domingo, 15 de enero de 2017

La hora de clase



            «Siempre que un profesor entra en el aula tiene que lidiar con su propia soledad, con un vacío de sentido entre cuyos límites se ve obligado a medir su propia palabra». Extraído de La hora de clase, libro de Massimo Recalcati (Anagrama, 2016), un libro que debe ser leído por los maestros inquietos tanto como por los padres que se formulan las buenas preguntas. Este libro está teniendo muy buena acogida entre quienes piensan la disyunción educación/enseñanza en términos de arrinconamiento de las cosas inútiles en nombre de la utilidad de lo competitivo.
            Es verdad lo que muestra en alguna de sus páginas, que el maestro puede conducirse como un profesor de deseo, o puede engrosar las filas de los maestros francamente aburridos, mortecinos, los que riñen una y otra vez, los que no aman lo que hacen. Es verdad que cada vez demandamos más toparnos con maestros que sepan mantener despiertos a sus alumnos, pues parece que finalmente comprendimos que no se trata de insistir en las competencias cognitivas ni en los forzamientos conductuales, sino en hablar dirigiéndonos al sujeto deseante que anida en cada alumno para despertar su curiosidad. Desear viajar por senderos nuevos se puede contagiar en los alumnos, provocando su despertar.
            Hay un momento muy delicioso en el libro, (bueno hay varios, como cuando trata la voz como un cuerpo, señalando la perspectiva del cuerpo real, no el imaginario ni el simbólico, esa voz tan singular de cada maestro y que vehicula un estilo propio e inconfundible), y muy actual. Hablar a las paredes es el lamento de muchos profesores. Sin embargo, lejos de la idea de que hay que caminar hacia la eficacia de la transmisión de la información, recuerda el autor a Lacan y su Hablo a las paredes, como demostración de algo estructural a toda enseñanza: siempre se pondrá en juego una imposibilidad, la de transmitir sin resto lo que se enseña, pues siempre habrá un residuo. De de ahí la soledad del maestro, a veces su desazón y no pocas veces su hartazgo, su idea de incomprensión, de hablar a las paredes, de no ser captado, de pensar que no sirve lo que hace.
            Enseñar es marcar una impronta, dejar una huella, no es clonar, no es reproducir fielmente la propia palabra, no es repetir como papagayos. De ahí el absurdo orgullo de los maestros que se saben copiados, y la certera desazón de los maestros que se sienten imitados. Sentirse solos no es retórico, es lo suyo.
Publicado en DIARIO PALENTINO el jueves día 12 de enero de 2017

Saber perder un año



            «¿Qué le debo al psicoanálisis? Haber aprendido a saber perder. ¿Qué es la vida para el que no sabe perder? Pero saber perder es siempre no identificarse con lo perdido. Saber perder sin estar derrotado. Le debo al psicoanálisis entender la vida como un desafío en el que uno no puede sentirse víctima; en definitiva, el psicoanálisis me ha enseñado que uno debe entregarse durante toda una vida a una tarea imposible: aceptar las consecuencias imprevisibles de lo que uno elige». Estas sabias palabras de mi colega y compañero Jorge Alemán, escritor y psicoanalista, vienen muy bien a la hora de despedir un año, al darnos cuenta de que perdemos un año que vivimos intensamente.
            Perdemos 2016, un año convulso. Inolvidable para muchos, entre los que me encuentro. Perdemos un tiempo que ya no volverá, y quienes somos nostálgicos cero, no nos regodeamos en los recuerdos de estos doce meses, porque no identificarse con lo perdido es eso, no quedarse en el tiempo pasado, no vivir abrumados por la derrota del tiempo que siempre acaba venciendo, sino acometer esa tarea imposible de la que habla Jorge Alemán: mirar hacia delante para seguir eligiendo, y aceptar las consecuencias de cada una de nuestras elecciones.
            Pero una pregunta no pasa desapercibida: ¿qué es la vida para el que no sabe perder? Doy mi opinión, que no sé si será la del lector. Pues el que no sabe perder, nunca felicitará al ganador; el que no sabe perder, se quedará anclado en el tiempo atrás, en su pasado, negándose a reconocer que la vida puede entenderse mirando hacia atrás pero se vive hacia delante; el que no sabe perder, navega en el enfrentamiento constante con los otros con quienes rivaliza eternamente; el que no sabe perder, lo quiere todo, y acumula todo, pero no disfruta de nada porque lo suyo es acaparar contra otro, no compartir con otros; el que no sabe perder, entrega su vida inútilmente a una sucesión de conquistas de objetos y luego a que no se pierdan o los disfrute otro; el que no sabe perder, no sabe que está perdido de antemano.
            Y saber perder sin estar derrotado significa que actuar de víctima o andar la senda sacrificial será gozosamente melancólico, pero es señal de una ingente cobardía, el anverso de la actitud valiente de quien acepta que a diario puede aprender a fracasar de la buena manera. Con todo, lo peor siempre será retroceder frente al deseo.
           
