lunes, 19 de septiembre de 2016

El árbol nazarí, de Asier Aparicio


            La última novela del escritor palentino Asier Aparicio que presentaré la próxima semana junto al autor (El árbol nazarí, Librería-Café Ateneo, viernes 23) me mantiene en vilo. Cumple en mí eso que llamaba Umberto Eco la punzada del deseo. Seguir leyendo como único deseo factible. Tal es así que a falta de pocas páginas, y sin saber el desenlace, decidí escribir esta columna, porque justamente ese momento es el que quería contar. Ese instante en que se sabe que bajo ningún motivo un libro se va a dejar de leer, o si se quiere, un libro no se va a caer de las manos.
            Ciertamente el camino es más apetitoso que la meta. Cuando la obtenemos, en cualquier aspecto de nuestra vida, sentimos una cierta pérdida, incluso una tristeza. Llegar no interesa. Eso pasa con algunas novelas, y con algunas películas, las que cuentan al menos una historia. Lo que los guionistas de buenas series saben muy bien para mantener enganchados a los espectadores.
            Juan Benet decía que la literatura no debía servir para hacer pedagogía, sino para entretener. Creo que tenía razón porque la pedagogía es la pedagogía, y la literatura es la literatura, y hacer que una sirva a la otra, estropea a las dos. Por eso, al menos, buscamos deleitarnos con la buena novela, pasar un rato sumergidos en otro mundo, como cuando quedamos atrapados por la mirada de un cuadro tratando de hallar la mirada del pintor. En cierto modo, afortunadamente, es el triunfo del romanticismo frente al realismo dogmático. No es romántico el ñoño, sino quien persigue ideales, y eso requiere soñar.
            Claro que para ello se precisa también que el escritor sepa construir buenas écfrasis, especialmente si son del tipo nocional donde únicamente existe en el lenguaje el objeto visual que se describe. Eso nos lleva a lugares imaginados, a escenarios de otro tiempo, a situaciones mágicas o a imposibles lógicos. Toda la caldera imaginaria echando humo. Territorio perfecto para exclamar que todo es posible en Granada.
            Parafraseando a Alberti y su Arboleda perdida, creo que esta imaginativa nivola (eco de Unamuno) de Asier Aparicio busca algo perdido, y nos sumerge aún más en nuestra propia búsqueda de los objetos que perdimos: los momentos inolvidables, los instantes infinitos en que deseamos que el tiempo nunca hubiera pasado. En realidad si consumimos tantos objetos es porque creemos hallar en ellos ese objeto perdido. También por eso nos enamoramos.

Publicado el 15 de septiembre de 2016 en DIARIO PALENTINO

Elogio de la Conversación


Pregón de las fiestas de VERTABILLO (Palencia)
16 de septiembre de 2016 
Elogio de la conversación

