jueves, 27 de julio de 2017

Elogio de lo poco

Elogio de lo poco, alabanza de lo débil, escribe Christian Bobin en Elogio de la nada. Esa frase justifica un libro, y nos conduce una vez más a preferir la sencillez del minimalismo frente al fervor de lo grandilocuente.
Es el encanto de sobrellevar una vida con las cuatro cosas que acompañan, el valor que proclama Henry Thoreau cuando escribe en su Diario que si no estás ahí en el instante preciso, el verano puede pasarte por delante sin que lo veas. Como si su ejemplo de vivir en un bosque nos advirtiera de que basta con mirar. Lo poco preciso para vivir, admirar lo que tenemos al lado, como si la sorpresa de la belleza que nos rodea fuera todo, y no algo imperceptible.
La continua carrera por almacenar objetos, el deterioro que supone tener que mostrarlos a la espera del asombro o la admiración, cuando lo que viene es el factor envidia, es el elogio del triunfo, basado justamente en eso, un éxito basado en el acopio de cosas susceptibles de envidia. Un extraordinario desatino.
Enfrente el nómada, (con sólo lo justo), el mochilero, (con las penas en el morral), el castellano austero, (pegado a su tierra), en fin, el montañero que posee el sueño de una fugaz mirada desde la cumbre.
El verano, el infinito viajar, el descanso (de uno mismo) nos dan una nueva oportunidad de contemplar cómo lo poco nos reconcilia con esa simple manera de pasar el tiempo mirando, leyendo, contemplando, observando. Además lo poco nos acerca a la satisfacción mientras que lemas absurdos como elige todo, nos aleja del saber perder.
Christian Bobin colocó en este su Elogio de la nada un exordio punzante: Ilumina lo que amas, sin tocar su sombra. Lo poco, la alabanza de lo débil, finalmente viene de la mano de ese aserto de Lacan que proclama que amar es dar lo que no se tiene.

lunes, 24 de julio de 2017

Bondad y amargura


El encuentro con gente bondadosa siempre me ha resultado un alivio, un respiro, un oasis en medio de los disgustos de la vida productos de las maledicencias, los circuitos de la envidia, las animadversiones. Y he tratado de indagar en las auténticas razones de esa su bondad, del por qué de esa resistencia tenaz en medio de la invitación constante a pasar al lado oscuro y penetrar en el recinto de esa lucha feroz contra alguien, por puro prestigio. Entonces es cuando he ido descubriendo que la bondad nunca se da en estado puro, sino que va aderezada siempre con algún ingrediente, con algún compañero de viaje que incluso el propio sujeto bondadoso desconoce. En no pocas ocasiones esa bondad viene acompañada de un dosis elegante de tristeza y rendición ante lo imposible del trato con lo peor de lo humano.
En esto leo a Trapiello: bondad y amargura es una combinación mortal. Lo escribe en uno de sus diarios, El gato encerrado. Lo dice referido a Gerald Brenan, que acababa de morir, y que solía evocar cómo su vida se parecía a la de otro escritor, sólo que el otro, decía, había triunfado. Trapiello remacha, si un escritor es una buena persona debe cuidarse de la amargura.
Quizá lo podamos extrapolar y colegir que es mal acompañante del bondadoso la acedía, pues al recluirle en esa rumiación a fuego lento que rememora la lista de traiciones de los traidores, de insultos de los insultadores, de miserias de los miserables, en fin, de faenas mil de quien goza de herir al de al lado, ya no hay bondad a desplegar. Claro que entonces hay que concluir que la bondad ha de ser ciega y olvidadiza, porque si es leída y viajada, sabrá de la maliciosa afición humana, y recordará cómo se aprovechó del incauto bondadoso que ocupara sus tiempos en hacer feliz a los cercanos.

Ciega y desmemoriada, la bondad de las gentes es un alivio, un respiro.