   Publicado en DIARIO PALENTINO el jueves 29 de diciembre de 2016         
             


Conferencia Inaugural del Ateneo de Palencia



"De 1876 a 2016: el deseo decidido de fundar"

(foto de Toño Pariente, entrego previamente mi conferencia al socio fundador más longevo, 91 años, don José Silva, ingeniero químico e industrial palentino, Ferretería SILVA)

http://ateneodepalencia.com/conferencia-inaugural-de-fernando-m-aduriz



CONFERENCIA INAUGURAL DEL ATENEO DE PALENCIA 10 de diciembre de 2016

Volver a nacer es una expresión al uso. La referimos cuando salimos de un gran susto, o de un impasse en nuestra vida. Amanece que no es poco esa película de culto tiene un momento memorable. “Tú eres necesario, los demás son contingentes”, en referencia al gran Faulkner, divide las aguas entre quienes portan anécdota y quienes son básicos. Me voy a referir a los aquí presentes, pero también a la memoria de quienes ya no están, y a los palentinos en la diáspora que nos están siguiendo en streaming desde ciudades tan dispersas como Baltimore o Noruega o París, mi emocionado recuerdo y saludo a todos ellos, porque son nuestros necesarios, y la contingencia de que laboran fuera de la calle mayor no impide que hoy con el Ateneo que vuelve a nacer estemos más unidos que nunca.

     Decía Jacques Lacan, el genial psicoanalista francés, que “toda carta llega a su destino”. Básicamente porque el auténtico destinatario de toda carta es uno mismo. Pero también porque toda carta halla tarde o temprano destinatario aun cuando el remitente tuviera otra intención. También es una carta lo que Teófilo Ortega, el último secretario del Ateneo de Palencia de 1926 envía a Diario Palentino, y hoy, en 2016, palentinos que amamos Palencia como él, leemos. Es la carta de no dejar caer un Ateneo. Hemos tenido un pequeño retraso de 90 años en la lectura de esa carta. Pero aquí estamos.

     Y ¿qué le pasaba a aquel Ateneo de 1926?, ¿por qué no siguió?, pues conocemos poco de aquello porque el Ateneo que se funda en 1876 por Ricardo Becerro de Bengoa tenía un archivo que se ha perdido. De suerte que lo que conocemos se lo debemos al esfuerzo, interés y buena investigación de nuestro socio fundador, e historiador y editor, José Luis Sánchez.

    Su libro, hoy agotado, que tituló El Ateneo de Palencia, escrito hace 27 años resume lo que aparece en los periódicos de la época. Que en Palencia había en 1876 14.000 habitantes, que se habían fundado ya los Ateneos de Madrid, (1835), de León (1856), y que el de Palencia se funda en 1876, muy cercano y sostenido en etapas diversas por la Asociación Económica de Amigos del País. Con desigual vida hubo entonces tres etapas, 1877, 1908 y 1924, tres momentos de la vida del Ateneo. Vamos a por el cuarto, si se quiere. La mayoría de los ateneístas eran o miembros de la administración o profesionales liberales.

     Ocupaba unos caserones donde hoy se encuentra el edificio de Hacienda. Disponía de una Revista. Hemos sabido estos días de la iniciativa de la Biblioteca Pública palentina de la compra de la versión digital de los ejemplares de esa Revista que pertenecen a la Biblioteca Nacional, y que según nuestra Biblioteca tendrá gran valor para conocer la vida local de la Palencia del último cuarto del siglo XIX.
Aquellos primeros comienzos sirvieron para que Palencia conociera la presencia de Unamuno, Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala y Valle-Inclán, intelectuales que vinieron a dar conferencias. La idea de los fundadores del Ateneo de Palencia era agitar la vida intelectual, preocupándose por los niveles de alfabetización, impartiendo ellos mismos decenas de conferencias, contribuyendo a crear la Biblioteca Pública, La Escuela de Artes Aplicadas y Oficios y el Observatorio Meteorológico.