            He encontrado una puerta de entrada para este Pregón. Es un recuerdo de las fiestas de Vertabillo del año pasado. Finalizó el Pregón, y fuimos invitados a un lugar a comer y beber un poco. Era y es una tradición que tras hablar, venga el comer. Incluso a los pregoneros se les suele decir que sean breves. El mes pasado me lo dijeron, con motivo del Pregón que me invitaron a dar en el Casino de Palencia con motivo de los Sanantolines, que fuera breve, porque después venía un cóctel y eso era lo importante. Me lo dijeron en broma, claro. Pero resulta que los psicoanalistas estamos advertidos de que las bromas, los chistes, las ironías, traslucen una verdad siempre.
         Pero observé en el Postigo, en la invitación del Ayuntamiento, que había todo un pueblo, e invitados como nosotros, que no hacían más que hablar y conversar. Cuando logré zafarme de la comida para dar una vuelta por Vertabillo, que estaba muy bonito en la noche, y mientras iba por sus calles, observé a vecinos hablando entre sí a las puertas de las casas, a veces sentados en sillas, o que se cruzaban y seguían la conversación. Creo entonces haber encontrado algo para ofrecérselo como Pregón este verano de 2016.
         Una fiesta es una gran conversación. Y la conversación, sea pequeña o grande, requiere de ingredientes como un gran deseo de lazo social, de reunión. Nuestras sociedades para sostener el consumo precisan de una cierta fragmentación en este su funcionamiento moderno. Requieren un individual modo de consumo, una particular relación con los objetos que causan satisfacción. De ciudadanos podemos ir mutando a consumidores. No hay más que ver a un individuo de nuestro tiempo, solo, en unos grandes almacenes, presto a comprarse algo, para comprender esa peculiar relación de los sujetos con sus objetos. Cuando acudimos a una fiesta sabemos que estarán presentes elementos habituales de la vida social, especialmente la mirada, y nos preparamos para ello lo mejor que podemos. Pero necesitamos que en toda fiesta tarde o temprano aparezcan las palabras, y entonces descubrimos que si hay buena conversación, el resto suele dar igual. Si hay palabras hay fiesta, la mirada no es suficiente, la acrobacia o el baile tampoco, hace falta contarlo, hablar de ello, hace falta conversar. Una fiesta es un modo de gran conversación.
         También la vida en el interior de las familias puede ser una gran conversación. También podemos reducir la conversación a un diálogo de cosas cotidianas y superficiales que impiden sostener una gran conversación en el tiempo con la pareja, los hijos, los parientes. Llamamos gran conversación para diferenciarla de la pequeña conversación justamente cuando logramos que desfilen sentimientos, pesares, recuerdos, anhelos, presentimientos, debate y por supuesto, silencio, silencios muy elocuentes.
         El silencio es una de las conversaciones que más practico. Mi profesión se basa precisamente en eso, en escuchar en silencio. Y ese silencio puede ser a veces muy hondo, muy profundo, interminable, pero muy necesario. Porque aun cuando el silencio tiene mala prensa, y se piensa que si hay silencio hay pérdida, nada nos dice que sea así. El silencio es imprescindible en todas las prácticas: en la música, en el teatro, en el encuentro amoroso, cuando damos un último adiós, como tiempo elegante en la disputa entre amigos, como modo de cicatrizar heridas, como acierto de las madres y de las parvulistas que silenciando su voz encuentran que el pequeño infante puede tener ocasión de decir algo, cuando de otro modo nunca podría romper a atreverse a hablar. El silencio merece nuestro elogio si forma parte de la conversación, y es su aliado.
         El ruido, sin embargo, no es conversación. Se puede hablar mucho y no decir nada, y se puede meter mucho ruido y llenar de bla/bla las escenas para finalmente no hallar el modo de conversar. En nuestra latitud, el ruido, desgraciadamente nos acompaña, somos la parte de Europa más ruidosa. Basta con estar en un restaurante o viajar en tren para comprobar que somos europeos estridentes, mientras que en otros lugares de Europa hay más gusto por la conversación sin ruido, la conversación que no silencia otra conversación cercana. Es una de nuestras asignaturas pendientes, convencer a los más jóvenes que practiquen un estilo de conversación que sepa diferenciar conversación de ruido.
         El tren es un lugar donde se frecuentaba la conversación. Durante años viajé a París cada mes en el tren nocturno que salía de Madrid. Hablar con desconocidos inaugura una conversación distinta. A veces inolvidable, pero con punto final. Y ese sí que es un punto difícil, cómo encontrar el punto de límite a una conversación. He escuchado a gentes que me han contado su problema para finalizar las conversaciones. Pero también el duro problema para algunos de iniciarlas. Existen grandes expertos sociales, grandes maestros en entablar conversación, que hablan con todo el mundo y los hay más selectos, que únicamente conversan con quienes tienen verdadera confianza.
         Pero hay que avisar de los peligros de la conversación: citaré solo uno, la muerte del secreto. El secreto es un gran bien para nuestra salud, para nuestra salud de vida en el pueblo, para la vida de pareja, para la buena educación. El secreto hay que defenderlo con uñas y dientes como una conquista que nos permite obtener del otro la distancia adecuada como en la metáfora del cuerpo espín. Se acercan cuando tienen frio, pero como se pinchan han de alejarse, y de nuevo se vuelven a juntar. De esa pasta estamos hechos: nos necesitamos mucho los unos a los otros, pero si nos acercamos demasiado nos molestamos, entramos en el territorio de seguridad de cada uno de nosotros, que no es sino el de la mentira civilizadora que nos permite vivir, el de la máscara necesaria y diplomática que nos permite no invadirnos unos a otros. La conversación buena ha de tener cuidado de no obligar a soltar el secreto si no se desea hacerlo. Tampoco es bueno obligar a desentrañar un secreto cuando justamente estaba al servicio de una buena construcción defensiva en determinadas personalidades más frágiles. Y de todos los secretos el más amenazado es el que existe en el interior de la pareja, pues ha corrido la especie moderna de que hay que decírselo todo, que es prueba de confianza, y ciertamente, el secreto, el que cada quien define como tal, ha de ser preservado para la convivencia educada, y respetuosa. La conversación debe respetar el secreto tanto como el derecho al silencio.
         He de decir que después de muchos años de trabajo como psicoanalista y como viajero y de haber tenido responsabilidades desde muy joven con jóvenes, me ha quedado un síntoma: mantengo un terror a toparme con el pelmazo que no calla. He ido desarrollando un arte del camuflaje por la calle mayor palentina muy favorecido por las columnas que permiten circular vadeando la figura del pelmazo que no calla. Esta figura, la de quien no logra captar cuál es el momento de callar y pasar a la escucha, es una figura que no ha de confundirse con la del pesado. El pesado, el que te para por la calle, puede ser de la estirpe muy frecuente del preguntón, avis muy nociva, pero no tiene por qué ser de la clase de los pelmazos que no callan. Estos, gozan con el verbo, y gozan con el laberinto y el rodeo, con la hipérbole y la narración sin fin, con la anécdota y sobre todo con el cotilleo. Zafarse requiere astucia, pues el tiempo les ha ido advirtiendo de que les huyen los otros. Cuando aparece entre quienes me visitan, suelo decirme que es absurdo intentar nada original, pues el pelmazo que no calla, pertenece a la serie de los incurables, y que cuando toca tener cerca en la vida a alguien así, desde luego, es claro colegir que no se puede sino aguantar. Y que han hecho mucho por destruir el noble y bello arte de la conversación.
         Hay un tipo de conversación muy nociva también. Es el rumor. Primo hermano de la maledicencia, el rumorista ofrece un catálogo donde lo que vende es humo, pero humo que hace daño, y que hace sufrir mucho. Propagar un rumor hace mucho daño a las gentes sencillas, o a quienes se exponen en su vida social, y son sinceras. Y también a quienes despiertan envidias, simplemente por existir. Ese asesinato imaginario del otro, de su reputación, más allá de que pueda ser perseguible por nuestras leyes, he comprobado que deja una huella indeleble que no borra el tiempo. Es un incendio que alguien inicia. Pero el pirómano, lo que quema es también la convivencia, y la ilusión de que vivamos unos junto a otros, sabiendo que nos necesitamos. Es el incendio de la desconfianza, la peor arma para la conversación y la vida en sociedad, pues todo nuestro edificio social político y económico está basado en la confianza de unos en otros. Cuando se siembra la desconfianza entonces nos volvemos huraños y nos ensombrecemos, y nos recluimos en casa, sin fiesta, es decir, sin encuentro con los otros.
         Y la conversación también puede derrotar a esa experiencia básica que es la soledad. Como sentenció Lord Byron, salimos a la calle a renovar el apetito de soledad. Deseamos abandonar esa soledad, que a veces defendemos mediante la escritura, y salimos a desear de nuevo regresar a casa. Como en casa no se está en ninguna parte, se dice. Pero también se escucha que la casa asfixia, y hay que salir. Salir es la palabra que más dicen los adolescentes enredados como están en su particular laberinto. La conversación, y la fiesta no debe anular la soledad. También la fiesta debe acoger a los solitarios reunidos, a esos jóvenes que no acaban de encontrar del todo el lazo social más próximo y le buscan en la Red.