Diario íntimo



Me alegra mucho oír de alguien, tenga la edad que tenga pero especialmente si es joven, que ha comenzado a escribir un Diario. Siempre denota una cercanía a la subjetividad, y una mirada a la luz interior, presagio del mejor viaje exterior. Muchos adultos cuentan que iniciaron su Diario en la adolescencia, aunque luego lo abandonaran. Pero al evocar sus coordenadas coinciden por lo común en que iniciar un Diario se debía a la necesidad de decir la verdad.
«Falsedad del diario íntimo. No dice toda la verdad. Es confidente del sufrimiento y no de la felicidad», dice Amiel, profesor ginebrino (1821-1881), hombre que pasó inadvertido, pero hoy considerado el inaugurador del género. «¡Ah!, cuántos sueños; es lo mejor que hay», así comienza el Diario de André Gide, y es cierto, cuando un joven empieza a escribir un diario lo hace sin saber nada de la vida, pero al decir del Premio Nobel brinca de impaciencia de arrojarse a ella, como a él mismo le sucede, incluso cuando años más tarde escribe Et nunc manet in te, más un breve suplemento a Si la semilla no muere titulado Diario íntimo.
Está también El Diario (1837-1861) de Henry Thoreau, comenzado a escribir a los veinte años, un auténtico soplo de aire fresco. Thoreau marchó a vivir en soledad a un bosque junto al lago Walden en Massachusetts, y de ese encuentro con el latir profundo del bosque, de la naturaleza, surge este Diario. De todas las cosas inexplicables y extrañas, dirá, llevar un diario es la más extraña, para sorprenderse de que «si hago un esfuerzo enorme por sacar a la luz mis bienes más íntimos, el mostrador aparece abarrotado con  materiales pobres y caseros».
Capaz o no del bien decir, capaz o no de transmitir los sueños, la impaciencia de arrojarse a la vida, la belleza, lo cierto es que un Diario muestra ese perenne deseo humano de hacer social lo íntimo. De fracasar cada vez mejor en el intento de nombrar la verdad.


Lo que permanece



Almacenamos en el archivo de nuestra memoria lo que ya no está. Como esa recua de tiendas o bares ya pechados. En ellos vivimos una parte de nuestras horas, y por razones ignotas no se van de ese archivo. Cada quien tiene su lista, en la mía ocupan lugar destacado Los Vikingos de la calle Valentín Calderón de Palencia, el Mariñeiro de La Seca-Cambados, la tienda de prensa y tebeos Morrondo en la calle Mayor palentina, o el colmado de Esti en Pedraza de Campos. Si bien ya cerrados, algo más difícil es que cierren en nuestros sueños, señal inequívoca de que los espacios que un día vivimos nunca se van de nuestro inconsciente, ese inquietante lugar que no quiere reconocer que el tiempo pasa.
Creo que era Bergson quien afirmaba algo así como que siempre era la parada lo que exigía una explicación, pero nunca el movimiento. Es cierto. Nunca pedimos explicaciones a lo que permanece, pero sin embargo sí que nos preguntamos ¿por qué habrá cerrado? Creo que eso puede dar un realce especial a los esfuerzos de los pequeños comercios, los pequeños bares, los pequeños periódicos, las pequeñas asociaciones, las pequeñas ciudades. ¿Cómo es que aún permanecen? Nadie lo sabe, constituyen el evento extraordinario cotidiano, la heroicidad silenciosa de gentes anónimas y sufridas, la lucha extenuante en la eternidad de un día.

De igual modo que nos quejamos de lo que nos falta, olvidándonos de lo que disponemos, así procedemos con lo que a duras penas permanece, paradójicamente sintiendo nostalgia cuando se cierra, a sabiendas de que tan sólo podemos desear lo que nos falta. Ocurre que no vendría mal percibir que eso que permanece a nuestro lado, esos bares mínimos en donde pasamos buenos momentos, esas tiendas cuyos propietarios saben nuestro nombre, esos periódicos históricos que leemos, esas pequeñísimas y heridas ciudades que habitamos, permanecen, claro que permanecen, pero no es seguro que un día no nos falten.