     Aquellos ateneístas tenían una media de edad de entre 25 y 40 años. Muy jóvenes para hoy. Fueron en cada época en torno a un número de ateneístas palentinos de 200, cuanto más en febrero de 1877, que llegaron a ser 243. Que en 2016 ya seamos 251, cuando aún no tenemos ni sede, demuestra lo certero de la expresión deseo decidido.

     Deseo dubitativo es el reverso de deseo decidido. Que desde la primera de nuestras reuniones, el 29 de septiembre de 2016, en el Congreso de los Diputados invitados por Miguel Ángel Paniagua, tanto Javier Cantera como Ion Antolín no dudaran un segundo, y que la incorporación una hora más tarde de Aída Acítores, nos deparara su rapidez para visualizar que podríamos fundarlo precisamente hoy, 140 años justos de la primera fundación demuestra deseo y decidido. En 1876, Ricardo Becerro de Bengoa escribe en la Revista Quincenal: “Consideramos que será para siempre una fecha memorable la del 10 de diciembre de 1876, en cuyo día quedó fundada nuestra Asociación científica, literaria y artística. Así lo ha entendido el vecindario que unánime muestra su satisfacción al tratarse del ATENEO, y así nos lo repiten los amigos y los hijos de esta ciudad, ausentes, que desde lejos envían sus parabienes por medio de lacónicos y calurosos telegramas y de entusiastas cartas”. Hoy se cumplen 140 años de aquel 10 de diciembre. Pero Ricardo Becerro de Bengoa no era la primera vez que trataba de fundar un Ateneo. (Como nosotros cuando leemos el libro de José Luis Sánchez, prestado por nuestro amigo Albano de Juan, siempre pensamos en que un Ateneo era una gran cosa.) “Cuantas veces, desde hace algunos años, tratamos de instalar y asentar aquí sobre bases seguras ese centro de cultura, tan acariciado en los pueblos civilizados, se nos contestaba con la triste e impotente afirmación de que no estaba Palencia preparada para sostener las exigencias de la vida de un ATENEO.”

     Asentar sobre bases seguras. No hay mejor base que el deseo decidido. Una institución con deseo puede subsistir, una Institución con burocracia mata el deseo.

     Continúa RBB: “Si Palencia no animaba los elementos que tenía en su seno debiera irse muriendo poco a poco, al perder de día en día su actividad y sus esperanzas...” Esas palabras de 1877 son las mismas que nos animan hoy a todos nosotros en 2016. No perder actividad y sobre todo no perder la ilusión de que las cosas van a ir a mejor. Este rayo de esperanza, de ilusión de cambio le hemos escuchado estos dos meses desde aquel 29 de septiembre madrileño en el Ateneo de Madrid: hemos visto brillar los ojos de los más jóvenes cuando les hemos convocado a esta empresa de refundar el Ateneo, lo hemos visto en las lágrimas de las personas mayores, en la humildad de tantos palentinos que han declinado en primera instancia la oferta de sumarse a la fundación porque no se sentían preparados intelectualmente, ignorando así que el saber es una construcción social y colectiva, y que nadie es más que nadie, puesto que todos somos contingentes si no nos hacemos los necesarios.
RBB finalmente da con las palabras clave: “Era necesaria una violenta sacudida de la energía intelectual para fomentar el espíritu de asociación”. Había afirmado líneas arriba que el aislamiento individual no había producido jamás nada bueno, nada útil ni nada honroso. Es nuestra idea fundacional de 2016: en la época que nos toca, el goce individualista comanda la operación y al vida de las gentes, es necesaria una sacudida de apuesta por el asociacionismo, por el lazo social, por el entre-todos, sin el borramiento de las diferencias individuales, sin cerrar la singularidad subjetiva de cada uno de nosotros, cada uno con su síntoma, cada loco con su tema, (¡todos locos!), pero asegurándonos de que nadie quiera imitar la locura del de al lado (genialidad que escuché a Jacques-Alain Miller), la vida de goce encerrado, de cultivo de jardín a lo Rousseau, de incomunicación, de relación particular con los objetos, ha hecho crecer como nunca en la historia, y seguirá, el aislamiento individual que denunciaba RBB, la enfermedad del amor propio. Frente a ese cuerpo doctrinal del individualismo, nuestra apuesta de 2016 por un ATENEO, es la apuesta por Nada sin amigos; por no retroceder por la aparición tarde o temprano de las pasiones fundamentales del ser, el amor, el odio, la ignorancia, que visitan toda Institución y que producen crisis, fracturas, encontronazos, rivalidades imaginarias; la apuesta por el crecimiento común, por lo común; por los proyectos sociales, por los proyectos científicos que ayuden; por la vida artística que haga más humana la convivencia, y más bella la vida.

