jueves, 6 de diciembre de 2007

Diálogo con un abogado


He defendido a un querulante, cuenta un abogado, uno de los mejores. ¿Qué le puede contestar un psicoanalista? Imaginemos un encuentro entre un abogado y un psicoanalista con la sombra del querulante cerca.

El abogado dirá, mejor que este hombre hubiera visitado al psicoanalista, antes que toparse una y otra vez con los vericuetos de sus propios límites. Así, hubiera tenido quizá la oportunidad de desplegar el sentido de su queja frente a la humanidad. O al menos de inventar algún bricolage para no toparse con lo peor: su interpretación delirante del mundo.

Porque un querulante, es decir, un sujeto que ha hecho del pleito su razón de vida, que sin saberlo conscientemente busca su propia ruina, social y económica, que ha denunciado a todo lo que se mueve, sobre todo si tiene cargo público, que reclama de todos, y de todo, el sujeto litigante, tarde o temprano, moverá su escopeta hacia su propio abogado. Porque ya no le quedan abogados, puesto que les ha ido desesperando uno a uno. Y el propio abogado es una buena pieza a cobrarse en la construcción de su delirio explicativo del mundo.

El abogado está en la trama para perjudicarle, se dirá el querulante cotidiano, ese que encontramos a diario.

Y si el abogado es bueno, mejor para el litigante. Porque se podrá pasear después su cadáver por la plaza pública. De ese modo, la mirada del Otro social, la opinión pública verá la figura del que ha ideado la gran trama para perjudicar al cliente que él es, y sabrá cómo se las gasta. ¡A ver ahora quién se osa enfrentar al susodicho! Es un ardid defensivo, que dura un tiempo y que tiene efectos de estabilización y de apaciguamiento. Por un tiempo.

La paranoia querulans es fácil de reconocer en la clínica, pero difícil de visualizar en los juzgados, y en el despacho del abogado. Porque, salvo que el querulante sea muy grave, y quiera denunciar al Rey o al Presidente del Gobierno o a figuras así, que salta a la vista, el querulante sin desencadenar, el querulante ordinario inicia pleitos que tienen el semblante de ser pleitos lógicos. No hay que olvidar la lógica y el rigor del psicótico en su polo más paranoico, que puede ser absolutamente contundente y estar muy bien disfrazado y reconocido en la vida social, incluso haber ocupado cargos públicos. Ese es su peligro.

Sin embargo hay pistas: la integral de la queja del querulante es la ausencia de reconocimiento del Otro, la falta de reconocimiento de lo que él ha hecho por los otros, y lo mucho que le han quitado, unos y otros, que además tienen intereses parecidos o pertenecen al mismo conjunto. Otra pista: el querulante no paga honorarios, aplaza, a la espera de que los auténticos responsables lo hagan, cosa que nunca sucede puesto que nadie puede responder, puesto que ese es un lugar vacío por definición, a la par que fruto del delirio querulante.

Si el buen abogado, no temeroso de enfrentarse a los poderosos, que siempre está en la ‘guerra’ en los juzgados, escucha al querulante y no le cobra nada desde el primer minuto, sienta las bases para que el retorno de su caridad sea el odio.

Las sociedades de normas de lenguaje más estrictas dan como patología verdaderas epidemias de tristeza, de melancolía, de sujetos que cumplen las normas, pero que pierden el deseo alegre y el atractivo del riesgo, por temor a no cumplir. Las sociedades que amplían los límites de las normas de lenguaje encuentran más sujetos con discursos más desorientados, sin puntos de detención.

Y sociedades, y épocas históricas, más proclives a la reclamación permanente de derechos, son el caldo de cultivo de los litigantes, de los querulantes, quejosos de que ha sido pisoteada su dignidad, a veces con la razón que da el haber sido fruto de alguna injusticia.

Si muchos abogados dicen ser a la vez psicólogos con sus clientes, es porque no hay actividad judicial que no movilice no sólo lo privado o lo público de nuestro ser, sino precisamente lo más ignoto, la intimidad. Por eso lo que al gran abogado nunca le perdonará el gran querulante es no haber sabido taponar a tiempo su construcción delirante, y al contrario, haber sido embaucado en la misma, como personaje impotente para vencer a sus contrarios. De suerte que, y si además nunca le reclamó honorarios, la única salida interpretativa que le queda es pensar que él también forma parte de la confabulación para perjudicarle.