         Y la conversación también aleja a las gentes que fracasan. Decía Juan Benet que la Constitución española debía decir, simplemente: “El Estado español garantiza al español su derecho al fracaso”. Pero la conversación, la fiesta, el circular de las palabras debe continuar también cuando nos visita el fracaso. Pues el fracaso es noble, y pedagógico. Y humano. ¿Quién no ha fracasado? Además esta sociedad si respetara más al fracaso, dejaría de encumbrar al que triunfa y dejar que su ego no siguiera subiendo como la espuma hasta esa vergüenza que nos rodea del éxito del sinvergüenza de cada telediario. El fracaso quiere decir que lo intentamos. En la empresa, o en el amor, o en el estudio. Por eso necesitamos incorporar a la fiesta y a la conversación también a quien anda enredado en su singular fracaso para hablar de eso precisamente, que el fracaso siempre es singular, y que hay que hablar de esa particular manera de fracasar que cada uno de nosotros tiene, y además quitar de la cabeza a los más jóvenes la estúpida idea de que tienen que triunfar.
         Asimismo, la conversación a veces está reñida con la lectura. A veces preferimos leer que salir a conversar con los otros. Pero leer es también conversar. Es conversar con los escritores, muchos ya muertos, que nos legaron sus libros. Se ha dicho que un libro es el mejor amigo. Pero también hemos de saber que si leer no nos hace mejores y más proclives pues a ayudar al de al lado, si leer no nos hace más sociales, más interesados por los asuntos de todos, más insertos en la vida de nuestro pueblo, entonces hemos de pensar en cambiar de biblioteca. Una buena biblioteca es la que nos conduce a la gran conversación con quienes compartimos nuestro tiempo.
         Nuestros pequeños pueblos son el caldo de cultivo del amor a la conversación. No comparto el pesimismo que ha entrado respecto al futuro de nuestros pequeños pueblos. No participo de esa idea agorera y ceniza de que nuestros pueblos se mueren. Antes al contrario opino que han sabido reinventarse. Y pondré un ejemplo. Ortega y Gasset, el filósofo, en un viaje en tren en 1915, escribe: «Pocos kilómetros antes de llegar a Venta de Baños está Dueñas, un pueblo atroz. Se alza en la caída de un cabezo con aire de pueblo alerta. Es del color de la tierra». Como este hay muchos testimonios en la literatura que no dejaban en buen lugar a los pequeños pueblos y anunciaban el abandono y el éxodo a las ciudades. Pero hoy, mientras estamos aquí para dar comienzo a unas fiestas, hay síntomas de que no va a ser fácil dar por concluida la vida de los pequeños pueblos por los atractivos que hoy presentan.
         He vivido esta experiencia en mi casa de pueblo en Tierra de Campos y ahora en Galicia, también en un pequeño pueblo marinero, he vivido el gusto por el silencio y por la conversación tranquila y sin prisas. Salir a la calle es salir a hablar. La frialdad de las grandes ciudades chocan con la calidez de las conversaciones de las calles de nuestros pequeños pueblos. Eso es uno de nuestros tesoros. Le escuché en Palencia al escritor Bernardo Atxaga, que cuando se refugió en un pequeño pueblo para escribir un libro, y se aisló de todo, en una ocasión tuvo que acudir al médico. Vivía en un pueblo cercano, Villamediana. Y tenía que ir a Palencia al hospital a una cita médica. Pero no tenía ni reloj despertador. Entonces le pidió a su vecino, un señor ya mayor, uno. Y conduciéndole hasta su casa le entregó un gran reloj, enorme, que tenía de mesilla, con estas palabras: “usted debería tener un reloj así,… da mucha compañía”. Era el latir del tic tac de la vida lo que acompañaba a aquel señor, como acompañan las estaciones a muchas gentes mayores. Como ha escrito Manuel Cruz, las personas más envidiadas en las residencias de mayores son las que más pueden conversar con amigos que los vienen a visitar, mucho más que las personas famosas, las poderosas o las que gozan de buena salud económica, quienes reciben más visitas. Las palabras y las conversaciones, nos permiten verificar que no estamos tan solos, que nadie es más que nadie, puesto que todos estamos bañados de palabras, que las palabras nos dan una compañía idéntica al reloj de Atxaga, nos sostienen, nos acompañan, nos curan, y nos hieren.
         Y aquí es obligado referir al manantial de las conversaciones: a nuestras madres. El lenguaje de los bebés, es inteligible solo para las madres que conocen con sabiduría el lenguaje privado que ellas mismas mantienen con sus bebés, sus estados, lo que quieren, su desazón o su llanto, interpretable en un lenguaje cifrado que solo una madre sabe decodificar. Cuando hablo con algún adolescente, adoptado, trato de que me hable en su lengua materna, y muchos primero se niegan, pero a veces empujados por mi interés descubren que esas palabras que circularon en su más temprana infancia aún siguen ahí, y nos han servido en ocasiones para reconstruir elementos de su historia subjetiva. Hace poco me contó Gamoneda, el poeta leonés, Premio Cervantes, uno de los grandes poetas de nuestra tierra, que su madre le gastaba bromas de muy pequeño, antes de los dos años, en bable, y que hace unos años se dispuso a aprender más bable para ayudar a un músico de Oviedo a componer un álbum de música con canciones asturianas populares y en bable. Y para su sorpresa se encontró con que sabía más bable del que pensaba, en su expresión, a la altura de su brillantez como poeta: “lo sabía pero no sabia que lo sabía”.
         No sé si estará hoy aquí José Carlos Hidalgo. El año pasado sí que lo vi. Quiero evocar un gesto que tuvo y del que fui testigo hace unos meses, en mayo. Estaba en la estación de trenes de Palencia y yo andaba preocupado porque mi madre iba a viajar en un tren a Madrid sola. Y además era la primera vez que lo hacía tras la muerte de mi padre. La llevaba para que pudiera acudir a la boda de mi hijo mayor. Mi preocupación se disipó cuando José Carlos, que también viajaba con su madre y su hermano, sin pensárselo dos veces, cambió de madre y se ocupó de la mía en un abrir y cerrar de ojos. Cuando me alejaba de la estación, mucho más tranquilo, giré la vista y comprobé que mi madre conversaba ya sin parar con José Carlos en el andén a la espera de que le ayudara a subir a su propio vagón. Acostumbrados a que nuestras madres se ocupen de nosotros durante todos los años de nuestra infancia, y que pese a sus broncas en la mesa con el consabido argumento y frase (siempre incomprensible para un niño) de: ¡Cierra la boca y come!, acostumbrados a que nuestra madre se ocupe de nosotros mediante palabras, o con el gesto simple que relataba Muset: «Yo no sé por donde va mi camino, pero ando mejor cuando mi mano se aferra a la tuya», en nuestra edad tratamos de ocuparnos de nuestras madres, si falta nuestro padre sobre todo, usando ese mismo arsenal terapéutico: las palabras. El fármaco tranquilizador por excelencia cuando sabemos juntar las palabras adecuadas, en el orden correcto y en el instante decisivo. Un arte al que algunas personas están bien dotadas, y también, como sabemos, un arte poco conocido para otras muchas. No para José Carlos Hidalgo. (O al menos no para con mi madre y ese día).
         Quiero finalizar, al comienzo de unas fiestas en este pueblo de Vertabillo, regido por quien estudió leyes y por tanto, articulaciones de palabras, elogiando la conversación, la buena conversación, recordando el peligro que acechan al uso de las conversaciones y las palabras en nuestra época.
         Hablar, se suele decir, no sirve para nada. Hechos, se grita, hacen falta más hechos y menos palabras. Las palabras se las lleva el viento. Salgamos a disfrutar y beber, no le busquemos las vueltas, no mareemos la perdiz, fray ejemplo es el mejor predicador. Menos hablar. Tómate la píldora y calla. Una imagen vale más que mil palabras. Incluso en política, que podría ser una gran conversación de muchos, sostenida en el tiempo y fructífera, y no una conversación de muy pocos y oscura, se ha ido transmitiendo el malestar por el debate, por la discusión, por el contraste paciente de pareceres, haciéndonos finalmente creer a todos que es mejor la técnica que la política, y la política de las cosas antes que la política de los sujetos. Ordine escribió un libro que tituló La utilidad de lo inútil, para demostrar precisamente que las palabras, que las conversaciones, que la investigación sin prisa, que las profesiones preñadas de palabras, como la mía, la del psicoanalista, tachadas de inútiles, como la del filósofo, la del filólogo, la del poeta, tienen un valor que hay que hacer ver y que hay que preservar.
         Y que la conversación, la de la fiesta de nuestros pueblos, que además acogen a los invitados para conversar, la de José Carlos con mi madre en la estación una mañana de primavera cualquiera, la de los alcaldes con los vecinos, la de las madres con sus hijos, la de las parejas que se conocen pero respetan su secreto, la del escritor con sus lectores, la del empresario con sus colaboradores, la del trabajador con sus compañeros, la del funcionario con los ciudadanos, la del médico con sus pacientes, esas conversaciones, si están presididas por la bondad y el humor, permiten resolver mejor el asunto, humanizan y nos alejan de lo sombrío. En realidad las buenas conversaciones son una fiesta permanente. Y si definimos el amor como dar lo que no se tiene, y la fiesta, como dar lo que se tiene, desde luego la fiesta con palabras son el mejor signo de amor, de las personas y… de los pequeños pueblos.
         Quiero desear una fiesta en Vertabillo repleta de buenas conversaciones. Y quiero finalizar este Pregón con los versos de un poeta, que pasa por ser uno de nuestros mejores poetas vivos. Antonio Gamoneda en su libro Blues Castellano, escrito a comienzos de los años sesenta, dirigido a lo propio del pueblo, capta nuestro ser de castellanos cosidos a nuestra tierra, a la que amamos, y nuestro espíritu resistente. Una de sus poesías se titula “Agricultura”, y dice así:
“Qué valdría sin pisadas humanas
esta pobreza que hace crujir la luz.
Qué sería la belleza violenta
del secano sin el corazón cansado
que piensa en él: tierra comida
y mala soledad frente al acero
mural de las montañas.

