lo haga por defenestración o porque le pillaron in fraganti, tal es de extraño, que el abandono de la política por estrictas razones de elección, han sorprendido y siguen sorprendiendo a casi todos. Hasta el punto de que se desconfía de las razones que el principal protagonista aduce, como si el resto supiera más de la verdad que el propio Chema Crespo.

Añadiré de mi cosecha, que la elección, toda elección en la vida, es subjetiva. Las razones objetivas son semblante. Y anticiparé mi interpretación. Chema Crespo abandona una clase de política. La que le iba a llevar al enfrentamiento de Chema Crespo contra Chema Crespo en una lucha interior desgarradora, sima más profunda de la que ya cada quien ha de soportar por la esencia de nuestra constitución subjetiva, en donde “yo es otro”. Una clase de política en la que la cercanía, la sonrisa, el abrazo, la burla amistosa, el chascarrillo, el afecto permanente, la complicidad divertida, lo entrañable, todo ello tan “made in Chema Crespo”, todo ello marca registrada, y resto y huella que deja al marcharse en sus vecinos y conocidos, y lo que es más increíble, en sus rivales políticos, iban a tener que ser demasiada ficción, más producto del fingir que natural. Y al final ha optado por no hacer más profunda la división. Si esta interpretación que hago es la correcta, entonces nuestro vecino no abandona la política sino que la continua por otros medios, al estilo de lo que Clausewitz decía de que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”.

Y anticipo que volverá al fragor de la lucha política, donde nos ha demostrado a todos que se mueve como pez en el agua, sobre todo desde que se viera su talento cuando desempeñó el cargo en España de máximo dirigente de una organización política juvenil.

Ahora bien, ¿nuestra ciudad se puede permitir el lujo de perder a más “Chemas Crespos”? ¿puede perder ilustrados, vecinos que saben leer con rapidez y chispa lo que sucede en la polis?

De acuerdo con que engordan la diáspora palentina y de que allí donde van hacen de embajadores de los intereses de nuestra ciudad. De acuerdo. Pero la pérdida, el goteo, y sobre todo, la sensación de tristeza que dejan al abandonar, más el reconocimiento unánime de todos a su labor y su valía, como hemos vivido estos días atrás leyendo la prensa o la blogosfera palentina, hace pensar en esa idea de que sólo valoramos algo cuando nos falta.

Nuestra diáspora estará contenta. Pero la ciudad pierde, no sólo sus compañeros de la política, también pierden sus rivales, pues siempre es mejor enfrentarse a alguien con veta social, que a un solitario. Y Chema Crespo nunca caminará en solitario.


jueves, 21 de junio de 2007

Ramón Calderón



VECINOS ILUSTRADOS

Ramón Calderón


Nunca antes un palentino había presidido un club de fútbol como el Real Madrid. Se nota en la ciudad, cuando un palentino asoma en una responsabilidad, el orgullo de los vecinos, como si ellos mismos estuvieran así representados. Ahora que en su primer año de mandato ha conseguido un importante éxito, es aún más lógica la alegría, y la expectación.

Estos meses de Presidente, de seguro, le habrán servido para comprender el valor del símbolo, sin duda, y la difícil psicología de las masas. Si triunfó en las elecciones, y después, en los tribunales, y ahora con un título deportivo, no parece ser suficiente ante el poder del nuevo tirano que es la opinión pública en España, y ante el poder de los que opinan, los periodistas deportivos, y ante las reacciones de las masas ante el triunfo y la derrota. Porque el fútbol, ha pasado a ser un factor de la política, un dato a tener en cuenta, un elemento de la felicidad de los pueblos, y del uso de sus símbolos.

Bilbao, finales de abril. El Madrid está metiendo una soberana paliza al Athletic. Los aficionados, pocos, que seguimos al equipo somos tratados como símbolo, y no meros aficionados de un equipo de fútbol, y hemos de escuchar el clamor de todo un fondo que nos grita: ¡españoles, h. de p.! La señora de Badajoz que está detrás de mí, y que confunde a Cicinho con Reyes, no entiende nada, y al final del partido, cuando la policía vasca nos conmina a no salir de ‘La catedral’ para evitar males mayores, colocándonos a todos aún en peor posición, hemos de acompañar a un aficionado muy joven que ya recibió una paliza al ser del campo del Racing, donde también pudimos ver en vivo y en directo la mentira posterior de los informadores deportivos: nada más poner un pie en el parking, el autobús de los seguidores madridistas es apedreado, pero para las televisiones de los días posteriores se trataba de provocadores, de los ultras de siempre. Lo contrario de lo que había sucedido.