     Una ciudad con ATENEO será más amorosa, menos hostil, menos bronca, más amorosa, más de la lógica femenina del ser, del desarrollar el ser y el espíritu, que de la lógica masculina del tener, que aburre con su exhibición de dominio.

     Un acto de fundar incorpora una transformación. Al salir de este Paraninfo no seremos ya los mismos. Un acto no es una acción más de las muchas que hacemos cada día. Un acto tiene la estructura del Alea jacta est. De ya nada es igual. Un acto de fundar es una losa y una enorme responsabilidad para los fundadores: de ahí la enorme alegría de saber que somos 251 a repartirnos esta losa. Responderemos de este Acto entre todos, somos todos responsables de este desastre, que se va a llevar por delante buena parte del tiempo que dedicábamos a nuestra vida personal, de este Paraninfo y de las ciudades de los palentinos en diáspora, hoy en directo por nuestra web, saldrán los futuros presidentes y directores de Sección y miembros de las Juntas de los próximos años. Si nuestra empresa naufraga, todos seremos responsables. Si nuestra Empresa navega sin miedo durante todo nuestro siglo XXI, todos podremos decir, yo estuve allí en el Paraninfo, en directo o en streaming, yo, junto a otros muchos fundé el Ateneo de 2016.

    Dentro de no tanto muchos de nosotros ya estaremos amortizados.
     Pero los más jóvenes presentes, dentro de cincuenta años aún recuerden este día, y quizá puedan decir a los socios de entonces, que una vez allá por 2016, una inmensa minoría de palentinos dijeron que 90 años eran más que suficientes para no responder a la carta de Teófilo Ortega. Y que en 2016 un puñado dijeron no pasarán, no pasarán aquellos que pretendan echar a dormir a la ciudad que tuvo Ateneo en 1876, Universidad en 1233, vapor en 1860 y AVE en 2015.

    La quinta del Paraninfo será historiada y recordada como un puñado de sólo 251 mujeres y hombres jóvenes, jóvenes de diferentes edades, que una mañana de diciembre se confabularon para su particular “No pasarán”. No pasarán los agoreros que han decidido la muerte de las pequeñas ciudades, ciudades que se les quedan pequeñas (para sus egos). Puñado de gentes inclasificables, procedentes de todas las corrientes ideológicas, plurales, diversos, pero reunidos bajo un mínimo objetivo común: no estarse quietos, gente peleona por su ciudad, por atraer a quienes hacen pensar o soñar.

     Y se reunieron en un Paraninfo del Instituto más antiguo, donde diera clases Becerro de Bengoa, (cuyo sobrino nieto es socio fundador hoy), y Casilda Ordoñez, (cuya hija preside hoy nuestro Ateneo) y Esperanza Ortega (hija del último secretario del Ateneo de 1926, y socia fundadora hoy), y Jesús Coria, (actual director de este Instituto y socio fundador hoy) por señalar sólo cuatro profesores de distintas épocas de este Instituto, en un Paraninfo emblemático de la ciudad en la que los 251 nacieron o trabajaron o la adoptaron como propia, pero a la que entre todos la amaron para que ella sola no muriera, para que volviera a nacer un Ateneo que nunca debió perecer. Hoy hacemos nacer (como quinta desigual, deslocalizable, inclasificable, la quinta del Paraninfo, que incomprensiblemente para los tiempos de la enfermedad del éxito y del amor propio, no quiere ningún ápice de protagonismo, ni va a ensalzar el culto a la personalidad de ningún líder carismático, sino que va a fundar un Ateneo que tenga como ley ser una institución no jerárquica y con el saber disperso, no totalizado en nadie, como corresponde a la estructura de ideas del siglo XXI, con la soberanía compartida al máximo, enunciando el nosotros para todo), en nuestro particular Fuenteovejuna, todos a una, hacemos nacer y fundamos entre todos, y uno por uno, un Ateneo que desde ahora podrá decirse que es el símbolo de la lucha de una ciudad pequeña, el espíritu de quienes a lo largo de su historia no se han rendido como esa aldea de Asterix, resistentes y sitiados, pero apoyados desde el exterior por la artillería de la Palencia de la diáspora. Palentinos que están también en esta quinta del Paraninfo, desde los lugares más recónditos soñando este sueño romántico de perseguir un ideal inalcanzable, pero soñable.