Piense en los demás



                  Una campaña de los años sesenta partía de ese lema,piense en los demás, reclamando respeto y consideración con el de al lado.
                  Hoy parecería una antigualla evocar formas, educación, urbanidad, cuando con las mejores maneras, el mejor semblante y la ropa más cara, personajes con cargo público han ido cometiendo variados delitos de porcentaje con exquisito refinamiento. El pensar en los demás referido a cuidar de no molestar con ruidos, o ceder el asiento en el autobús, ha dado paso en monsergas obvias acerca de lo inconveniente de apropiarse de fondos públicos que hubieran podido destinarse a hospitales, una vez que fueron deslegitimadas por ideológicas campañas éticas a lo Kant. Y menos a lo Spinoza.
                   En lo que todos parece que estamos de acuerdo es en que algo hay que hacer para poder viajar en un tren sin que el de al lado ose hablar a voces por su querido teléfono. Algo habría que hacer para poder correr por nuestros parques sin que un perro nos asalte o pasear tranquilamente sin pisar sus desperdicios. Algo convendría inventar para no tener que sufrir conversaciones de las otras mesas en un restaurante. Y algo cada día más insoportable para demasiada gente, el atroz espectáculo de niños y padres discutiendo en los escenarios públicos más variopintos, especialmente en esos momentos de remanso y paz donde la mayoría está leyendo un libro, y la llegada de un solo rapaz y sus dos avezados admiradores pone fin al concierto de vida interior que se estaba celebrando.
                  Un joven educado, que cede el paso, habla en voz baja, da intermitentes, calcula si puede perjudicar a alguien, pierde su tiempo en ayudar anónimamente, tiene en cuenta al otro y que no todo vale, y sobre todo, acepta por doloroso que sea para su ego, que finalmente los demás existen, sería un joven 

Robo



            De todos los robos que podemos perpetrarnos a lo largo de nuestra vida,  sin duda el peor es cuando nos robamos la alegría, la ilusión, el deseo.
                  Sartre decía de Jean Genet (en San Genet, comediante y mártir) que robaba alegremente. Decía de él que en un primer tiempo era un ladrón poético, un príncipe del mal. Pero quien nos roba nuestra alegría es un triste, que de ese modo, en la operación, trata de hacernos a todos iguales, los mismos en la tristitia. Es un príncipe de la tristeza. Para sacar adelante su operación arguye que ilusionarnos no sirve de nada, puesto que después viene la decepción, que tener deseos conduce al descontrol, por ello mejor ceñirnos a cubrir las necesidades, y también que mostrarnos alegres es ignorar que hay que tomarse las cosas con más seriedad, como si fueran incompatibles.
                  Siendo verdad lo que Benedetti dejó escrito en su poema, que hay que defender la alegría... también de la alegría, siendo verdad que ya sabemos que la ilusión es un trampantojo, y conociendo que los deseos nos perturban pues nos muestran lo mucho que nos falta, no es menos cierto que una vida vivida bajo la égida del reglamento y que expulsa el deseo (incontrolable), la alegría (desbordante), y la ilusión (engañosa) no es una vida sino sombría.
                   Ocurre que ladrones podemos llegar a ser todos en algún momento, si nos contagiamos de una atmósfera mortecina, repetitiva, aburrida, previsible, y así, nos parece normal robarles a los niños, por ejemplo privándoles de que pasen horas y horas jugando alegremente en la calle, como hicimos nosotros, o imponiéndoles el deseo de saber a base de notas y evaluaciones.
                  La atmósfera deseante debería de ser el hábitat natural de una ciudad, de una familia, de un colectivo cualquiera, de toda institución social. Una atmósfera creativa donde circulen el deseo, la alegría, la ilusión puede ser la mejor alarma social anti-robos.