Nunca fue más agradecido el gesto de un Presidente de un equipo de fútbol que en La Romareda, cuando tuvo la deferencia de hacer lo que nunca antes había hecho un Presidente: bajar al campo a compartir unos segundos de ánimo con los seguidores que llevábamos tres horas calándonos con el calabobos maño, y felices por el ‘triunfo’ in extremis, idéntico al que sufrimos en el Colombino abrazados al padre de un jugador blanco. Ese gesto, que todos los seguidores deportivos de un equipo, agradecen siempre, sirvió para que todos se ensañaran con nuestro paisano Ramón, como si hubiera cometido un delito grave, cuando, -¿es demasiado pedir que se ‘lea’ el gesto?-, de seguro buscaba un interlocutor. Además, sin olvidar que, -al igual que en una cena con la peña que lleva su nombre en Palencia ya le escuché algo similar-, se puede resumir en lo que los psicólogos llaman las profecías de autocumplimiento, es decir, que el mero hecho de anunciarlas inicia el proceso para su realización.

Oí en los pasillos del Bernabeu los comentarios de los aficionados, en dos momentos muy sintomáticos: en el descanso del primer partido de Liga y en el último. Eran todos ventajistas, como los de algunos informadores, pues si llega la derrota, ellos triunfan, pero si llega la victoria, también.

He leído que Calderón busca cuidar los aspectos formales, con su idea de que 'en el Madrid nos debemos a la gente'. Y que “el Madrid es de todos, no tiene propietarios. Y sólo vende una cosa: ilusión”. Dice no haber sentido angustia sino “cierta indignación al descubrir que el género humano a veces no es muy bueno”. Creo que su elegancia y saber estar, su deseo de que le perdonen los éxitos, no va a ser suficiente, porque tiene que lidiar con toros muy enrevesados en la Corte. Desde Palencia sólo resta enviarle nuestro apoyo de paisanos y de vecinos. Y de recordarle que ha de traer al equipo a La Balastera, que alguna ventaja habremos de tener, mientras aguanta la presión diaria de los gozadores del lenguaje.

Trato de entender cómo se puede sentir nuestro vecino, hombre de leyes de formación, ante los tumultos, y los discursos que, se ve, gozan con el uso ilimitado del lenguaje y de las palabras sin brújula, el goce de hablar por hablar, un goce que invade y se desparrama a diario, portada tras portada. Le recomiendo en especial a nuestro paisano la lectura de Descripción de la mentira, de Gamoneda, cuando dice: «Y las palabras, fiebre bajo las tégulas, grumos retrocediendo, hieles que enloquecían bajo el disfraz del sueño, ¿qué son, qué hacen en mí cuando se ha extinguido la verdad?»


jueves, 19 de abril de 2007

PALENCIA CONFIDENCIAL




Si aún no han pescado el BLOG de Palencia Confidencial, http://www.palenciaconfidencial.blogspot.com/, dénse prisa. Es un intento muy noble de aproximarse a la escurridiza verdad, la que nunca está donde se la espera.

El BLOG, cuyo autor firma con pseudónimo, Eto Demerzel, está dedicado a “noticias y rumores del mundo social y político de Palencia…a promover el debate y la participación con la ayuda de las nuevas tecnologías. Y es que en los niveles de la comunicación, de todos los posibles recursos, el rumor siempre ha sido obligado en nuestra tierra castellana y palentina. Hemos tenido que inventar mil instituciones microsociales para poder acercarnos a la verdad de lo que sucede en la vida social y política: desde el cotilleo hasta el cenáculo, pasando por el comentario sotto voce, el dime-direte, la conversación de pasillo, la confidencia, el sólo-lo-sabes tú, y el no-se-lo-digas-a-nadie. Con el peligro del bulo, o de la maledicencia.

¿Por qué recurrimos tanto a la confidencia? Seguramente porque muchas veces ha de ser así por razones de semblante social, de diplomacia y de sensibilidad. De acuerdo. Pero de seguro que también han de haber razones de estructura.

Un buen amigo, de esos que se tienen una vez en la vida, me ha escrito para lamentarse de los pocos comentarios que encuentra en algunos blogs, y me ha hecho una reflexión acerca de las razones de estructura que hacen de nuestra tierra castellana una zona especialmente dotada para el silencio y la confidencia.