    Dentro de sesenta años, si se mantiene esta efemérides y cada 10 de diciembre conmemoramos la fundación del Ateneo, ya habrá cumplido desde 1876, doscientos años de vida, y entonces, quizá, alguno de los más jóvenes presentes... pueda decir que fue uno de los que se confabuló frente al miedo y la indolencia, apostó por el deseo de compartir con el de al lado lo poco (o mucho) que iban sabiendo, sus lecturas, y sus escritos, su arte, su ir pasando las horas..., y formando parte de una quinta, repleta de gentes de todas las generaciones, abuelos y nietos, amigos y colegas, compañeros en otros grupos y asociaciones, vecinos y trabajadores, profesionales y currantes, se armaron de razones y fueron llegando al Paraninfo. Un puñado desigual en todo, pero igual en algo: quisieron emular a los primeros ateneístas y decidieron agitar la vida intelectual de su ciudad. Quizá al mirar a los ojos a uno de estos jóvenes veinteañeros presentes veamos esa inmensa minoría de la que hablaba Juan Ramón Jiménez, la inmensa minoría que fundó el Ateneo de 1876, que trató de sostenerlo en 1926, y que noventa años más tarde logra recuperarlo para su ciudad.

     Enhorabuena a todos y cada uno de nosotros, y larga vida al Ateneo Científico, Literario y Artístico de la ciudad de Palencia. Muchas gracias. 



miércoles, 23 de noviembre de 2016

Sin un tema que nos consuma


           
            Sin un tema que nos consuma se entra automáticamente en la decoración.
            Esas palabras de Francis Bacon (1909-1992) referidas a la pintura sirven para otras muchas áreas de nuestra vida.
            El pintor vivió consumido por su pregunta acerca del cuerpo, su fragmentación, su falsa unidad, por la dislocación de la imagen del cuerpo. Su experimentación acerca de su propio cuerpo, ese episodio de su vida en que se vestía con las ropas de su madre, obteniendo la expulsión del hogar por parte de su padre, ese asunto que le consumió es el paradigma de un creador, de un artista que busca. Desde luego si observamos su pintura colegimos que su fuerza erótica no se coloca del lado del deseo sino claramente del lado del goce, dimensión que consume, claro. Frenar el goce, mortífero, detenerse es posible para el artista cuando finaliza su obra. Ocurre que ninguna obra plasma del todo lo que buscaba el artista. Y si hay un fuego interior que consume, se vuelve a intentar, para volver a fallar a la buena manera.
            Pero entrar automáticamente en la decoración es la buena metáfora para explicar cómo un discurso puede entrar y quedar reducido a un conjunto de obviedades, a un recetario de simplezas como a lo largo de los años hemos visto reducirse, v. gr.,  el discurso de la psicología.
            Y así pudiera decirse de la vida cultural de las ciudades, reducida a las programaciones  y a las burocracias culturales, y a los edificios que las albergan, confundiendo así la cultura con los despachos, el arte con los museos, la chispa creadora con el desorden, y al artista con un chiflado.       Y así los estudiantes, que ya no leen, están convencidos de que estudiar es superar exámenes, tanto como un universitario renuncia a seguir estudiando desde el momento en que obtiene un título en la fábrica de expedir títulos en que fue convirtiéndose la Universidad.
            Cuando Bacon habla del cuadro de Velázquez, Retrato del Papa Inocencio X, (1650), dice que lo hace «antes de que el hombre se dé cuenta de que es un accidente sin sentido». Un tema nos consume cuando no se agota en el sentido, y mucho menos en el common sense, sino precisamente cuando su sin-sentido nos empuja a fallar mejor, a fracasar a la buena manera.
Publicado en DIARIO PALENTINO el jueves 27 de octubre de 2016.

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viernes, 4 de noviembre de 2016

CUENTO


La ciudad dormida que no recordaba sus sueños cuando iba al psicoanalista

Cuento para el II Maraton de Cuentos de la Biblioteca Pública de Palencia, 4 de noviembre de 2016.


