jueves, 19 de octubre de 2017

DERECHO AL SECRETO



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    Puede que la auténtica base en que se cimentan nuestras libertades sea el absoluto derecho al secreto.
            Como esos niños que ocultan un mínimo juguete que han sustraído a otros en un juego y guardan celosamente para que nadie lo descubra, así nos comportamos con nuestros valiosos secretos, separándolos del mundo.
            De hecho, de ahí toma su acepción el secretum, de tamizar, de separar, secernere. Es algo que queremos poner a salvo, y que alejamos de las miradas, de los juicios, de las opiniones. Y de los hurtos, porque si confiamos nuestras cuitas en alguien y viola nuestro secreto, sentimos que hemos sido robados, que se han llevado un preciado bien, de un valor incalculable.
            En la época de la transparencia, de la instantaneidad y generalización de las comunicaciones, pero también en el momento de la máxima vigilancia y del intento de desentrañarlo todo, nunca estuvo más amenazada la figura del secreto. Precisamente quienes tenemos el deber del secreto conocemos lo fundamental que es para muchas personas su inalienable y radical derecho al secreto.
            Además sabemos que toda familia se funda en su constitución en el secreto, en un secreto que atraviesa a los propios protagonistas, quienes pasado el tiempo desconocen profundamente qué les ha llevado a hacer nacer ese grupo humano. Y a veces mejor no arrojar luz sobre lo que debe permanecer a salvo. No revelar secretos, entonces, debiera de ser un lema ético a transmitir desde la cuna, para preservar la libertad y la civilización.
            Hay una serie amenazada hoy: el acontecimiento imprevisto, el derecho al fracaso, los enamoramientos improductivos, la poesía, las conversaciones sin fin, el derecho a la soledad, lo inútil con sus misteriosas utilidades, las cartas con sobre y sello escritas a mano, los niños jugando en la calle, el piropo, el respeto a las figuras del saber, guardar las penas en el fondo del morral, y el derecho al secreto.

                        Con todo, lo peor es que sin ese secreto (transitorio) celosamente guardado incluso para uno mismo, apenas podríamos dar un paso. Aunque confesarse la verdad es andar ligeros de equipaje.

martes, 17 de octubre de 2017

CALMAR LA ANSIEDAD



El intento es siempre singular, pero hay usos colectivos. Se trata de burlar la espera tanto como apaciguar ese tormento interior que a tantas personas impide hacer vida normal (si es que existe tal cosa). En una apresurada lista encontramos como modos de calmar esa ansiedad, la bebida, el deporte, la droga, el extenuante trabajo, los múltiples juegos, los agotadores viajes, los ataques a nuestro propio cuerpo, en fin, un montón de maniobras todas ellas temporales, y muchas de ellas aún más dañinas que la propia ansiedad.
Como muchas de estas aventuras para enfrentar lo que nos angustia tienen una larga trayectoria histórica desde la noche de los tiempos, deberíamos suponer que eso que nos angustia, y sus repercusiones ansiosas en nuestro cuerpo, va con la vida, y con las tres heridas de Miguel Hernández. Que afrontamos cada uno como podemos con las armas más a mano.
Una de esas armas es la inhibición. Es decir todo tipo de evitación de las situaciones angustiosas. Es la derrota del yo ante la acometida de algo que no tiene representación, algo informe, oscuro.
Y así, muchos deciden usar de la inhibición y no pueden montar en avión, conducir solos su coche, salir de su país. También la inhibición se traduce en no poder escribir, no poder hablar en público, no poder tener relaciones sexuales, no poder alejarse mucho de su ciudad natal o de su familia o de su pareja, y en los momentos más duros, no salir a la calle.
Son tantas las inhibiciones para calmar la ansiedad que muchas las incorporamos como naturales, cuando han sido construcciones sociales, laberintos defensivos que han construido las sociedades para evitar la llegada de lo que angustia, de lo extraño-familiar, del otro intrusivo.
A una de esas inhibiciones la llamamos frontera. Son rayas entre los pueblos. Rayas pintadas en un mapa. A veces un río. Hemos levantado muros porque el otro nos inquieta, nos angustia. Pero el enemigo siempre va dentro.


                 