Esta es su argumentación: «A menudo me pregunto porqué en esta tierra nuestra el silencio cae como una capa tupida, seca, polvorienta y oscura, puramente castellana. ¿Es la historia la que nos pesa tanto. Desde Carlos I y los Comuneros, aquí no se oye una voz, Castilla pagó, sin rechistar, en plata y sangre todas las guerras sin lograr nada a cambio, acató todo lo que vino desde el Poder, se convirtió en el bastión conservador de España, siempre expectante, vigilante, celosa de los fueros de otros, silenciosa como buen centinela. Remedando a Canovas ¿“castellano es quien no puede ser otra cosa”?, quizás, puede que el papel nos guste, nos da un carácter del que, parece, carecemos, un tópico, una identidad nacional ante las demás gentes de este país, podemos no resultar muy simpáticos, pero, aparentemente, tenemos una misión. ¿Continuamos vigilando?, tal vez. Si es así, debiéramos de abandonar la atalaya y participar en la fiesta que se celebra abajo, cantar y bailar sin temor al ridículo, pues, la de centinela, es una labor que realmente nunca nos ha correspondido. Aunque, a veces me pregunto si es otra la razón histórica que nos lleva al silencio, ¿de donde viene esa desconfianza constante, pueblerina, por los vecinos?, el que dirán, la sumisión a la opinión del otro, sobre todo si representa de alguna forma al poder. En 1834, la entonces regente Maria Cristina, disolvió finalmente el Tribunal de la Inquisición. Puede parecer una fecha lejana, pero para la historia social, está a la vuelta de la esquina, ¿nos quedan resabios de los “familiares”, los delatores de conductas incorrectas, la caza del que no demostraba“pureza de sangre”? Este escenario, nos hizo perder el Renacimiento y la Ilustración, y por tanto el acercamiento intelectual a las nuevas ideas que recorrían Europa, nos encerramos con orgullo en nuestra miseria e ignorancia y nos envolvimos en la bandera de la dignidad, “mas vale honra sin barcos que barcos sin honra”. Aún hoy, aún contando con Internet, con chat, blogs, foros, pocas opiniones manifestamos, y muchas de ellas manteniendo el anonimato, aplicando aquello de “un hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras”. ¿Nos libraremos del miedo a que nos apunten con el dedo, a que nos cuelguen una etiqueta?, ¿lograremos pasar por fin de súbditos a ciudadanos?»

Si iniciativas como el Blog de Palencia Confidencial nos permite acercarnos al debate y la participación habrán valido la pena. O como dice mi amigo, es una oportuna invitación a abandonar la atalaya desde la que muchos castellanos contemplan la vida social, con temor ancestral al inquisidor. Es Palencia Confidencial un blog-síntoma del alma castellana.

©DIARIO PALENTINO, publicado el 19 de abril de 2007.

domingo, 18 de marzo de 2007

ANDREA





Conocen el caso. Andrea es una niña colombiana de 8 años, palentina de hecho, como su madre, escolar de un colegio de nuestra ciudad, que acaba de ser entregada esta semana a su padre para regresar con él a Colombia. Hay muchas cuestiones en juego, de acuerdo, el lector puede elegir cualquiera de ellas, vale, pero en lo que a mí respecta la cuestión no es sino un episodio más en el largo deambular de la historia de la falta de respeto a la infancia, en concreto la falta de respeto a la palabra de un niño.

Hasta Justiniano, el padre tenía poder de vida y muerte sobre sus hijos. Después, la historia de la civilización, occidental, ha ido recorriendo jalones en donde los niños han ido ganando voz y voto, y así hasta los Derechos del Niño, proclamados por la ONU. Pero este olor histórico a moral de propietario, a viejo discurso de amo, aún llega hasta los niños, que son injustamente considerados propiedad de los adultos, cuando en el peor de los casos, son propiedad de sí mismos, y en el mejor, parte fundamental de toda la sociedad a la que pertenecen.

De modo que aún hay adultos que creen que un niño no tiene palabra. Generalmente son los mismos que niegan voz a las mujeres o a los ancianos. Adultos que cuando se encuentran frente a un niño para explorarle, para alimentarle, para educarle, en vez de dirigirse a él, suelen ningunearles, despreciarles, marginarles. Y así, hay pediatras, los menos, que se niegan a dirigirles la palabra, y algunos niños se quejan: ‘mi médico nunca me mira a los ojos, ni me habla, siempre le pregunta a mi madre’. Y así, hay camareros, que les preguntan a los padres qué van a comer sus hijos, cuando sería más fácil preguntárselo directamente a ellos. Y así, hay legisladores que no cambian las absurdas leyes que hacen que una niña de ocho años sea considerada una menor sin posibilidad de que se respete su deseo y su decisión, y jueces que aplican las leyes, sin tener en cuenta esas otras que dicen que, en determinadas ocasiones y contextos, no se debe violentar la voluntad de un menor, y operan una lectura de ese contexto demasiado bañada de su propio síntoma y de su propia escala axiológica.

Andrea no quería irse a Colombia con su padre biológico. Han leído la noticia. Y ha sido obligada a separarse de su madre contra su voluntad. Lo que Andrea opina sobre cosas tan insignificantes como la elección del país en el que desea vivir, el colegio al que quiere ir, el progenitor con el que se quiere compartir la vida, no presenta importancia ante los ojos de las personas que han decidido en este caso.

No es significativo que una niña pueda decidir sobre este tipo de cosas, puesto que, se suele argumentar, una niña aún no está formada y es manipulable y cambia de opinión con frecuencia. ¡Como que los adultos pudieran dar muchas lecciones sobre este asunto del cambio de parecer! O como si los adultos fueran expertos en el arte de no dejarse manipular. Hay niños que saben lo que quieren desde muy pronto, y adultos que se van a morir sin saber lo que realmente desean. No es cuestión de edad: conocemos adultos de cincuenta a quienes hemos de ayudar a salir de goces, pensamientos y temores infantiles; y niños que dan lecciones de madurez a los ocho años.