Mirad, es bello y es verdad: arriba,
el cardo blanco y el centeno, ciegos,
vibran junto a los pájaros, y luego
baja la tierra sobre sombras rojas
hasta el poco de agua y los negrillos.

Baja roída por el sol, quemada
por el hielo como el rostro humano
quieto y tajado de dolor, que pasa,
mil veces pasa por la tierra, duro,
con la herramienta y el caballo viejo,
seco como su amor, mil veces pasa,
toda la vida mientras dura el día”.

Gracias y viva Vertabillo!!



       

jueves, 1 de septiembre de 2016

Niñez, de Gamoneda


                Escribió Alfred de Musset unas líneas que veo definitorias de niñez: «No sé por dónde va mi camino, pero ando mejor cuando mi mano aprieta la tuya». Quizá todo lo que se ha escrito sobre la niñez se reduzca a ese ignoto camino junto a alguien a quien aferrarse. Y quizá ese y no otro sea nuestro auténtico salvoconducto en la vida.
            Niñez, (Calambur, 2016), de Antonio Gamoneda, con selección y prólogo de Amelia Gamoneda, es un libro poético bello y elocuente en ese sentido. Especialmente para quienes amamos esa niñez de esos niños que ya no existen del todo, esos niños que se aferraban humildemente a una mano, desvalidos o amorosos. Digo que ya no existen del todo porque la omnipresencia de las madres que desean ‘disfrutar’ de sus pequeños, compartidos entre un aluvión de parientes que se aprestan a dar la mano sin que se la pidan, ha variado sustancialmente mi concepto de niñez.
Sufrimos una niñez de reyes autosuficientes, mimosos y chillones, repletos de alimentos, juguetes, aplausos. Niños rodeados de bobalicones adultos que toleran, jalean, ríen, y sobreprotegen hasta extremos que da vergüenza ajena, impidiendo así que la niñez sea un banco de pruebas de las dificultades de la vida, reduciéndola a un monólogo de artista que crece en la suficiencia, el narcisismo, y el estrellato.
Y que mediante diversas coartadas sólo comenzará a trabajar rozando la treintena.
            Sin embargo, algunas niñeces de otrora nos dejaron relatos muy similares al de Antonio Gamoneda: «Al día siguiente, uno de junio de 1945, bastante más pronto, a las cinco, empezaría a trabajar como recadero y meritorio con muy particulares tareas añadidas; encender la calefacción, por ejemplo (el frío no se iba de León aquel año), en doble jornada que pocas veces terminaba antes de las ocho de la tarde. La primera mitad de esta doble jornada se me retribuía en efectivo: ochenta y nueve pesetas mensuales. La segunda la cobraba en promesas».
            Comparemos la niñez de nuestros abuelos, de nuestros padres, la nuestra misma, con la niñez que nos rodea. Diga el lector si esta niñez de hoy, pide (tiernamente) o exige (altivamente), que alguien le tienda su mano.

            Dejo al lector con el comienzo de la ya famosa poesía de Gamoneda, “Después de veinte años”, verdaderamente bella y elocuente, y que habla de la humildad de nuestro Premio Cervantes: «Cuando yo tenía catorce años,/ me hacían trabajar hasta muy tarde./ Cuando llegaba a casa, me cogía/ la cabeza mi madre entre sus manos/».
Publicado en DIARIO PALENTINO, el jueves 1 de septiembre de 2016.

miércoles, 24 de agosto de 2016

ALEGATO CONTRA LA NOSTALGIA. Pregón de Sanantolines





 Pregón de Sanantolines del CASINO de Palencia
24 de agosto de 2016

         Gracias Sr. Presidente, Autoridades, Socios del Casino, amigos y palentinos.

