jueves, 18 de enero de 2007

El Diálogo


El diálogo

Como modalidad de discurso, el diálogo se da entre dos interlocutores. Se diferencia así del monólogo que requiere de uno mismo y a lo sumo de un público, de espectadores de un teatro que no dicen nada. ¿A alguien le cabe duda de que llevamos más de cuarenta años asistiendo en España a un diálogo entre quienes usan el terror como lenguaje expresivo y los gobernantes de turno que tratan de contestar con otro lenguaje? Si no fuera porque en el medio de la refriega nos encontramos nosotros, los vecinos de a pie, que sufrimos las consecuencias de su peculiar conversación, podríamos decirles que siguieran así ad infinituum pero como quiera que la mayoría estamos hartos de lo que dura esta película de miedo entre descerebrados terroristas y de responsables de hacerles frente, por momentos igual de descerebrados, y como quiera que tememos que el terror un día se nos presente sin pamplinas quizá al menos podemos expresar lo que pensamos, tras muchos años de ser víctimas no sólo del terror sino del desaguisado de este largo diálogo.

Cuarenta años son muchos. Sobre todo de interpretaciones. Desde el primer minuto se ha ‘leído’ el acto de terror por parte de gobernantes, medios de comunicación y creadores de opinión con un singular aparato de lectura. Por un lado clasificando el acto en función de la víctima, y así, la reacción ante el atentado que costó la vida a un Presidente del Gobierno fue recibido con champagne por muchos de los que después tuvieron que enfrentarse a los chicos de la goma 2, guardando el cava deprisa y cambiando de discurso. Por otro lado clasificando el acto en función de su hipotético objetivo político, cometiendo el error de leerlo en clave política. Una veces se nos decía, se trata de desestabilizar la democracia, otras que tal atentado era hacer acto de presencia y recobrar protagonismo, otras que se trataba de influir en el voto. El caso es que al hecho criminal le han salido de siempre hermeneutas que creían saber cada temporada la verdadera razón por la que los otros mataban o secuestraban. Finalmente respondiendo con sucesivos intentos de “entrar al trapo”, de continuar la conversación: bandas similares antiterroristas pletóricas de chapuza como puede verse en la película de Miguel Courtois, GAL, o en el otro extremo, respuestas puramente ingenuas –como llamadas a la palabra, a la paz, a la sensatez, como si estuvieran delante de alumnos díscolos de la EGB- que desconocen lo esencial del terror.

¿Cómo se ha dialogado con los virtuosos del terror en estas décadas pasadas? Según la moda, con ocultamiento informativo extremo de sus actos terrositas, hasta el punto de enterarnos de la muerte de un guardia civil sólo si se leía las páginas interiores de los periódicos y en letra pequeña o bien, al contrario, publicidad máxima de sus actividades, hasta el extremo de poder seguir en directo el dolor de las víctimas en una intromisión en la intimidad verdaderamente obscena; dispersión o concentración de los presos a antojo, a ojo, a la vez que se invoca el Estado de Derecho para inculcarlo; medidas judiciales extremas como esa medida de buscar nuevos delitos, justo en el momento y no antes, en que un preso iba a salir en libertad tras ser juzgado y haber cumplido sus dieciocho años de condena. Este error, coartada para los violentos, legitima su huelga de hambre primero y después, ante el pánico, obviando “Malta” y las instrucciones a médicos ante personas en huelga de hambre, ordenando con violencia la alimentación obligatoria de ese mismo preso: una delicia de diálogo lleno de ignorancia, basculando entre la “doctrina Parot” y Carl Schmitt, entregándoles en bandeja un símbolo como regalo cuando ellos no tenían sino un ex presidiario. Esta política de otorgar a varios criminales un Derecho Penal de autor, castigando a la persona y no el delito ha encontrado eco demagógico en un ex ministro que ni corto ni perezoso acaba de declarar que como el susodicho es un asesino está bien obviar la ley. Por no hablar de las medidas policiales laxas en el momento dulce de las distintas conversaciones formales, a lo largo de estas décadas, con los líderes del terror.

De entre todos los errores de quienes vienen conversando, en los distintos modos de discurso, estos últimos treinta años con los terroristas, el más flagrante ha sido usarles como factor de la política. Finalizar, treinta años después, elevándoles al protagonismo máximo, lo que siempre buscaron. Hoy, han conseguido nada más y nada menos que los partidos políticos principales lleven el asunto como principal punto de su programa político, y encima alardeen de ello. Y ellos, los descerebrados, felices, exultantes tras conseguir ser los protas del cotarro.