Por eso, el asunto de nuestra joven vecina Andrea, que hemos vivido esta semana en nuestra ciudad, lejos de ser una cuestión menor, hoy portada en los periódicos, presta al olvido mañana, representa la vieja actitud de siglos de unos adultos que se niegan a reconocer los derechos de la infancia. ¿Con qué autoridad un padre va a hablar de tú a tú a una niña de ocho años que se ha negado a vivir con él? ¿De qué hablarán? Andrea, ¿le faltará al respeto a su padre y será por ello severamente castigada a la antigua usanza o modernamente conducida a un psicólogo de esos que se prestan a modificar la conducta por encargo sin hablar con los niños? ¿Qué intereses aparte de los de considerarla un objeto sin subjetividad, un peluche para gozar, mueve a un padre a separar a su hija de su madre, durante meses o años, y llevarse, apoyado por jueces, psicólogos, cónsules y policías, a una niña de ocho años que llora y grita cuando va a serle entregada? De todas las posibles respuestas, la más preocupante va a ser la que en su fuero interno se diga Andrea respecto al verdadero deseo de su Otro paterno.

Les voy a hacer una pregunta como vecinos ilustrados: ¿vivirían con una persona que no quiere vivir con ustedes?

©DIARIO PALENTINO, publicado el 15 de marzo de 2007, columna VECINOS ILUSTRADOS.

viernes, 2 de febrero de 2007

Carmen Espegel



La arquitecta del Parque del Salón ha realizado una obra excelsa, para la Palencia del XXI, elogiada por lo que sé, por colectivos de artistas y por buena parte de los arquitectos de nuestra ciudad; una obra para leer y lo que es más enigmático para releer. Mi opinión es que sólo por esta obra, la remodelación del Parque del Salón, podemos considerar a Carmen Espegel una vecina ilustrada de nuestra ciudad. Ocurre que como a tantos otros vecinos palentinos les otorgaremos crédito cuando regresen a su terruño con las medallas y el reconocimiento foráneo; entonces como a Sinesio Delgado, haremos por dar su nombre a calles. Estamos ante una nueva muestra de la invisibilidad del vecino ilustre, esté o no en la diáspora.

Carmen Espegel ha realizado una obra romántica. El romanticismo, que no puede reducirse a una viñeta de amor y nostalgia, tuvo como principios básicos, -hay que leer a un Isaiah Berlin para conocer también las raíces en el XVIII del movimiento romántico- el respeto a las minorías más que a las mayorías, la concepción del fracaso como más noble que el éxito por lo que éste suele tener de imitativo y vulgar, la disponibilidad para luchar por un ideal que dicta el corazón. Es por ello evidente el romanticismo de Carmen Espegel al apostar por sus sentimientos; había vivido el Parque de adolescente tal y como ha manifestado en este periódico, y ha legado un Parque del Salón elogiado por los adolescentes de 2004, es el Parque de los adolescentes del futuro, que harán de él un nuevo emblema.

La arquitecta palentina ha recibido varios premios, pero de entre ellos, me ha llamado la atención uno. El que le otorgó en 2003 el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España. ¡A la mejor propuesta en cinco años sobre los cambios y las tipologías de futuro de la vivienda social y de protección oficial!

Hay películas de culto, de cinéfilos, que jamás podrán ser aceptadas por el gran público; libros escritos para una minoría que nunca serán best-seller; edificios emblemáticos adelantados a su tiempo: de eso supieron mucho los modernistas y entre nosotros Jerónimo Arroyo; obras de arte incomprendidas en su momento, Torre Eiffel, o Arco del Mercado en Palencia,-se llegó a decir que era un mingitorio-; obras que han servido de ingresos turísticos para los nietos de los detractores. A Lacan le expulsaron los padres de quienes hoy le leen con arrobo y le han consagrado como el psicoanalista más leído después de Freud. La lista sería interminable. Obras arquitectónicas como el Pompidou o la pirámide del Louvre en París que fueron denostadas en su tiempo, hoy son las más visitadas.

La obra del Salón con materiales no modernos sino clásicos como el hierro, está a la altura de la gran construcción de hierro y cristal del Hyde Park londinense de mediados del XIX, el Palacio de Cristal que fue copiado, entre otros aunque en menores dimensiones por el homónimo del Retiro madrileño. La luminosidad recorre todo el Parque a la noche, se mantiene el paseo blando en torno a lo que fue la fuente de la bellota, se supera una rosaleda no isabelina sino de los cincuenta, se mantienen los ejes y paseos con el mismo tratamiento duro pero bien pavimentado, se busca el empaque en las pérgolas gigantes, y aún faltan por construir tal y como la arquitecta proyectó, la torre-mirador y la cafetería, la integración del Centro de Salud y el desarrollo y buen cuidado de la vegetación; la biblioteca servirá para seguir construyendo una ciudad de lectores y en fin, el detalle arquitectónico del auditorio con una plataforma de rampa inclinada que permite un uso abierto de los espacios públicos sin la distancia de la tarima, y además, al parecer, dotado con los últimos avances técnicos, -se puede de momento elevarse y descender su escenario pero que puede merced a los dispositivos preinstalados llegar a realizar otro tipo de giros y movimientos-. El Parque del Salón constituye en mi opinión uno de los mejores aciertos urbanísticos de los últimos tiempos de nuestra ciudad, una construcción desde el romanticismo para las vanguardias y la modernidad.