Alegato contra la nostalgia

            Voy a tratar de cumplir a lo Gracián lo mejor que pueda este pedido de Pregón y expresar en muy pocas palabras, el anuncio de las fiestas de San Antolín 2016 en nuestra ciudad desde esta Institución palentina señera, serena, y por ello abierta a cumplir su tarea en la vida de la ciudad. No soy experto en Pregones, mi única experiencia anterior data de cuando tenía 15 años, y tuve que aprender de memoria tres folios de versos, unas Gracias, escritos para la ocasión por el poeta palentino Carlos Urueña, merced al oficio de mi padre y de Casilda Ordoñez que se lo solicitaron para ser proclamados desde el balcón del viejo Ayuntamiento de Villamuriel de Cerrato con motivo de las fiestas en honor a su Virgen. Creo que hoy no podría repetir esa gesta memorística, que dejó en mi un poso de comprensión y paciencia con los pregoneros. Espero la suya.
            Pedir a un psicoanalista que pronuncie el Pregón puede ser interpretado como el deseo de llevar al diván a la propia ciudad, y ver si de ahí obtenemos algo que pueda servirnos. En realidad no es otra cosa a la que me entrego desde hace años, y ya van treinta y dos, siempre en la Calle Mayor y aledaños. Escucho a gentes que me confían su secreto, y ayudo a hacer algo con sus síntomas. Todos nosotros tenemos síntomas, pero también las ciudades, por ello eso que he ido aprendiendo de las gentes en forma de opinión ciudadana, he tratado de ponerlo de regreso al servicio de la ciudad participando en sus medios de comunicación. A su vez, esta es mi ciudad natal y a la vez es la ciudad que ve cómo transcurren nuestras horas. Desde luego eso hace que la amemos y que nos duela, pero he de decir que es la ciudad de la que nunca sentí nostalgia. En el momento presente y ante las fiestas trato de hacer de nuevo un alegato contra la nostalgia.
            Desde hace años trato de pensar en la marca diferencial de nuestros sanantolines, nuestro significante específico. Otros celebran sus fiestas tirándose objetos, (pienso en la tomatina por ejemplo), peleándose, rememorando batallas (pienso en Catoira), corriendo junto a animales, o siendo perseguidos por personajes inquietantes. La huella de la lucha del hombre y la manera de sacar sus temores y alegrías prevalece en la fiesta, igualmente el final de la faena, como en los pueblos de Castilla el final del ciclo agrícola anual. En fin. Pero en nuestra ciudad, en medio de la austera tierra castellana, de recia compostura, en nuestra pequeña ciudad de provincias, como nos dicen, ¿qué podríamos destacar como el santo y seña de nuestra fiesta patronal, de nuestra fiesta mayor? Creo poder argumentar algo.
            Tenemos dos Palencias. Acuñé hace once años un sintagma en una columna de DIARIO PALENTINO: palentinos en la diáspora. Era a propósito de la fuga de jóvenes cerebros palentinos. Rafael del Río lo usó el año pasado como pregonero de los sanantolines en este Casino. También los llamamos palentinos ausentes. Ocurre que siempre ellos dicen que están presentes. Que no se olvidan de Palencia. Y que vuelven siempre que pueden. Daniel Landa en el pregón literario del año pasado contó que cuando habían recorrido medio mundo, alguien dijo: “ahora somos ciudadanos del mundo”, a lo que objetó: “Vosotros, yo soy de Palencia”.
            Y tenemos muchos palentinos en la diáspora. Tantos que si una APP copiara el éxito de Pokemon GO e instalara una aplicación titulada Palentinos GO, y nos la bajáramos, encontraríamos palentinos por los sitios más recónditos. Miles y miles en las calles de Madrid, pero también hemos encontrado palentinos en el Dorsoduro veneciano, en las callejuelas de Marrakech, junto a la muralla de Óbidos o en la Rue Saint Honoré parisina…allá donde un palentino viaja tarde o temprano encuentra otro palentino que allí reside o se ha instalado o pulula. Por no mencionar esas villas cántabras, desconocedoras de que en realidad son embajadas de palentinos junto a su mar, el mar de Castilla. Tal ha sido el reguero de palentinos hallados por esos mundos de Dios, en el infinito viajar tan querido por las gentes de nuestra Palencia, que ha hecho muy difícil la cita clandestina o la escapada furtiva. (Encontramos el paradigma de esto en ese palentino cincuentón que embelesado de la belleza de esa playa gallega solitaria, allá donde fueres haz lo que vieres, disfrutó de tanto sol y silencio como Dios le trajo al mundo, o en palentino, corito. Y envalentonado pretendió surcar el litoral, hasta que advertido de la voz de la mujer palentina, valerosa desde Tolosa, le inquirió: “acaso puedas toparte con algún palentino”, a lo que, vergonzoso y pudoroso, raudo se textilizó de nuevo, para toparse de inmediato con otro palentino que circulando por esos lares intercambió esas palabras que un palentino se dice cuando encuentra a otro palentino muy lejos de los Cuatro Cantones: “pero tú ¿qué haces aquí?”).
            El infinito viajar, cual Magris, es patrimonio palentino, y se diría que el palentino viajero ha hecho suyo ese lema que dice que el mejor viaje… es el próximo. Para los palentinos en la diáspora, entonces, un lema cual frontispicio: “Nos vemos por San Antolín y por Navidad”. Los tres últimos pregoneros de los sanantolines en este Casino eran palentinos en la diáspora. He de decir que debo a uno de ellos, a Del Río, un apoyo decisivo cuando a comienzos de los ochenta estaba destinado en Valencia, y este pregonero era un soldado raso, perdido en esa ciudad. Es ejemplo del apoyo que un palentino presta a otro palentino cuando se encuentran fuera de su ciudad natal. Hace poco paseando con ‘Peridis’ me presentó a otro palentino que le había ayudado tras un encuentro casual en plena Puerta del Sol, y eso había cambiado bastante su vida. Relatos que hemos escuchado con muchas variantes. Este lazo invisible de solidaridad entre palentinos en la diáspora acontece a las pequeñas ciudades, pues debido a su fragilidad parecen necesitar ese lazo solidario.
            Y luego tenemos la Palencia de los que aquí nacimos, aquí trabajamos, y aquí vimos nacer a nuestros hijos. La Palencia constituida por lo que mi amigo Nacho Ausín bautizara como los de Palencia de toda la vida, reduciéndolo con humor a sus siglas: los PTV. Palencia de toda la vida. Para los Ptvs, para nosotros, un lema cual frontispicio de verdad mentirosa: “Aquí nos conocemos todos”. Es verdad porque hemos compartido las vicisitudes de nuestro vivir y sabemos reconocernos en nuestras calles. Es mentira porque en realidad nadie conoce a nadie, incluso como Octavio Paz dijera de Pessoa, el desconocido de sí mismo, no es fácil llegar a saberse. Se lo dice un psicoanalista que pasó muchas horas en un diván como analizante.
            Tenemos, pues, a los de la diáspora, y a los PTVs. No me parece trascendente si en la balanza demográfica unos son más que otros, si la lista de los palentinos en la diáspora aumenta año tras año. Es posible que eso sea imparable, pues no depende de la política ni de la buena voluntad de todos nosotros, sino de gigantes contra los que es imposible luchar. Esa no va a ser la cuestión en el futuro. Más bien la pregunta sería si vamos a aprovechar la mejora de las comunicaciones, y sobre todo, la revolución que es la Red, para inventar algo que una en un puente constante, en un trasiego de información y apoyo, a esas dos Palencias que distantes, se añoran mutuamente.