El mejor abogado, el vecino ilustrado, el lector de Hegel y de Kierkergaard, incluso lector de seguro de los grandes penalistas tipo Claus Roxin, sabe entonces que no ha logrado defender al querulante de su principal enemigo: él mismo, y su empuje a la creatividad delirante.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Qué tratamiento puede darse a un querulante que no se reconoce a sí mismo como tal? Tengo una persona muy cercana con este problema que está haciendo la vida imposible a 80 familiares en ls Juzgados. ¿Qué me aconseja?. Saludos y gracias por su atención

FMA dijo...

Lo primero que podemos hacer por un querulante es saber que su estructura no le permite reconocerse como tal pues el saber está de su lado al igual que la certeza. Sólo nos resta alejarnos de él tratando de que no lo interprete como un mensaje hostil, sino como la apertura al único camino que le resta, el de su soledad.
No hay posibilidad de tratamiento psicoanalítico alguno. El primer paso que se requeriría sería justamente la subjetivación del síntoma. GRACIAS por su comentario,
FMA

Anónimo dijo...

¿Me deja sin solución posible ante un problema psiquiátrico? Me resisto a aceptarlo. Le propongo alguna alternativa legal de sentido común, no sé si factible: ¿pdríamos sus hermanos solicitar su inhabilitación para cualquier actuación en los juzgados, nombrando entre sus hermanos (está soltero y es ya maduro, de mediana edad) un tutor consensuado?. Él podría continuar trabajando con normalidad. Tiene multiples juicios abiertos y todo asunto familiar de herencias varias lo paraliza. Es sus obsesión principal, entre otras. Muchas gracias por su rápida contestación

FMA dijo...

Desconozco lo que se puede hacer legalmente. No soy abogado. Hay problemas psi que no tienen solución, sino un encuentro con el juez como límite. La salud mental en definición a mínima: una cuestión de orden público.
Pero ya es mucho que haya al menos un hermano que le quiere.

Anónimo dijo...

Muchas gracias Fernando por sus palabras. Le deseo exito y satisfacción con este notable blog.

Anónimo dijo...

Creo que llego un poco tarde, Fernando. Estamos en 2013 y el post es de 2008. Pero no importa si aún puedo ayudar.
Soy abogado y estoy sufriendo el acoso de un querulante que es defendido por otra letrada (su novia). ¡Imagina!
Sólo quería decir que la querulancia puede ser causa de incapacitación. Me remito a la Sentencia del Tribunal Supremo, Sala Primera, de lo Civil, de 16 Mar. 2001, rec. 2861/1998. En su Fundamento Jurídico Tercero dice así: "Después de examinar minuciosamente las pruebas practicadas (a los efectos meramente dialécticos conviene advertir que el carácter preceptivo de las pruebas que expresa la ley no significa que tengan eficacia vinculante, como ya señaló la sentencia de 19 Feb. 1996) y ponderar las apreciaciones efectuadas por las dos sentencias de instancia, y asimismo valoradas las alegaciones del recurso y del escrito del Ministerio Fiscal, sin poder hacer caso omiso del contenido de los numerosos escritos enviados a esta Sala por la Sra. C. y que se unieron al Rollo (lo que si formalmente no se ajusta totalmente a las exigencias procesales, sustantivamente resulta muy esclarecedor), procede mantener la estimación de la existencia de una afección síquica en la esfera relacionada con las actuaciones procesales, por cuanto que aparece como probado que la recurrente padece un trastorno mental duradero que la induce de forma compulsiva a provocar litigios judiciales, innecesarios en cuanto carentes de base real, lo que supone una personalidad «querulante» que determina una situación de afectación en la aptitud o capacidad para actuar en el campo judicial."
Espero que le sirva a alguien.
Enhorabuena por el tratamiento que has dado al tema.
Saludos.