La contemplación de un objeto nuevo siempre causa extrañeza y desde determinadas subjetividades lo extraño, si se quiere lo singular, no se digiere. A veces determinado objeto es vivido como hostil por no llevar el rasgo de lo familiar o el rasgo de la concatenación con lo mismo, con lo idéntico. Una remodelación siempre tocará en estos registros subjetivos. En París en la plaza del mercado de Saint-Honoré, donde hubo un convento hasta 1810 y desde entonces un mercado, reconstruido en 1959, se puede ver el homólogo del Parque del Salón. Una edificación de hierro y cristal, controvertida y denostada en su momento, y hoy emblemática de la zona, firmada por el español Ricardo Bofill en 1986. Busquen esta Plaza en su próximo viaje a París. Y verán cómo la transformación de un objeto para la mirada siempre tendrá enfrente a unos por razones subjetivas, a otros por razones ideológicas, a otros por pertinaz oposición a todo lo que se mueve en la perenne idea de disparar al pianista, a algunos por defensa del provincianismo y lo rancio, a otros por auténtica fobia a los inventos: que inventen otros ha sido el lamento español por antonomasia.

A falta de debate de ideas, se puede debatir sobre objetos: es lo que hicieron con Picasso. O con Kandinsky, con sinestesia incluida. Los mismos que les marginaron, les hirieron, hoy podrían contemplar abiertamente su triunfo.

Ante la obra de remodelación de un Parque, vemos el despliegue confuso de saberes y opiniones, a los que se refiere Ortega y Gasset en La rebelión de las masas o más próximo en el tiempo Peter Sloterdijk en El desprecio de las masas. Aquí vemos cómo los artistas saludan el nuevo Parque, los arquitectos elogian sus formas con argumentos técnicos, estéticos, de su universo; los filósofos e intelectuales tienden a callarse, ya se sabe; y muchos vecinos tienden a ver faltas, cayendo en la seducción de lo que falta frente al brillo de lo que hay. La autoridad de los neófitos o diletantes del arte, del pensamiento, del urbanismo no se nos debe poner en cuestión; opinamos en tanto usuarios; es más, los objetos que son de todos, que van a ser usados por todos, deben de ser objeto de discusión, de crítica, de libertad de pensamiento, de oportunidad para debatir. Toda la agitación es poca si se quiere salir del marasmo de nuestra tierra castellana. No hay que temer a la politización del urbanismo; no hay que temer a la politización de nada; acaso hay que temer a los que quieren aparcar la gran conversación, a los que temen escuchar otros discursos y buscan la némine discrepante. Ahora bien, los no expertos pueden opinar pero no confundir opinión con saber, no pretender superar en saber al de los expertos en algo. En las obras públicas, ¿no hay demasiados ingenieros?

Quizá el proceso sea que estas decisiones, las remodelaciones de espacios públicos, las tomen nuestros representantes municipales, pero auxiliados por un jurado experto. De todas formas, y si no estoy mal informado, es lo que se ha hecho: los mejores arquitectos escogieron el mejor Proyecto. Arquitectos de la talla de Jerónimo Junquera, organizador del proyecto urbanístico y paisajístico de la Expo de Sevilla, o la arquitecta Bet Galí, autora de buena parte de los parques y jardines de la Barcelona Olímpica vinieron a Palencia a elegir el que les pareció el mejor de los proyectos.

Como ciudadanos podemos opinar, pero nos cuesta reconocer el no-saber.

Si la arquitecta Carmen Espegel ha sido ya premiada por varias de sus obras, como se puso de relieve en la Exposición antológica del Colegio de Arquitectos, al menos de momento resta premiarle también aquí en su ciudad y la nuestra, con el premio simbólico de nuestra gratitud por su esfuerzo ilustrado de vanguardia.

©DIARIO PALENTINO, publicado el 27 de mayo de 2004.

miércoles, 24 de enero de 2007

ALBANO DE JUAN



ALBANO DE JUAN


Cirujano en hospitales de Palencia, quizá muchos de los lectores de esta columna hayan sentido en sus carnes la acción del bisturí del Dr. Albano de Juan. De igual forma que los muchos años de ejercicio profesional de la medicina le avalan para ganarse la fama de excelente facultativo, su simpatía asimismo, es legendaria entre quienes han tenido la suerte de tratarle. Y ahora, los vecinos ilustrados, tienen la oportunidad de conocer cómo disecciona lugares de la memoria colectiva de nuestra ciudad, de nuestro pasado: acaba de publicar un libro que entiendo como un acto de generosidad de un médico atento al latir de la gente, de un médico-ciudadano, categoría de la que han salido siempre los mejores.