            Y sobre todo, la cuestión esencial es cómo interpretar los síntomas que se perciben entre palentinos de una u otra Palencia, de caída en la nostalgia. Y mucho más cuando nos juntamos unos y otros, o damos pregones. Por las mejores razones, por una lógica implacable, podemos deslizarnos por la senda de la nostalgia y sus peligros. ¿En qué consiste esta senda? A ella se llega cuando hay recuerdo, y cuando hay dolor. También cuando hay miedo. Nostalgia, recordemos es un término que se acuña en el siglo XVII por un médico, Hofer. Viene del griego nóstos, retorno, y algia, dolor. Tristeza por estar ausente de la patria o del hogar o lejos de los seres queridos, también equivale a añoranza, y a la pena por el recuerdo de algún bien perdido. Los gallegos lo llaman morriña, en los campamentos con niños lo llamábamos mamitis. Saudade es una palabra portuguesa bellísima para decirlo.
            ¿Y qué es lo perdido como ciudad, en nuestro caso? Pues el ayer, los años de la infancia, que son al decir de Rilke, la auténtica patria de la humanidad, entendiendo por Patria la mejor definición posible, la de nuestro ilustre palentino Díaz Caneja: “Patria es todo lo que no se puede defender con las armas”. Defendemos nuestro pasado en común, y así nos reconocemos cuando alguien nos evoca ese pasado, las calles, los edificios que ya no están, los personajes que dieron lustre, vida y alegría a una ciudad, esa nuestra infancia, esos años de nuestra juventud, esas calles de Palencia que ya no son las mismas. Aferrarse a estos recuerdos cuando hablamos entre nosotros, nos da la seguridad de un bien que compartimos, de las personas que conocimos, las que nos dieron clase en las aulas, nuestros antepasados. Nos aferramos a esos recuerdos ante el temor de que en el futuro, nada vaya a ser igual. Y además en nuestra época, sabemos que los cambios, las transformaciones, han sido tan crueles, tan exageradas, tan extrañas e inimaginables para nuestros mayores, han afectado tanto a usos y costumbres como a valores e ideales, que nos hace desconfiados ante la certeza de que el espíritu global arrasa con nuestra alma local. Es lógico que nos aferremos a la nostalgia de un tiempo que sabemos que no va a volver.
            En cierto modo nos pasa como a esos periodistas a quienes les entregaron nuevos ordenadores, pero a escondidas aún seguían usando sus viejas Olivettis. O como esas modas vintage que fugazmente nos hacen soñar con que si organizamos un buen refugio junto a rancios objetos podemos llegar a librarnos del inexorable paso del tiempo.
            Podemos entonces anunciar nuestra fiesta pregonando nuestra nostalgia de un tiempo atrás, pero hemos de saber que la nostalgia puede conducir a la melancolía. Les aseguro que es el peor escenario, cuando tras una pérdida de un ser querido o amorosa, cuando no se quiere aceptar que ese objeto está perdido, el sujeto se engaña creyendo que si se recluye y se repliega sobre sí mismo, el objeto perdido habita en él, en su interior. Ahí su tiempo se paró. Es un escenario amigo de la tristitia, pero de la mala, (pues hay la buena tristeza), un escenario que proclama que no hay nada nuevo por hacer, como esa oficina de Patentes de Londres que cerró en 1900 con esta justificación: “está todo inventado”.
            Y así, también las ciudades aquejadas de ese mal que circula en sus discursos, en sus instituciones, en su modo de celebrar las fiestas o acoger lo diferente y lo vivo, puede paralizarlas, y entrar a formar parte de esas ciudades que aman lo perdido, el pasado; esas ciudades previsibles, temerosas de los cambios, cuyas programaciones son miméticamente exactas año tras año, desconfiadas de cualquier atisbo de acontecimiento imprevisto. Sin saberlo, se ocultan a sí mismas ante el riesgo de innovar, apelando a eso que Unamuno pescó muy bien como lema hispano: “Que inventen ellos”.
            Entonces Nostalgia cero pudiera ser un buen lema para Palencia y sus instituciones. Para no ser como esas ciudades que en el decir de Saramago, el Nobel, «son como la muchachita de tiempo antiguo que fue al baile y espera que la vengan a sacar».
            Siendo psicoanalista, obligado pues, a escuchar el despliegue de la historia subjetiva y de los recuerdos del pasado de las personas que me confían sus cuitas, tengo que decir que la posición más certera viene de leer el pasado. Pero la diferencia frente al discurso nostálgico, es que la investigación tiene por objeto obtener las mejores lecciones para el futuro. Cual Churchill: “cuanto más atrás puedas mirar, más adelante verás”... cual Kierkegaard: “la vida hay que vivirla hacia delante, pero sólo se puede comprender hacia atrás”. Nuestra guía no ha de ser la mortífera nostalgia sino la memoria en movimiento.
            Y tratando pues, de obtener esa pista de nuestro elemento diferenciador en la fiesta he recordado de mi archivo memorístico un momento.
            Era la Palencia de los 60, los felices 60, la algarabía del boom de los 60, esa piscina del Campo de la Juventud a rebosar de gentes, esa Calle Mayor permanentemente eléctrica por el trajín del ir y venir, por el Café Palentino, por el glamuroso Casino y su terraza, esa Plaza de Abastos siempre en hora punta, esos barrios literalmente ocupados por esos chiguitos que no es que jugaran en la calle, cuando aun en las calles se jugaba, sino que literalmente vivían en ella.
            Remedando a Walter Benjamin, de una novelada Infancia en Palencia hacia 1960 podría evocar el ferial al llegar San Antolín, que en esa década se instalaba en la Calle Cardenal Cisneros. Aquel niño se encuentra frente a una caseta de feria muy particular, la que obligaba a tirar con carabina y acertar exactamente en un punto que permitía obtener una fotografía que captaba ese instante. Aquel niño estaba embelesado por ese fenómeno y aún más porque nunca vio a nadie que lograra su objetivo. Durante años, sanantolines tras sanantolines no conocía a nadie en el instante justo en que hubiera obtenido esa foto. Faltaba algo. Y la imagen y el espejo estaban en juego. Años más tarde estudiaría esa fase tan importante para el desarrollo psicológico que es el estadio del espejo, momento en que se produce un primer reconocimiento de la imagen, y las consecuencias de mirarse en el espejo siendo niño, bien desde un punto ideal, o bien vivir en desacuerdo con la propia imagen, o bien estar siempre a punto de habitar un cuerpo fragmentado, a punto de estallar.
            Pues bien, eso mismo se puede extrapolar a las ciudades.
            Si una ciudad se ve grande y completa, pagada de si misma, oronda, esa ciudad producirá rechazo y aislamiento, pues la cárcel narcisista, la enfermedad del amor propio quiere decir eso, nada del otro me importa. Una ciudad cerrada sobre si misma, expulsa. Y de igual modo, una ciudad que no se acepta tal cual es, enfadada de continuo con sus límites, que se engaña respecto a sus posibilidades reales, que no trata de apañarse con lo que tiene, puede producir el efecto de crear demasiado descontento, una ristra de cenizos presagiando lo peor, y un conjunto de agoreros que proclaman de continuo la muerte de la ciudad en la que viven. Como en La verdad sospechosa, de Ruiz de Alarcón, (“los muertos que vos matáis gozan de buena salud”), las ciudades pequeñas son más capaces de reinventarse, y en la nuestra es verdad que ya desde nuestro Himno hemos sabido ver junto al castillo ruinoso, un canto.
            Una ciudad que no se mira desde un ideal imposible, una ciudad que no tiene grandes pretensiones sino la de ayudar a habitarla, hacerse vivible, hacer confortable la existencia a sus gentes, acompañar el asueto, y sobre todo acoger al que se une a la empresa, venga de donde venga, una ciudad que se mira así, si no se mira mal en el espejo, será una ciudad pequeña, de acuerdo, tendrá sus límites, de acuerdo, pero puede ser amablemente habitable, y hacer de la fragilidad su fuerza, y de su hospitalidad el santo y seña.
             Y en las fiestas aún más, donde se demuestra nuestro ser hospitalario que une esas dos palencias, la de la diáspora, que siempre vuelve (por Navidad y por San Antolín)  con la que se quedó, con la Palencia de toda la vida.
