viernes, 23 de marzo de 2007

La excursión y la educación





No es un buen momento social para la práctica de las excursiones estudiantiles. Más bien se retrocede ante ellas, se suspenden por motivos varios, los profesores se quejan de lo insoportable de los estudiantes desde que montan en el autocar, de la falta de respeto, de las malas maneras, del no saber estar. Y así son cada vez menos los valientes que se atreven a subirse en actitud educadora a un autocar al frente de un grupo de estudiantes jóvenes. Por eso, en esta época primaveral en que algunos estudiantes van a emprender su excursión de fin de estudios, interesa una reflexión sobre la estirpe de los pocos educadores que aún quedan y que siguen considerando a la excursión escolar como un arma óptimo para la educación de los más jóvenes de igual magnitud a otras asignaturas del currículum.

Decía Manuel B. Cossio, la segunda generación, tras Giner de los Ríos, al frente de la Institución Libre de Enseñanza, que «la excursión escolar es elemento esencia del proceso intuitivo…y ofrecen los medios más propicios para que el alumno pueda educarse en todas las esferas de su vida. Lo que en ellas aprende en conocimiento concreto es poca cosa si se compara con la amplitud de horizonte espiritual que nace de la varia contemplación de hombres y pueblos». Recordemos que estamos en la segunda década del siglo XX y no forma parte de la cultura pedagógica el realizar excursiones. La pedagogía tradicional nunca lo contempló. Por eso, junto a la educación física, los institucionistas, avanzados e ilustrados en nuestro país, promovieron la realización de excursiones escolares.

Se encontraron con fuertes opositores. Los mismos que hoy piensan que una excursión es una pérdida de tiempo, o si se quiere un divertimento más, o una actividad extraescolar más.

Nada de eso. ¿Por qué tienen hoy tan mala fama? ¿Cuál ha sido entonces el problema de su degeneración?

Que la excursión, lejos de ser usada como lo que es, un instrumento pedagógico de primera magnitud, en manos de amateurs de la educación, de enseñantes expertos en su materia pero no expertos en pedagogía, y además con estilos personales poco acordes con el establecimiento de los principios de la autoridad, básicos, se ha ido convirtiendo en un quebradero de cabeza para colegios e Institutos, una carrera desenfrenada a ver qué excursión era la más disparatada y denunciada. Y así, hemos ido teniendo noticias de verdaderas salvajadas de excursionistas estudiantiles en hoteles, autocares e instalaciones varias, y de un hecho educativo novedoso, de excelente recuerdo para muchos de nosotros, -¡ay, Santa Ponsa!- se ha pasado a un ‘botellón organizado’ en el mejor de los casos, y en lo que podríamos denominar una nueva fobia para muchos docentes: la excursofobia.

Desde luego, aún nos quedan ejemplos de grandes educadores que no desfallecen, y que saben usar el principio de autoridad para imponer unas normas que contrarresten la ola social de desprecio por la ley, por el respeto a las figuras de Otro, por respeto a los educadores y su palabra.

Todo el mundo lo dice: hay que tener valor para subirse a un autocar con treinta bachilleres y recorrer un país, y visitar museos, y alojarse en hoteles, y conseguir objetivos pedagógicos. Desde luego, hay que tener valentía, creer mucho en el propio síntoma y contar con el apoyo unánime de los padres para admitir sanciones drásticas a sus hijos si no cumplen con las normativas. Hay que agradecer que aún resten educadores, en el amplio sentido de la expresión, con determinación. Que hacen cumplir los límites porque saben a su vez no extralimitarse en el ejercicio de sus funciones.

Pero junto al valor y el ejercicio de la función educativa, la ciudad está en deuda con quienes imparten la asignatura más difícil, la de evitar la fragmentación social. La ciudad necesita activos educadores que animen al lazo social frente al disfrute individual, a las actividades de grupo frente al individualismo prepotente, al deseo de saber y conocer junto a otros, frente al inapetente consumidor mútico de imágenes.

©DIARIO PALENTINO, publicado el 22 de marzo de 2007.


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