Los médicos de la otra orilla, viene a dar la razón a toda una corriente en el estudio y la investigación psicológica de los procesos de memoria. Mientras que la corriente de un Ebbinghaus se afanaba en considerar a la memoria como una copia literal, pioneros en el estudio de la memoria como Barlett, y su estupendo Remembering, ya definen a la memoria como memoria social, histórica, colectiva. Aún para los primeros, que tienen muchos seguidores ingenuos, creen que tener memoria es ser una fotocopiadora. Pero si bien es cierto que sin memoria hay vida vegetativa -un tal Badeley acuñó esa frase afortunada-, faltaría delimitar a qué llamamos memoria. Si creemos que el asociacionismo simple explica los procesos de memoria no entenderemos nada: ni en qué consiste el olvido, ni cómo y de qué manera, usando qué telediarios se torna posible manipular la memoria de un colectivo humano. Sin embargo, Ebbinghaus, es más sutil de lo que aparece en los libros de texto, y por ejemplo, cree en la memoria inconsciente, según él, «puesto que sus efectos persisten aunque no lo sepamos».

Permítame el lector esta pequeña digresión, pues, para hablar del libro de Albano de Juan. Pero es que juzgo que sólo pensando la memoria desde una perspectiva social y no individual, es como se puede entender el esfuerzo de recuperación de datos, de situaciones, de hechos acaecidos hace setenta años, que realiza el autor de Los médicos de la otra orilla.

No es un libro que merezca pasar desapercibido. Lo peor es el silencio cuando un vecino de nuestra ciudad realiza un esfuerzo ingente como el que se intuye en este libro, y lo pone al servicio de la opinión pública ilustrada, la que lee. Es más, es recomendable su lectura a los bachilleres como libro introductorio a la época convulsa que abarca los años 1936-1945. En él está todo: la atmósfera, los previos, la psicología de unas gentes, los médicos entregados a las causas justas; los odios, las rivalidades, y lo que se desata en el interior de un ser humano, cuando lo que lo ata, lo anuda, la civilización, los límites, las regulaciones morales, saltan por los aires empujados por lo parte más temible de los seres humanos: la afición hegeliana por destruir al otro.

Borges, en su excelente Funes el memorioso, nos presenta a un sujeto incapaz de olvidar nada, mientras que la película Memento, sin embargo, nos habla de alguien que no recuerda nada de lo inmediato por lo que ha de inscribirse en su propio cuerpo las cifras y los nombres que olvida a los pocos minutos. Los sujetos, como los colectivos, precisan encontrar un término medio entre lo olvidable y lo inolvidable. Está, entonces, lo que debe olvidarse, y lo que en modo alguno puede ser olvidado. Me he preguntado últimamente cuál es la razón del afluir de libros sobre esa época histórica española. Desconozco si mis respuestas son las adecuadas, pero tengo una versión. Creo que en los setenta se hubo de hacer un ejercicio de olvido colectivo con un propósito político y sociológico. Esta acción tenía una lógica que el paso del tiempo desvanece, y estamos ante un nuevo tiempo, que requiere una nueva lógica implacable: no tiene sentido que permanezcan olvidados episodios de la historia del siglo XX en España salvo que se pretenda apostar por la ignorancia frente a las luces. En este caso, fue llamativo para mí, leer una carta al director, publicada en EL PAÍS, por una joven de dieciocho años, palentina, estudiante de bachillerato, quejándose de la falta de información de los libros de texto sobre lo acontecido durante el franquismo. Que toda una sociedad, quiera seguir sin querer saber, es una política del avestruz, la política contraria a la que sigue el Dr. De Juan con su libro. Ha encarado la historia como el cirujano que es. Y ha sacado a la luz lo peor de los comportamientos inciviles junto a su deseo de dar voz a quien ya no puede hablar, justo a tiempo. El libro me ha recordado lo que publiqué hace un año en esta columna contado por el testimonio de Juan Espinosa, quien a sus 86 años, hablaba por vez primera con alguien de su paso por campos de concentración.

El problema de olvidar siempre es el mismo: aprendimos con Freud que lo reprimido retorna. Olvidar no funciona porque la red significante que es el lenguaje, en su amplia extensión, red en la que vivimos, hace que cualquier significante se conecte y active la larga sombra de lo olvidado. Cuando Gracián habla de saber olvidar en El arte de la prudencia se dirige más a los “funes memoriosos” que a la salud colectiva de los grupos humanos.

Hay que leer Los médicos de la otra orilla, y después, pedir al Dr. Albano de Juan, que mientras sigue operando en su quirófano, continúe ofreciéndonos nuevas muestras de su saber historiar y contar: los bachilleres lo esperan.