            Toda la ciudad en fiestas trata de demostrarse a sí misma que es grande. Y entonces se dispone a convertirse toda ella en una gran HABITACIÓN DE INVITADOS.
            Esta figura, esa habitación, hija de una tradición poderosa, de una elegancia y cortesía cristalina, a veces se tiene en las casas, como esperando la llegada de un invitado imprevisto. También presentifica a alguien ausente, ora el nido vacío de los hijos que marcharon, ora el tránsito mientras arrecia la disputa amorosa, la nuestra (en cuyo caso seríamos invitados de nosotros mismos), o la de nuestros amigos. También porque añoramos esas casas de nuestra infancia en que convivíamos tres generaciones, algún pariente despistado, y hasta pupilos, y algún amigo de paso.
            Tengo la imagen de mi casa repleta de jóvenes pululando por el pasillo, ocupando los aseos, amigos y amigas de mis hijos llegados desde los rincones más recónditos, y como en esos chistes de Gila, apenas me atreví a preguntar nombres y destinos, preferí obviar la razón de ese saco de dormir tendido subrepticiamente: mi hermano diría, vienen, chacho, porque es San Antolín. Nuestro Alcalde lo ha escrito mejor en el Programa de fiestas: “somos ante todo hospitalarios, lo somos por naturaleza”, y ha añadido: “una fortaleza que nos hace únicos”. Totalmente de acuerdo, es entonces el reverso de la conocida sentencia del Emperador Severo: “Omnia fui, nihil expedit” (lo fui todo, nada vale la pena), esto es, si algo merece nuestro esfuerzo es seguir el impulso del obispo Tello Téllez, que supo junto a otros muchos acoger y atraer escolares para esa Primera Universidad hispana.
            Nuestro rasgo festivo no es pues tirarnos cosas, perseguir animales, rememorar batallas. Somos por unos días como pequeña ciudad con historia, una gran habitación de invitados. Hemos asumido nuestra fragilidad de pequeña ciudad, sometida a los empujones de las ciudades vecinas y de sus ínfulas, que acude a la cita de ese lugar triste de despedida, la estación del tren, en el repetido adiós a nuestros hijos. Las lágrimas de la mujer palentina, valerosa desde Tolosa, asoman en esa estación con frecuencia, cuando acude a acompañar a sus hijos que estudian fuera o que ya laboran fuera, buscándose la vida, engrosando las filas de los palentinos en la diáspora.
            A veces, con estupor, he escuchado la razón de algunos para abandonar su Palencia natal: “se me queda pequeña”, me han dicho. Pequeña para el tamaño de su ego, respondí en una ocasión, sin confiar en ser comprendido. Ya se sabe, mejor no comprender. A veces, ya personas mayores regresan a la ciudad que les vio nacer, en el otoño de sus vidas y se complacen en la sempiterna faz de vida tranquila que tanto añoraron. A veces, con alegría, también escuchamos el relato de quien retorna a la ciudad, y sorpresivamente encuentra brazos abiertos. De nuevo nuestra hospitalidad.
            Somos hospitalarios porque la mitad de nuestro espejo, de nuestra foto de la caseta de feria, anida fuera de la calle Mayor, la calle más larga del mundo que dijera Rafael Del Río aquí el año pasado, esa calle que, dijo, empezaba en la Isla de Cuba y acababa en El Pilar. Los más jóvenes dicen que empieza en (la Plaza de) León y acaba (en la República de) Argentina. Sea otoño y en fiestas, en Semana Santa, o en la Carrera Requena, en shopping night o en Carnavales, nuestra Calle Mayor es nuestro pasillo de casa, y el lugar donde, a lo Lord Byron, salimos a renovar nuestro apetito de soledad. Nuestra mitad del espejo anida fuera de la Calle Mayor, pero vuelve esa diáspora a la espera del reconocimiento permanentemente aplazado.
            Entonces: nostalgia cero. Por lo tanto y de acuerdo de nuevo con Alfonso Polanco en que cada año por estas fechas tenemos una gran oportunidad, una nueva oportunidad. “Es el momento de despegar”, dice. Totalmente de acuerdo con esa expresión.
            Quiero entonces aprovechar este Pregón y precisamente desde esta institución legendaria de la vida de la ciudad, para proponer que, nosotros que tuvimos la Primera Universidad hispana, busquemos una ciudad volcada en la vida intelectual. Entiendo por vida intelectual lo que es previo a la vida cultural de la ciudad, a la vida artística, a la vida deportiva, a la vida económica, pues sin ella nunca se darían las otras vidas de una ciudad. Y mucho menos la affectio societatis necesaria, pues es preciso tejer un puente entre los más jóvenes y los de mayor experiencia, así como en general el lazo social preciso en los momentos en que existe la gran fragmentación social en las grandes ciudades, y la esplendorosa sensación de soledad de tantas personas que habitan las grandes ciudades, en la paradoja de una soledad inédita en la historia, pues es la soledad en medio de la revolución de las comunicaciones sociales. Nunca antes tan solos, cuanto nunca antes hubo tantos medios para comunicarnos a distancia unos con otros. Como esas gentes que no son sino exiliados en la gran ciudad. Este fenómeno que nos diferencia a los que habitamos pequeñas ciudades, aún sabido desde siempre, nunca pensé vivirle con tanta intensidad ad como cuando he de atender a personas que viniendo de esas otras ciudades, (y que a veces regañadientes han aceptado visitar a un profesional de una pequeña ciudad de provincias), pero que entre sesión y sesión, paseando por nuestra Calle Mayor, enseguida descubren un fenómeno sorprendente para ellos: “he visto que la gente se saluda y se conoce y se para”, exclaman.
            Entonces tenemos los mimbres para desplegar la vida intelectual. Viviendo en una ciudad mínima, podemos apostar por enriquecer nuestra vida intelectual, pues desde ella, si florece, si crea poso, si anima al pensar, si da cobijo al inventor, al creador, el resto de las vidas de una ciudad se va a beneficiar, especialmente la vida económica, y además la saludable vida de sus gentes. Esa inmensa minoría que lee, al decir de Juan Ramón Jiménez, puede ser el núcleo en torno al cual se teje el resto de la vida social, económica, artística, deportiva y cultural de la ciudad. Se requiere apostar por las gentes del talento, por esos cerebros palentinos estén donde estén, por animar a un constante flujo de actividades en torno al estudio y la investigación, el pensamiento y la escritura.
            Rindo aquí mi homenaje a los palentinos que otrora o en nuestro tiempo dedicaron su vida al estudio. Rindo homenaje a Don Antonio Cruz de Fuentes, vecino ilustrado, intelectual y empresario que dejó la huella de su impulso empresarial e inventor, empresario de éxito, cuyas fábricas siguen su marcha, escritor que ha legado a nuestras Bibliotecas su obra, donde se puede constatar su vida dedicada al estudio hasta el final de su vida, su ser joven a los noventa y muchos, su tenaz deseo de saber, único deseo que junto al deseo de gustar nos permite seguir siendo jóvenes.
            Y ahí es donde entran también los palentinos en la diáspora, donde pueden ayudarnos. Y animar a venir a nuestra ciudad a habitarla a las gentes de la creación. Pondré el ejemplo de Christoper Slaski, compositor y creador de música para el cine, Premio Europeo al compositor joven de música para cine que pasea nuestra Calle Mayor, y que aquí crea su música. También necesita unos meses en su Londres, grabando en los estudios, pero el resto de su vida intelectual la desarrolla en nuestra ciudad. Recordemos también el esfuerzo del profesor del Instituto Jorge Manrique, Ricardo Becerro de Bengoa que funda en 1876 el Ateneo en nuestra ciudad para ese despliegue de la vida intelectual en los finales del XIX. Recordemos a los escritores, a los poetas. A los pensadores. A los que hacen el esfuerzo investigador en las múltiples disciplinas. Nuestra ciudad tiene eso que tanto necesita el investigador, el intelectual, el escritor, el artista y el creador: tranquilidad, sosiego, paseo. “Me he ido a vivir a Palencia porque allí no hay prisas”, sería un lema. “Me quedo a vivir en Palencia porque desde allí puedo viajar al mundo” sería otro.