         Las ciudades comenzaron a ir al psicoanalista. Había llegado un tiempo en el que se veía bien que durante una temporada al hacer algún síntoma, visitaran a un psicoanalista, y tras un pequeño tiempo de entrevistas cara a cara, un buen día, cuando ya podían empezar a leer solas su propio inconsciente, el psicoanalista las invitaba a tumbarse en el diván y comenzaban a expresar poco a poco sus temores, sus síntomas más conocidos, a hablar consigo mismas, a desahogarse, a quejarse de las ciudades de al lado que recibían más cariño, a desear deshermanarse con alguna que era demasiado posesiva y vanidosa. Hasta ahí todo normal, el análisis de estas ciudades era tan normal como el análisis de un sujeto individual.
         Para representar a la ciudad se escogía a una persona media, normal, la que mejor podía expresar en palabras la auténtica esencia de una ciudad concreta. En algunas ocasiones iba el propio Alcalde, en otras un probo juez muy conocido, en otras un funcionario de Hacienda muy colaborador, en algunas el director del periódico local, y otras ciudades tenían por norma enviar cada año al psicoanalista al dueño del bar más concurrido pues se pensaba que conocía muy bien las conversaciones de todos, lo que soñaban, de lo que se quejaban. Una ciudad en concreto envió un buen día al taxista más veterano. 
         A base de años, Ignacio había acumulado un saber muy preciso acerca de su ciudad. La suma de tantas charlas breves en sus carreras con el coche, por su pequeña ciudad, le había proporcionado un innumerable tesoro de confidencias que le hacían depositario del acervo medio de su ciudad. Ignacio sabía de lo que su ciudad hacía síntoma. Además Ignacio era un gran experto en podcast, y un gran lector. Se sabía de memoria el famoso artículo de Virginia Woolf, “Horas en una biblioteca”, especialmente esas conocidas líneas que quien más o quien menos habían servido para dar la brasa a su psicoanalista: «Por otra parte, un lector ha de poner coto al deseo de aprender ya desde el comienzo; si el saber se le pega, excelente, pero ir en busca del saber, leer de acuerdo con un sistema, convertirse en especialista, o en una autoridad, es algo que tiene todas las trazas de acabar con lo que preferimos considerar como una pasión más humana, una pasión (y aquí viene la frase) por la lectura pura y desinteresada»
         Así pues, Ignacio, comisionado por la ciudad, se dirigió a la consulta del psicoanalista una apacible tarde de verano, y tras una breve espera en una sala repleta de revistas lacanianas, pasó sin nervios, con aplomo de ser él mismo un poco psicoanalista en tanto taxista que escucha a narrar los síntomas de la ciudad que le enviaba. Cuando le preguntó el joven psicoanalista, con pinta de deportista, por la causa de su visita, fue lacónico: mi ciudad ha sido votada como la ciudad más triste de España. Y aunque lo hemos negado todos en los medios, y nos hemos convencido de que es falso, ha quedado grabado a sangre y fuego en nuestra alma de ciudad otrora alegre y faldicorta. Y desplegó los elementos de esa la tristeza que embargaba a su bella y desconocida ciudad. La genta no tenía mucha ilusión, la ciudad conmemoraba batallas y hechos acaecidos hace ya muchos años, elogiando el brillante pasado para ocultar su pessoano desasosiego presente y su muy incierto futuro. La ciudad recordaba muchas imágenes y fotos del pasado, de hecho sólo se publicaban libros de fotos del pasado, de calles del pasado, de escritores del pasado. Una ciudad que discutía absurda y acaloradamente acerca de los nombres que tuvieron sus calles o por la imprecisión de un dato que había aparecido en la prensa. Apenas se instalaban nuevos negocios, más bien paulatinamente se cerraban muchos comercios, y la gente envejecía. Envejecía eso si, lentamente, día a día, minuto a minuto, lo que hacía, decía Ignacio, más tedioso el vivir. Además el dinero estaba en un sitio llamado Caja de Ahorros y no invertido en nuevas empresas, con lo que el intercambio de objetos, que tanto gustaba antaño al menos, gastar, ya no apetecía, se prefería ahorrar. Y a muchas personas las llamaban cenaoscuras, pues, tal era su pasión por el ahorro, que incluso limitaban el consumo de la luz a la hora de la cena. Además las costumbres sexuales que antaño hablaban de mucha fogosidad en la cosa había decaído hasta extremos tan alarmantes que era una práctica que se consideraba de los más pequeños, cada vez más pequeños, a quienes se vigilaba estrictamente para prohibir tales gustos, mientras que los más mayores ya hacía tiempo que no tenían esa costumbre, tenían otras con las que gozaban más, especialmente, decía el taxista Ignacio, gozaban de hablar mal del de al lado, de, vamos lo que se suele decir, ponerlo verde.