©DIARIO PALENTINO. Publicado en la columna VECINOS ILUSTRADOS el 16 de marzo de 2006.



jueves, 4 de enero de 2007

ALFREDO CIMIANO





ALFREDO CIMIANO

No estamos en Königsberg, la pequeña ciudad alemana de la que nunca salió Kant, el gran filósofo de la moralidad. Pero al vivir asimismo en una pequeña ciudad, también encontramos nuestros vecinos ilustrados que forman parte del latido y del paisaje de nuestras calles. Sólo hay que ir a leer la última gran biografía de Kant, escrita por Manfred Kuehn, para percatarse de que era un hombre de costumbres fijas, hasta el punto de que los vecinos ponían los relojes a la hora justo en el momento en que el filósofo paseaba por delante de determinado lugar, siempre el mismo. Eso mismo podemos decir de Alfredo Cimiano, nuestro vecino ilustrado de hoy.

Y es que tenemos la suerte de coincidir en el tiempo con vecinos que tienen mucho que enseñarnos en la plaza pública. El psiquiatra y psicoanalista lacaniano Alfredo Cimiano es uno de esos personajes, vecinos entrañables, que constituyen una lección permanente por ser un pozo de sabiduría.

El sabio moderno, el sabio posmoderno, desde luego, no es el sabio del siglo XIX. Entre otras razones porque antaño gozaban del reconocimiento de todos sus vecinos, y ahora han de competir con otros muchos que o bien ‘tocan de oído’ o creen que saben, fauna de la que estamos poblados, y cada día más, dado que los efectos se empiezan a notar cada vez más temprano, cuando los niños y adolescentes se resisten a reconocer su ignorancia, y pierden el olfato para reconocer al que sabe, tan aturullados como viven en medio del espectáculo de los pseudo saberes televisivos.

Por eso la cercanía del sabio, del vecino sabio, que se lo ha leído todo, se distingue de la del acumulador de datos. Borges creó a Funes el memorioso, el personaje literario que no podía olvidarse de nada. Pues bien, hay sabios que son bibliotecas andantes y que a la vez muestran un auténtico deseo de saber. En Alfredo Cimiano se puede rastrear su identificación a su gran maestro, Sigmund Freud. En primer lugar ambos eran grandes paseantes de su ciudad, la Viena de principios del XX, y la Palencia finisecular y de comienzos del XXI. El primero tenía su parque favorito, que hoy lleva su nombre, el segundo ama la Huerta Guadián. Ambos grandes lectores, en especial de los clásicos de la psicopatología, de los grandes de la literatura y el pensamiento. Ambos honestos consigo mismo y con sus pacientes, y ambos amantes e investigadores de algunas cosas curiosas como la micología. Más bien, si pensamos que los herederos del pensamiento freudiano siguen vivos, tenemos entonces un botón de muestra en el doctor Cimiano.

En la época de la identificación horizontal, en la época del ¡todos iguales!, encontramos un vecino de la estirpe de los indomables, de los que buscan sus modelos en los libros a la vez que tienen en su haber el viaje por las identificaciones, y han llegado a los últimos puertos, a esos donde lo que resta es identificarse al propio síntoma y saber hacer con él. Como les sucede a los pilotos de aviones con las horas de vuelo, la experiencia es un grado. Pero para transportar a otros antes hay que pasar por el dispositivo del diván, y así, la acumulación de horas de diván, dan no sólo una oportunidad para saber más de uno mismo, sino para en su día bucear en el fondo de lo desconocido de los otros.

De cuna cántabra, afincado desde los setenta en nuestra tierra, el doctor Cimiano pasea la cincuentena, de seguro con recuerdos procedentes ora de sus años de médico en Villamediana, ora de sus intensos años en el Psiquiátrico “San Juan de Dios”, y en las últimas dos décadas de asuntos procedentes de su diván de psicoanalista de la calle Los Soldados. Escritor consumado y recientemente galardonado, sólo nos cabe esperar que a Alfredo Cimiano le suceda lo que a Kant, cuyos estudiantes “acudían una hora antes a sus clases a fin de asegurarse un sitio en el aula”, para lo cual el aprecio por el saber debería cotizar entre los jóvenes más alto que el apego al dinero. Esta semana se conmemora el 150 Aniversario del nacimiento de Freud, y Alfredo Cimiano hablará en la Universidad de León del recorrido biográfico del fundador del psicoanálisis. Desconozco el número de estudiantes universitarios que le escucharán, pero les aseguro que no me perderé ni una palabra de nuestro vecino ilustrado de hoy, vecino, como dijimos en esta misma columna hace unas semanas, de los que aceptan los imposibles, que se oponen al absurdo de que ‘nada es imposible’ porque se toparon con sus propios impasses.

Y que hicieron de ello, precisamente, un aliciente para seguir leyendo, y después, para acompañar las lecturas de una buena ración de paseos ‘calle mayor arriba’, ‘calle mayor abajo’, ‘huerta guadián arriba’, ‘huerta guadián abajo’.