            Pero como hay la prisa buena, quizá sepamos multiplicar Tertulias, Presentaciones de Libros, Encuentros, Conferencias, quizá fundemos de nuevo ese ATENEO del siglo XXI, hijo del de Bengoa. Quizá sepamos cuidar mejor nuestros periódicos, y digitales y medios de comunicación, y radios y TVs, porque son ese sostén de la vida intelectual de una ciudad. Rindo aquí homenaje al decano de la prensa palentina, DIARIO PALENTINO, fundado en 1881. Quizá obtengamos de la Universidad más apertura a la ciudad, y traspase sus muros, y quizá aumentemos las experiencias de transmisión de conocimiento de las Universidades de la Experiencia, o de la exitosa Universidad Popular. Quizá frecuentemos más nuestros Centros de Animación Social y nuestras Bibliotecas. Quizá nos confabulemos con los jóvenes más despiertos e inventemos nuevos conceptos de Casas de Juventud o al menos Espacios más cercanos al libro y a la creación que al ruido. Quizá sepamos apoyar entre todos más nuestros Museos y Fundaciones, y la apuesta decidida por el deseo de saber, y prestigiar como se merecen las figuras de saber en una época en que el respeto al ingente esfuerzo del intelectual flaquea. Encontré en la Fundación Díaz Caneja una dedicatoria en un libro escrito por Juan Benet que reza así: “A Díaz Caneja, pintor que ha plasmado el silencio de su tierra inmortal”.
            En este Casino disponemos de una serena Biblioteca, recogida y silenciosa, con el perfume a libros de viejo, que a este Pregonero le ha permitido concluir escritos y columnas, por ese aire de quietud y silencio que se precisa. Al Casino y a esa Biblioteca les debo una columna, pagaré en cuanto la Biblioteca me inspire un día de buen aire et de fermosas salidas.
            No es nuestra época precisamente un momento histórico que ame la conversación y las palabras. Más bien se impuso la tontería de que una imagen vale más que mil palabras. Desde Magritte y su cuadro de una pipa en la que escribe “esto no es una pipa”, quien sostiene que una imagen vale más que mil palabras sabe que yerra.
            Las palabras hacen. Las palabras hieren. Si de algo sufrimos en nuestra vida es de las palabras que nos hicieron daño en algún momento. Pero las palabras curan. Freud lo dijo preciso: «No se ha inventado aún fármaco más tranquilizador que un puñado de palabras bondadosas».
            Ese es el santo y seña de nuestra fiesta también, querido Alcalde, que somos una gran habitación de invitados, y que cuando se recibe a invitados la reina es la conversación, y que por San Antolín prima la conversación. Que la ciudad que tuvo fe en las palabras y acogió el Estudio General de Palencia, (siguiendo la norma de las Partidas de Alfonso X El Sabio: «De buen aire et de fermosas salidas debe ser la villa do quieren establecer el estudio, porque los maestros que muestran los saberes et los escolares que los aprenden vivan sanos») y enseñó el Trivium (Gramática, Dialéctica o Lógica, y Retórica) y el Quadrivium (Música, Geometría, Aritmética, Astronomía), es una ciudad que si quiere despegar, por usar las palabras del Alcalde, tiene la oportunidad de dar alas a la vida intelectual de la ciudad y poner a la empresa a los de la diáspora y a nosotros.
            Es esta la ciudad del “Resistiré” del Dúo Dinámico, que por momentos su fragilidad y tamaño se muestra a nuestros ojos como ese junco que se dobla. Pero que siempre sigue en pie. Si Teruel, se sintió en un momento ciudad incomunicada y abandonada e inventó el Teruel existe, nosotros, acaso no esperando demasiado ya de afuera, inventamos a diario el Palencia resiste. Y mi idea es que no nos van a doblegar todas las adversidades que sufrimos. Bien sea el exilio de nuestros jóvenes, bien esa tormenta perfecta que cae sobre nuestros comercios tradicionales, que se reinventarán, bien sea nuestra dificultad climática, (nuestro conocido aserto de que en Palencia tenemos sólo dos estaciones, el invierno y la del tren), ni nuestro panorama de industrias que descubrirán nuevos caminos, ni tan siquiera la cercanía de otras ciudades, que nos fagocitan, pues haciendo de la necesidad virtud, sabemos que hay la misma distancia entre ellas y nosotros, que entre nosotros y ellas. Resistir, pero a la buena manera, con el humor inteligente, como Díaz Caneja y sus amigos que al decir del novelista e ingeniero Juan Benet: “todos estaban derrotados, y con muy poco trabajo, así que su humor era excelente”.
            Resisten instituciones como el CLUB 38 que esta semana cumple 50, ejemplo de resistencia. Como DIARIO PALENTINO desde 1881. Como este CASINO fundado en 1862, espacio de recreo y conversación, y que permite el elocuente silencio de su Biblioteca.
            En estos días, pues, junto a la algarabía y el telón de fondo de conciertos y gigantes cabezudos, y actos de nuestro Patrón, y visita a la cripta de San Antolín, entre festejos y competiciones, lo que importará será ese encuentro donde la palabra circula, para el recuerdo, para compartir, para saber que la ciudad natal de unos y otros, los del exterior y los que aquí vivimos, es ciudad frágil, y por eso bella. Y desconocida incluso para ella misma.
         Son los Sanantolínes, días de Regreso a la tierra natal, título de un poema de Hölderlin, (el poeta que escribió eso de que «Nadie, sin alas, tiene el poder de captar lo que está cerca»), donde habla del placer subsiguiente al encuentro con los parientes. No olvidemos que si se regresa, es a lo propio, a una parte del espejo de esa caseta de feria donde se trata de mirarse en el espejo, en los parientes, en los amigos de la infancia, y esta experiencia requiere transitar por el dolor y el recuerdo, por la nostalgia, y esa atracción implica desasosiego, pues antes ha habido paso previo por lo extraño, y si se vuelve a lo propio es porque se pretende recuperar lo perdido. El dolor por la tierra natal siempre llevará esta marca de lo perdido. Es por eso que nuestra estación de trenes es ese lugar triste por antonomasia.
         Ante la nostalgia, mostrar la alegría, la de la fiesta, y la del saber de nuestro afán de resistencia, nuestra fortaleza de gentes humildes que disponen siempre de una habitación de invitados.  
            Deseo días de buena conversación, días de grandes conversaciones con unos y con otros, días de alegría con límite, días sin nostalgia, días para el humor.
            Quiero finalizar este Pregón evocando unas líneas que creo definen nuestro ser hospitalario de ciudad, nuestro rasgo de pequeña ciudad frágil que amara el estudio y que viera nacer el primer Studium. Me las envió un año mi amigo el escritor Gustavo Martín Garzo, sacadas de un texto de Bobin, de su libro, Autorretrato con radiador. Evocan para mí, metafóricamente, dos tipos de ciudades, las ampulosas y las pequeñas ciudades, y en el último aliento de este texto verán lo que he tratado de proponer como santo y seña de nuestros sanantolines:
                                               “…hay una palabra de príncipes y hay una palabra de mendigos. La de los príncipes es como una estancia en la que no hubiera nada y en la que al mismo tiempo todo estuviera lleno, lleno a rebosar. Es una palabra que está sorda de bastarse a sí misma. La de los mendigos, por el contrario, contiene en ella el vacío suficiente, de espacio, de silencio, para que el primer llegado se deslice en ella encontrando allí su bien. Es una palabra que deja en ella sitio a otra, que hace posible la llegada de algo distinto a ella misma. Ya sabéis: esa vieja tradición de poner en la mesa un plato de más para un visitante imprevisto».
Muchas gracias. Viva San Antolín. Viva Palencia.