         Desprestigiar al otro, especialmente al que deseaba moverse un poco en cualquier ámbito de la vida de una ciudad era el gran placer de la mayoría de los habitantes de esa ciudad. Con esa satisfacción, hacer un traje lo llamaban, tenían bien cubierta su satisfacción sexual, ese era su gran goce, a lo que se dedicaban con fruición. 
         Y el taxista decía que había grandes especialistas en la materia. 
         Claro, con esos mimbres, decía, la ciudad se había ido volviendo sombría. Ya casi nadie quería dedicarse a casi nada colectivo. Dejaron de celebrarse los Maratones de Cuentos de la Biblioteca Pública, pues nadie quería contar cuentos. Pues toda la ciudad era una gran habladuría, un gran maratón de cuentos, de rumores, de infundios cada día, un Maraton generalizado, pero de realidad inventada. La ciudad había entristecido, había demasiados odios recocidos a fuego lento, tipo claustro de profesores, y en definitiva, decía nuestro taxista, sólo escuchaba dimes y diretes, fulanitos y menganitos, y un “no se lo cuentes a nadie” tan generalizado que ya nadie confiaba en que se pudiera contar nada, de hecho como nadie hacía nada, tampoco quedaba ya mucho que contar. Decía Ignacio al psicoanalista que él pensaba que como casi nadie tenía vida propia, la vida de los otros, meterse en la vida de los otros, era casi obligado para vivir al menos un poco alguna vida.
         Y ahí venía el síntoma princeps de la ciudad, por lo que esta vez acudía al psicoanalista. No quedando ya nada que contarse unos a otros, resultó que de pronto ya nadie recordaba lo que había soñado la noche anterior. La tristeza de la ciudad la había hecho ciudad anestesiada, o mejor dicho, ciudad dormida. Y si alguien padecía de insomnio, lejos de acudir al psicoanalista para desentrañarlo, se chutaba con un hiperdormilón-grageas, que además impedía tener ni sueños ni pesadillas. 
Pero Ignacio sabía que la ciudad, como todas las ciudades, dormía y soñaba como todos sus habitantes, cuatro sueños cada noche, en color, una trama rápida, que en pocas imágenes recordaba que el soñante estaba vivo porque deseaba cosas. Pero ahora la ciudad no recordaba esos sus sueños. Era un grave problema. ¿Qué soñaba la ciudad? ¿Con crecer al otro lado del río, con construir un gran parque, con que venía Mister Marshall y dejaba una lluvia de inversiones, con sumergir el ferrocarril, con que no se cerraba tal o cual fábrica, con que el equipo de futbol subía de categoría, con unas fiestas alegres sin aburridos espectadores del jolgorio de unos pocos, con un gran certamen anual de algo como esa ciudad vecina? Nada, decía Ignacio, la ciudad no soñaba nada. O al menos él era incapaz de decir con qué soñaba la ciudad en la que laboraba con su taxi concurrido de gentes que antaño contaban sueños.
         Los sueños parecían haberse volatilizado. Y si los sueños representan el latir de una ciudad, mucho se temía Ignacio que su ciudad, (la que le había encargado acudir al psicoanalista a tumbarse en un diván y ver qué se podía hacer con ese síntoma de tristeza que invadía las calles, otrora ruidosas y bulliciosas con el trajín del ir y venir de la chiquillada, ahora enfrascada en la pantalla, que ya no jugaba en la calle a pico zorro y zaina, sino con juegos en red junto a chinos que conquistaban ciudades) mucho miedo le daba que su ciudad apareciera horonda, pagada de sí misma, encantada de haberse conocido, sin falta alguna, creyendo ser la mejor ciudad del mundo y despreciativa de esa encuesta que la situaba como la más triste de España. No es que estuviera triste, simplemente es que, le decían sus clientes, la ciudad siempre ha sido muy sobria, muy poco dada a excesos, muy cumplidora del deber kantiano.
         Pero un buen día Ignacio llevó a sesión un sueño, al menos uno, que había comenzado a escuchar en su taxi. El sueño tenía dos partes. En la primera un poco compleja, una niña vociferaba en la plaza más grande la ciudad. Era una niña sacada de una estatua de la ciudad, que embelesada mirando la cara de su maestro que con un libro en la mano la daba clase de algo, sentía un amor de repente por su maestro, y se enamoraba perdidamente de él, y le seguía cuando salía del colegio, y llegaba hasta su casa, y se quedaba mirando hacia el piso donde junto a su familia, vivía su admirado maestro. Y triste de nuevo caminaba hacia otro lugar, sola, cabizbaja, pero con esa sonrisa que tienen las niñas cuando están enamoradas, una cosa que sucede unos fugaces días en la infancia de una niña. 
Ignacio le preguntó al psicoanalista si esa primera parte del sueño que tanta gente comenzaba a tener en la ciudad quería decir que algo iba a cambiar. Al no obtener sino silencio del psicoanalista, de pronto exclamó: “ya sé, la niña representa el amor por el saber, el respeto por los que enseñan, el silencio ante la maledicencia, el candor de la bondad”. Sólo un ¡hum! obtuvo de los labios del psicoanalista, porque ya se sabe, los psicoanalistas guardan silencio, demasiado a veces. 