©DIARIO PALENTINO, columna VECINOS ILUSTRADOS, publicado el 4 de mayo de 2006.

martes, 2 de enero de 2007

JUAN ESPINOSA



Juan Espinosa


Ya tenía escrito el artículo de esta semana para esta columna, Aguafiestas, pero he conocido a Juan Espinosa, un vecino de Palencia. Estarán de acuerdo conmigo y con Thomas Alba Edison en que hay un 1% de inspiración, y un 99% de transpiración, de suerte que cuando acude una idea o existe un encuentro inolvidable conviene escribir para no olvidar. Estaba realizando un trámite en una oficina municipal y se sentó a mi lado un señor mayor. Comenzamos a hablar, y me espetó: tengo 86 años. Parecía un joven por su vitalidad al hablar. Se lo dije, y de buenas a primeras, me dijo que había estado en campos de concentración.

Después de haber leído al Premio Nobel Imre Kertész, todo lo relativo a los campos de concentración despierta curiosidad. Si se siguen los discursos de las asociaciones de recuperación de la memoria histórica, o si se ha leído Soldados de Salamina, es difícil sustraerse a la tentación de escuchar los relatos de quienes vivieron esos episodios. Sobre todo saber que sus testimonios de una época convulsa, de sus vicisitudes se van a perder. Al parecer muchos jóvenes se están interesando por conocer estos relatos de viva voz de sus abuelos. Hace poco una estudiante de bachillerato palentina escribía una carta al director de una gran periódico y se lamentaba de la escasa información que recibían de la historia de España en el siglo XX. Hay como la idea de que hay cosas que es mejor olvidar. Esto es un grave error y un imposible. Un imposible porque olvidar no se puede, no hay técnicas para olvidar, hay técnicas para memorizar, pero la memoria es caprichosa y a veces no suelta prenda. Un grave error porque lo inolvidable es evocado a propósito de cualquier pequeño signo.

Fue mi pregunta curiosa de vecino a vecino en la oficina municipal lo que ha hecho que Juan Espinosa me haya contado su historia en un café cercano y de paseo por la calle Mayor, en unos minutos, para mí inolvidables. Le he pedido a Juan poder hablar de su historia en un artículo y me ha entregado unas piezas de oro que deseo compartir con los lectores de Diario Palentino.

«Las mujeres a veces, tienen cierta influencia cerca del marido». Esta es la frase de Juan Espinosa. Es la frase que justifica que esté vivo. Juan Espinosa estaba condenado a muerte; estuvo seis meses condenado a muerte. En ese lapso de tiempo, su padre murió de pena y de las calamidades de la España de la posguerra. Un 31 de enero de 1942 temió que a él como a otros muchos le había llegado el final. Pero a Juan, huérfano de madre a los cuatro años, le quedaba su hermana, entonces una chica joven de 18 años, a quien su sufrimiento y pesar le dio fuerzas una noche para acercarse a la casa de vacaciones de un pueblo santanderino cercano donde vivía un influyente coronel por el que pasaban muchos expedientes. La mujer del coronel le recibe en la noche, le invita a café, le escucha la historia de su hermano, y entre mujeres discurre, como suele ocurrir, una corriente de sensatez y acuerdan salvar a Juan. Su pena fue conmutada y pasó entre los 19 y los 32 años en diversos penales, hasta que fue liberado un 19 de marzo de 1950. ¿Qué sintió ese día? «Nada especial, todos nosotros éramos muy serenos, estábamos muy familiarizados con la serenidad».

Esta frase, conmovedora, hace de Juan Espinosa un símbolo de lo que es un vecino ilustrado presto a ser leído por nuestros jóvenes. Fiel a sus ideas socialistas desde muy joven, su serenidad hoy, a los 86 años, apabulla de tal modo que sería un desperdicio que los testimonios de nuestros mayores se evaporaran sin que los bachilleres tomaran nota de la historias que vivieron.

Industrial en Palencia, venido desde Cantabria, lechero desde los años sesenta en nuestra ciudad, Juan Espinosa es un vecino que nunca había contado su historia con la profundidad con que lo hizo esa mañana de diciembre de 2004 a otro vecino con quien coincidió casualmente en las oficinas del agua. En su campo de concentración no había agua, y también había colas una y otra vez como Imre Kertész ha reflejado en sus novelas.

Cuentan los que están estudiando estos asuntos que cuando una persona mayor cuenta por vez primera su historia, -recordemos alguna escena de la película Soldados de Salamina-, sienten un gran alivio y la sensación de que han cumplido con su deber. Contar la historia a un conocido, a amigos, como había hecho hasta ahora Juan no era suficiente. Contar la historia a un desconocido, en realidad es contársela a todos, es decir, contársela a un Otro invisible, símbolo de todo el cuerpo social, que así puede acogerla sin el barniz del secretismo, sin el añadido de la inconsciente culpa, con la bandera de la lealtad a la historia y a su memoria.

Entre nuestros vecinos tenemos a muchos Juan Espinosa, sólo resta saber si los bachilleres están dispuestos a escucharles. Y tomar nota. Está bien leer la Ética de Spinoza en la asignatura de filosofía. Hoy aprendimos en la Calle Mayor, la Ética de Juan Espinosa, un llamado a la serenidad.


©DIARIO PALENTINO. Columna de VECINOS ILUSTRADOS, publicado el 2 de diciembre de 2004.