viernes, 2 de febrero de 2007

Carmen Espegel



La arquitecta del Parque del Salón ha realizado una obra excelsa, para la Palencia del XXI, elogiada por lo que sé, por colectivos de artistas y por buena parte de los arquitectos de nuestra ciudad; una obra para leer y lo que es más enigmático para releer. Mi opinión es que sólo por esta obra, la remodelación del Parque del Salón, podemos considerar a Carmen Espegel una vecina ilustrada de nuestra ciudad. Ocurre que como a tantos otros vecinos palentinos les otorgaremos crédito cuando regresen a su terruño con las medallas y el reconocimiento foráneo; entonces como a Sinesio Delgado, haremos por dar su nombre a calles. Estamos ante una nueva muestra de la invisibilidad del vecino ilustre, esté o no en la diáspora.

Carmen Espegel ha realizado una obra romántica. El romanticismo, que no puede reducirse a una viñeta de amor y nostalgia, tuvo como principios básicos, -hay que leer a un Isaiah Berlin para conocer también las raíces en el XVIII del movimiento romántico- el respeto a las minorías más que a las mayorías, la concepción del fracaso como más noble que el éxito por lo que éste suele tener de imitativo y vulgar, la disponibilidad para luchar por un ideal que dicta el corazón. Es por ello evidente el romanticismo de Carmen Espegel al apostar por sus sentimientos; había vivido el Parque de adolescente tal y como ha manifestado en este periódico, y ha legado un Parque del Salón elogiado por los adolescentes de 2004, es el Parque de los adolescentes del futuro, que harán de él un nuevo emblema.

La arquitecta palentina ha recibido varios premios, pero de entre ellos, me ha llamado la atención uno. El que le otorgó en 2003 el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España. ¡A la mejor propuesta en cinco años sobre los cambios y las tipologías de futuro de la vivienda social y de protección oficial!

Hay películas de culto, de cinéfilos, que jamás podrán ser aceptadas por el gran público; libros escritos para una minoría que nunca serán best-seller; edificios emblemáticos adelantados a su tiempo: de eso supieron mucho los modernistas y entre nosotros Jerónimo Arroyo; obras de arte incomprendidas en su momento, Torre Eiffel, o Arco del Mercado en Palencia,-se llegó a decir que era un mingitorio-; obras que han servido de ingresos turísticos para los nietos de los detractores. A Lacan le expulsaron los padres de quienes hoy le leen con arrobo y le han consagrado como el psicoanalista más leído después de Freud. La lista sería interminable. Obras arquitectónicas como el Pompidou o la pirámide del Louvre en París que fueron denostadas en su tiempo, hoy son las más visitadas.

La obra del Salón con materiales no modernos sino clásicos como el hierro, está a la altura de la gran construcción de hierro y cristal del Hyde Park londinense de mediados del XIX, el Palacio de Cristal que fue copiado, entre otros aunque en menores dimensiones por el homónimo del Retiro madrileño. La luminosidad recorre todo el Parque a la noche, se mantiene el paseo blando en torno a lo que fue la fuente de la bellota, se supera una rosaleda no isabelina sino de los cincuenta, se mantienen los ejes y paseos con el mismo tratamiento duro pero bien pavimentado, se busca el empaque en las pérgolas gigantes, y aún faltan por construir tal y como la arquitecta proyectó, la torre-mirador y la cafetería, la integración del Centro de Salud y el desarrollo y buen cuidado de la vegetación; la biblioteca servirá para seguir construyendo una ciudad de lectores y en fin, el detalle arquitectónico del auditorio con una plataforma de rampa inclinada que permite un uso abierto de los espacios públicos sin la distancia de la tarima, y además, al parecer, dotado con los últimos avances técnicos, -se puede de momento elevarse y descender su escenario pero que puede merced a los dispositivos preinstalados llegar a realizar otro tipo de giros y movimientos-. El Parque del Salón constituye en mi opinión uno de los mejores aciertos urbanísticos de los últimos tiempos de nuestra ciudad, una construcción desde el romanticismo para las vanguardias y la modernidad.