Sin embargo, el psicoanalista, para sus adentros, avanzó lo que ese sueño decía entre líneas, o mejor dicho, el reverso de ese sueño: todo el sueño parecía construido para esconder algo, la angustia de esa niña que como en el puente del cuadro Munch parecía venir para evocar las palabras del pintor noruego: «Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho. (…) Yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza.» Era 1893, y desde entonces la angustia se representa con ese cuadro de esa niña que vocifera un grito silencioso. El grito silencioso de las ciudades dormidas que no recuerdan lo que sueñan.

         Pero la segunda parte del sueño, del sueño que por fin la ciudad dormida recordaba, era lo que más había impresionado al taxista seleccionado para ir al diván. En esta segunda parte el sueño era muy breve, pues sólo se veía una imagen: “una multitud de gentes de la ciudad entraban en las bibliotecas, y allí leían y leían, y escribían, y escribían, y tuvieron que aumentarse los recursos, las personas que daban libros y aconsejaban lecturas. Y en los bares se veía gentes leyendo. Y en el autobús se veía más gente leyendo que en el Metro de París, que ya es decir. Y en los recreos los chicos leían libros aprovechando la media hora de descanso, y en los parques se instalaron improvisadas estanterías de madera que contenían libros usados que se intercambiaban, y se abrían tantas librerías en las calles que los bares se reducían en idéntica proporción. Era un sueño como el cuadro de La lectora sumisa, de Magritte, repetido una y otra vez en cada esquina de la ciudad”. 
Ignacio, el taxista, al narrar este sueño de pronto quedó en silencio. Un buen rato. El psicoanalista no se inquietó, pues solía ser normal que al contarle un sueño su analizante entrara en un profundo silencio que advertía de que algo iba a pasar, un silencio taceo, es decir, un silencio elocuente. 
         Ignacio recuperó por un instante el habla para avanzar su interpretación. Su ciudad se había vuelto loca, prefería leer a cotillear. De qué le hablarían desde ahora sus clientes, ¿de Foucault, de Blanchot, de Gamoneda, de Murakami…? ¿Ya nunca más de la que se van a pegar esos que quieren montar no sé qué cosa? Ahora entendía la razón por la que su ciudad no recordaba sus sueños. Sus sueños eran una impostura, prefería no recordarlos, la agitarían, mejor seguir durmiendo sin recordar sueños, mejor leer las intenciones malvadas del vecino de al lado, y mejor niñas que no se enamoren de su sabio maestro.
         Pese a todo, Ignacio decidió al salir de la sesión, promover que en los taxis, hubiera un gran cartel, con una sugerencia escrita: lleve algún libro y déjelo en mi taxi, y puede tomar prestado un tiempo el del viajero anterior. 
         Esa noche, dos enamorados paseando por una plaza, observaron una escena enigmática. Un taxista, iphone en mano, lágrima a punto, buscaba el mejor ángulo para robar una foto clandestina. Era Ignacio, de pie frente a la estatua de la niña eternamente esculpida, que embelesada miraba directa a los ojos del maestro que enseña.