jueves, 2 de agosto de 2007

Pedraza de Campos


VECINOS ILUSTRADOS


Podría haber escogido cualquier otro pueblo de nuestra provincia para hablar de ellos como destino viajero de descanso, por ejemplo Castromocho, como me ha pedido Valentín, quesero de pro del lugar, castellano con alma, pero mi elección es Pedraza de Campos porque siempre he mirado esa villa con ojos de descanso, de súplica de silencio.

Y creo que el retorno de esa búsqueda, a la postre, da la figura de un oxímoron: un silencio atronador, sólo roto por las faenas agrícolas y por los pájaros. Por cierto, que el proyecto de creación de una laguna, ya anteriormente existente, que servirá a las aves migratorias de paso por el entorno, es una excelente idea, creo que de la Fundación Global Nature, y del Ayuntamiento de Pedraza, idea que atraerá gentes.

Pero esto de atraer gentes no es muy popular entre quienes buscan descanso, paz, remanso, silencio. Más bien, ese empeño en luchar contra la despoblación, aparece en personas que han salido ellos mismos del medio rural, que habitaron un día en estos pueblos, y ahora se muestran desolados al volver a sus pueblos y ver que ‘no queda nadie’. Me recuerdan a esos ecologistas de bolsillo que desean que todo permanezca natural para que ellos acudan los fines de semana y se lo encuentren todo ‘chachi’, sin gentes que lo contaminen, mientras que el resto de la semana viajan tan a gusto con sus coches entre el atasco diario.

La despoblación no obedece a malas políticas, y nunca se arreglará con actuaciones políticas. Obedece a lo imposible de enfrentar de un sistema económico basado en la acumulación de objetos, luego es un circuito imparable.

La despoblación es un fenómeno imparable, pero el retorno en épocas puntuales, como ahora en verano, a los lugares de origen o la búsqueda de nuevos escenarios por parte de los aburridos del infernal ruido de las grandes ciudades, o el hecho de que muchas personas se construyen su segunda residencia en estos pueblos, da la perspectiva de que hay un hueco para el cambio de ciclo, y de que existen pueblos que retoman el pulso, al menos en momentos puntuales.

También las nuevas teconologías pueden traer el teletrabajo, y descubrir que se puede vivir en pequeños núcleos rurales a condición, eso sí, de que nuestros políticos anden rápidos y lleven la Red de redes.

Es precisamente que no hay nada, que no hay exposición en escaparate de los objetos, el principal atractivo de estos pueblos repletos de veraneantes. Justamente lo que les hace un desierto en el invierno: la ausencia de objetos. Romper la idea de que en realidad no se precisan demasiados objetos para ser felices, puesto que el objeto ya se perdió, o de que la búsqueda interior es más certera, exige demasiada ascesis subjetiva. No se le puede pedir tanto a la gente, que necesita ver gente, bullicio y escaparates. Miguel Hernández lo expresa muy bien al comienzo de un poema titulado La vejez en los pueblos”: El corazón sin dueño/El amor sin objeto/La hierba, el polvo, el cuervo/¿Y la juventud? Recordemos que el poeta habló de castellanos de alma. Quizá esa búsqueda del castellano no desalmado es lo que se va reconocer en nuestros pueblos, atraídos como el poeta por esos vientos del pueblo que llevan, vientos del pueblo que arrastran.

Mientras tanto, de igual modo que Ampudia era el viaje al pasado, París no se acaba nunca, Venecia es el canto a la bella decadencia y Carril, la demostración de que siempre se estuvo en Galicia, el vecino ilustrado puede toparse en Pedraza de Campos con la metáfora del silencio de los campos de Castilla, de la Tierra de Campos, de los Campi Palatini. Del silencio atronador.


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