La contemplación de un objeto nuevo siempre causa extrañeza y desde determinadas subjetividades lo extraño, si se quiere lo singular, no se digiere. A veces determinado objeto es vivido como hostil por no llevar el rasgo de lo familiar o el rasgo de la concatenación con lo mismo, con lo idéntico. Una remodelación siempre tocará en estos registros subjetivos. En París en la plaza del mercado de Saint-Honoré, donde hubo un convento hasta 1810 y desde entonces un mercado, reconstruido en 1959, se puede ver el homólogo del Parque del Salón. Una edificación de hierro y cristal, controvertida y denostada en su momento, y hoy emblemática de la zona, firmada por el español Ricardo Bofill en 1986. Busquen esta Plaza en su próximo viaje a París. Y verán cómo la transformación de un objeto para la mirada siempre tendrá enfrente a unos por razones subjetivas, a otros por razones ideológicas, a otros por pertinaz oposición a todo lo que se mueve en la perenne idea de disparar al pianista, a algunos por defensa del provincianismo y lo rancio, a otros por auténtica fobia a los inventos: que inventen otros ha sido el lamento español por antonomasia.

A falta de debate de ideas, se puede debatir sobre objetos: es lo que hicieron con Picasso. O con Kandinsky, con sinestesia incluida. Los mismos que les marginaron, les hirieron, hoy podrían contemplar abiertamente su triunfo.

Ante la obra de remodelación de un Parque, vemos el despliegue confuso de saberes y opiniones, a los que se refiere Ortega y Gasset en La rebelión de las masas o más próximo en el tiempo Peter Sloterdijk en El desprecio de las masas. Aquí vemos cómo los artistas saludan el nuevo Parque, los arquitectos elogian sus formas con argumentos técnicos, estéticos, de su universo; los filósofos e intelectuales tienden a callarse, ya se sabe; y muchos vecinos tienden a ver faltas, cayendo en la seducción de lo que falta frente al brillo de lo que hay. La autoridad de los neófitos o diletantes del arte, del pensamiento, del urbanismo no se nos debe poner en cuestión; opinamos en tanto usuarios; es más, los objetos que son de todos, que van a ser usados por todos, deben de ser objeto de discusión, de crítica, de libertad de pensamiento, de oportunidad para debatir. Toda la agitación es poca si se quiere salir del marasmo de nuestra tierra castellana. No hay que temer a la politización del urbanismo; no hay que temer a la politización de nada; acaso hay que temer a los que quieren aparcar la gran conversación, a los que temen escuchar otros discursos y buscan la némine discrepante. Ahora bien, los no expertos pueden opinar pero no confundir opinión con saber, no pretender superar en saber al de los expertos en algo. En las obras públicas, ¿no hay demasiados ingenieros?

Quizá el proceso sea que estas decisiones, las remodelaciones de espacios públicos, las tomen nuestros representantes municipales, pero auxiliados por un jurado experto. De todas formas, y si no estoy mal informado, es lo que se ha hecho: los mejores arquitectos escogieron el mejor Proyecto. Arquitectos de la talla de Jerónimo Junquera, organizador del proyecto urbanístico y paisajístico de la Expo de Sevilla, o la arquitecta Bet Galí, autora de buena parte de los parques y jardines de la Barcelona Olímpica vinieron a Palencia a elegir el que les pareció el mejor de los proyectos.

Como ciudadanos podemos opinar, pero nos cuesta reconocer el no-saber.

Si la arquitecta Carmen Espegel ha sido ya premiada por varias de sus obras, como se puso de relieve en la Exposición antológica del Colegio de Arquitectos, al menos de momento resta premiarle también aquí en su ciudad y la nuestra, con el premio simbólico de nuestra gratitud por su esfuerzo ilustrado de vanguardia.

©DIARIO PALENTINO, publicado el 27 de mayo de 2004.

1 comentario:

Luis M. dijo...

Debo darte la razón en lo que expones.
Carmen es una vecina ilustrada, a pesar de los elogios de los "artistas", yo le reconozco audacia y valentia, pero me temo que los premios interpares tienen un marcado tufo endogamico.
Estoy de acuerdo con la interpretacion adolescente del Salón de Isabel II, aunque ver a la Vieja Dama con ortodoncia y gafas de Affelou, me resulta, al menos chocante.
En cuanto al romanticismo de la obra, me tengo que mostrar en desacuerdo contigo, el autentico toque romantico se lo debemos a nuestro querido Ayuntamiento, ese aire de ruina tan romantico, ese desaliño, me recuerdan las puntillas desilachadas y amarillentas de los cuellos de Madame Bovary.
La tisis se ha adueñado del parque, esperemos que no acabe con él como con tan romantica figura.
Tambien era muy romantico el mounstro de Frankenstein, tambien estaba hecho de piezas, algunas recicladas, y el gran público, sus vecinos, tampoco aceptaron muy bien este personaje. Les faltaba sensibilidad.