Neuras


Ha quedado en el argot popular el término neuras como fiel reflejo de un retrato psicológico. De la historia de la psicopatología, donde el término neurosis tenía su raigambre, hasta nuestros días donde para describir algunas de las cosas que nos suceden las nombramos como tal.
La imposibilidad de concluir algunas cosas, las reiteradas intranquilidades en determinadas situaciones, el agobio ante un acontecimiento temido, los circuitos repetitivos para efectuar determinadas acciones, las quejas ante la espera, las comidas de tarro”…en fin toda una serie de fenómenos los conocemos como eso, como neuras que nos han entrado, y que nos acompañan toda la vida, siendo a veces muy intensas e insoportables para el propio sujeto o para sus cercanos.
Y así, ser muy neuras va quedando como fiel expresión de un perfil, el de quien toma muchas precauciones, se muestra incapaz de ceder el control, tiene sus rabietas periódicas, sus enfurruñamientos, y ha de seguir un laberinto muy preciso para encontrar una salida a su propio desvarío. Con todo, lo peor es cuando invaden el pensamiento, y esa rumiación permanente impide la acción, el dormir, el lazo social normal, y nuestro neuras vive en su amor por su cogito, dando y dando vueltas sin más propósito que el de gozar de pensar y repensar sin solución.
Incluido el loco ( algunos para evitar la gran caída se sostienen a duras penas en una cohorte defensiva repleta de repeticiones, manías, costumbres exóticas, extravagancias varias), nadie está libre de vivir un racimo de pequeñas neuras. Incluso pavonearse de no tener ninguna, y vacilar de ser normal, es quizá la neura más sofisticada, muy cara para los delirantes del todo va bien, y el yo soy muy normal.

Con todo y con eso, aún lo peor de lo peor es cuando varios neuras se juntan. Entoncesles da la venada. Y la arman.

jueves, 27 de julio de 2017

Elogio de lo poco

Elogio de lo poco, alabanza de lo débil, escribe Christian Bobin en Elogio de la nada. Esa frase justifica un libro, y nos conduce una vez más a preferir la sencillez del minimalismo frente al fervor de lo grandilocuente.
Es el encanto de sobrellevar una vida con las cuatro cosas que acompañan, el valor que proclama Henry Thoreau cuando escribe en su Diario que si no estás ahí en el instante preciso, el verano puede pasarte por delante sin que lo veas. Como si su ejemplo de vivir en un bosque nos advirtiera de que basta con mirar. Lo poco preciso para vivir, admirar lo que tenemos al lado, como si la sorpresa de la belleza que nos rodea fuera todo, y no algo imperceptible.
La continua carrera por almacenar objetos, el deterioro que supone tener que mostrarlos a la espera del asombro o la admiración, cuando lo que viene es el factor envidia, es el elogio del triunfo, basado justamente en eso, un éxito basado en el acopio de cosas susceptibles de envidia. Un extraordinario desatino.
Enfrente el nómada, (con sólo lo justo), el mochilero, (con las penas en el morral), el castellano austero, (pegado a su tierra), en fin, el montañero que posee el sueño de una fugaz mirada desde la cumbre.
El verano, el infinito viajar, el descanso (de uno mismo) nos dan una nueva oportunidad de contemplar cómo lo poco nos reconcilia con esa simple manera de pasar el tiempo mirando, leyendo, contemplando, observando. Además lo poco nos acerca a la satisfacción mientras que lemas absurdos como elige todo, nos aleja del saber perder.
Christian Bobin colocó en este su Elogio de la nada un exordio punzante: Ilumina lo que amas, sin tocar su sombra. Lo poco, la alabanza de lo débil, finalmente viene de la mano de ese aserto de Lacan que proclama que amar es dar lo que no se tiene.

lunes, 24 de julio de 2017

Bondad y amargura


El encuentro con gente bondadosa siempre me ha resultado un alivio, un respiro, un oasis en medio de los disgustos de la vida productos de las maledicencias, los circuitos de la envidia, las animadversiones. Y he tratado de indagar en las auténticas razones de esa su bondad, del por qué de esa resistencia tenaz en medio de la invitación constante a pasar al lado oscuro y penetrar en el recinto de esa lucha feroz contra alguien, por puro prestigio. Entonces es cuando he ido descubriendo que la bondad nunca se da en estado puro, sino que va aderezada siempre con algún ingrediente, con algún compañero de viaje que incluso el propio sujeto bondadoso desconoce. En no pocas ocasiones esa bondad viene acompañada de un dosis elegante de tristeza y rendición ante lo imposible del trato con lo peor de lo humano.
En esto leo a Trapiello: bondad y amargura es una combinación mortal. Lo escribe en uno de sus diarios, El gato encerrado. Lo dice referido a Gerald Brenan, que acababa de morir, y que solía evocar cómo su vida se parecía a la de otro escritor, sólo que el otro, decía, había triunfado. Trapiello remacha, si un escritor es una buena persona debe cuidarse de la amargura.
Quizá lo podamos extrapolar y colegir que es mal acompañante del bondadoso la acedía, pues al recluirle en esa rumiación a fuego lento que rememora la lista de traiciones de los traidores, de insultos de los insultadores, de miserias de los miserables, en fin, de faenas mil de quien goza de herir al de al lado, ya no hay bondad a desplegar. Claro que entonces hay que concluir que la bondad ha de ser ciega y olvidadiza, porque si es leída y viajada, sabrá de la maliciosa afición humana, y recordará cómo se aprovechó del incauto bondadoso que ocupara sus tiempos en hacer feliz a los cercanos.

Ciega y desmemoriada, la bondad de las gentes es un alivio, un respiro.