jueves, 2 de octubre de 2008

Las falsas promesas de seguridad. DIARIO PALENTINO 2 de octubre de 2008.


 

 

Un encuentro en Londres, celebrado hace diez días, de profesores universitarios y psicoanalistas, en torno a la figura emergente de Jacques-Alain Miller como gurú intelectual, en Francia y en Europa, me daba la pista y el título de la columna de esta semana. Frente al sentimiento de inseguridad, profundo y ancestral en el ser humano, la ideología de la seguridad nos viene construyendo toda una serie de ficciones que nos conduce a nuevas formas de insolidaridad y de más miedo al otro.

Es cierto que se fomenta la especie, que se hace pasar por original, de que hay peligros, que unos somos peligrosos para los otros. Algo que se sabe desde tiempos inmemoriales. Pero la consecuencia es que las relaciones sociales se fetichizan. Y el deseo de hacer lazo social se quiebra, reenviándonos de vuelta a la soledad de nuestro refugio doméstico, a la solitaria compra compulsiva de nuevos objetos personales, a dedicar menos tiempo a la sociedad con el otro, a la desconfianza generalizada, al “piensa mal y acertarás”.

El otro, aún el más próximo, es visto como extranjero, como hostil en potencia. Con quien no es posible compartir cualquier proyecto, e incluso un simple trayecto conjunto. La percepción extendida de amenazas a nuestra seguridad, hace que se activen nuestros mecanismos de defensa, y todo, desde la conversación hasta la confidencia tiene el perfume de la protección ante el potencial peligro. Pero, ¿se puede vivir así?

En realidad necesitamos confiar en el otro. Al menos en un ramillete de personas ante quienes podemos entregarnos sin freno. A ellos les podemos contar nuestras cuitas, nuestros temores, nuestros anhelos, y podemos creernos lo que nos dicen, seguir sus consejos, prestarles ayuda y acompañarles sin temor en los trayectos de la vida.

Pero no sólo en un ramillete de personas. Necesitamos confiar en quienes nos venden los alimentos, nos recetan medicamentos, o construyen nuestras casas. Y también en los conductores y en todo la serie de gentes de quienes dependemos cuando nos ponemos el traje de turistas.

Y además de todo eso, tenemos que no tener miedo a los desconocidos si queremos emprender cualquier proyecto, asociarnos con otros, o lanzarnos a alguna aventura, del tipo que sea. Tener miedo al otro debilita el vínculo social. Y este miedo se amplifica cuando los ideólogos de la seguridad llena nuestras calles de cámaras. Por ejemplo.

La percepción de amenaza encuentra eco no sólo en el miedoso cotidiano, que abunda, o en el miedoso patológico, peculiar de por sí. Empieza a hacer mella en el confiado por naturaleza. Que se hace preguntas, y se intriga ante la proliferación de objetos, de vigilantes de seguridad, de planes para evitar toda contingencia, de inventos para sentirnos seguros, de ingentes cantidades de medios públicos destinadas, -¿seguro?- a cuidar de nuestra seguridad.

Con la excusa de la inseguridad ciudadana, vigilan nuestros movimientos, nos fotografían, en distintas poses, y husmean en nuestros historiales. Esta intromisión en nuestra privacidad, -baste de ejemplo, el recordar lo que se siente al bajar del tren en algunas estaciones y comprobar cómo deshacen nuestras maletas buscando sustancias peligrosas para nuestra salud-, este inmiscuirse se justifica apelando a nuestro bien, y así lo entendemos resignados, pero hace nacer el recelo al otro, y a muchos nos empieza a parecer exagerado este miedo generalizado a los potenciales enemigos. Dicen, ¡por su seguridad!, el gran lema, pero empezamos a desconfiar de que esas sean las verdaderas razones. Tanto idealizar al potencial delincuente empieza a parecer sospechoso.

La seguridad es un logro colectivo, una creación cultural que ha costado siglos de civilización. El sentimiento de pertenecer a una comunidad, la ‘lectura’ correcta de las verdaderas intenciones del otro, la interpretación tranquila de sus motivos, el despliegue de la subjetividad, el descubrimiento freudiano del inconsciente, han sido conquistas de la humanidad que no pueden echarse por la borda empujadas por las falsas promesas de seguridad.

Hay que asegurarse de que los amantes de nuestra seguridad no pretendan hurtarnos, en el mismo lote, nuestra libertad, y lo que es peor, el ‘trato civilizado’ que nos otorgamos unos a otros, nuestros deseos de encuentro sexual, el empuje a la amistad, el interés por conocer al otro y la ausencia de temor en nuestras relaciones.

No se puede vivir con miedo.

 

1 comentario:

John dijo...

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