Primero fueron los ultras quienes insultaban a ministros como Gutiérrez Mellado en cada funeral responsabilizándole de los atentados por falta de mano dura, algo muy socorrido siempre que hay un atentado: la culpa es del Gobierno por flojo y no de los responsables. Después populares y prensa contra socialistas acusándoles de no hacer las cosas legalmente, después socialistas contra populares por no informar en tiempo real, por ocultar datos, por mentir o por no usar del talante dialogante, más tarde las víctimas del terror, adulados por algunos, contra el Gobierno, por dialogar con quienes habían asesinado o mutilado a sus familiares, lo que les lleva a ser más protagonistas, amos de lo que hay que hacer en política y consiguiendo que el resto de ciudadanos tengamos menos derecho que ellos a opinar, convirtiéndonos a la postre en víctimas de las víctimas. Y por último, estos días, todos contra el Presidente del Gobierno por cometer errores, por iniciar un proceso de paz, o por no estar bien informado, incluso por cometer ‘lapsus’, cuando lejos de ser un error humano, o un acto fallido, es un acto logrado, nos indica la verdad de lo que opina su sujeto del inconsciente: un accidente en su hoja de ruta hacia la paz y no un atentado, puesto que “los muchachos” no querían víctimas, incluso ellos mismos han dicho que son daños colaterales. Hasta tal punto son ya un factor de la política que consiguen variar las intenciones de voto tras cometer un atentado.

Los descerebrados pueden estar contentos, no lograrán entusiasmarnos con ninguna de sus publicaciones puesto que muy intelectuales no son, pero han conseguido no sólo aterrorizar a los vecinos de sus pueblos que prefieren el silencio, o a los concejales de sus ayuntamientos que han de ir escoltados, también siguen de protagonistas absolutos del cotarro y además han logrado desunir a todos constituyéndose en un importante factor político capaz de inclinar la balanza de unas elecciones, y de momento de unos sondeos. Todavía recuerdo el exabrupto de un Presidente de Comunidad Autónoma que tras un atentado al líder de la oposición exclamó tras saberse que los sondeos se habían puesto de su parte al sobrevivir al atentado, aquello de “lo que no mata, engorda”.

¿Quién es el tonto que cree que con los que asaltan un banco y consiguen rehenes no hay que dialogar? ¿Quién es el inteligente que piensa que no hay que dialogar con criminales, con delincuentes, con terroristas? Es el regreso a Lombroso, el criminólogo positivista italiano: "En realidad, para los criminales natos adultos no hay muchos remedios: es necesario o bien secuestrarlos para siempre, en los casos de los incorregibles, o suprimirlos, cuando su incorregibilidad los torna demasiado peligrosos". ¿Acaso conseguir que dialoguen no es vencerles? ¿Quién es el ingenuo que cree que no hay que usar de todos los medios inimaginables con el loable objetivo de que no haya más víctimas, más dolor, más sufrimiento? ¿Alguien se opone a infiltrar informadores en los distintos núcleos de los grupos del terror? ¿Alguien dudaría de usar con profusión una hábil política informativa? ¿Es tan difícil de entender que detrás de los “muchachos” se encuentran los que dicen “son nuestros muchachos” y rentabilizan sus trabajitos? ¿Con ellos no hay sutiles formas de diálogo?

Precisamente si el silencio es parte del lenguaje, no dialogar es un lenguaje. No dialogar no es sino optar por un lenguaje, por una forma de diálogo: la peor, la que empuja al interlocutor al monólogo.

¿Es creíble que en nuestro país no haya habido en todos estos años un pequeño grupo de gente que piense, una élite bien preparada, jóvenes brillantes como les hay en tantos campos del saber y que sea capaz de conversar, política, judicial, policial, penitencial e informativamente de una manera decididamente inteligente con la serie de los descerebrados?

Si como modalidad de discurso, el diálogo se da entre dos interlocutores, al emisor que habla en términos de terror le corresponde un receptor a la altura de su diferente función. Un receptor que comprenda no sólo el texto sino fundamentalmente el contexto. De lo contrario vamos a seguir asistiendo a un monólogo a dos en el que nosotros, los espectadores de la función ponemos primero el dinero, -aún tenemos en la cárcel a un alto dignatario que nos lo birló y aún no nos lo ha devuelto-, y después ponemos el cuerpo, susceptible de su mutilación y que cuenta como cuerpo contable. Después de décadas de milongas, seguimos la inmensa mayoría de ciudadanos este monólogo a dos como público con cara de tonto, espectadores de un teatro, sin apenas decir nada.

Mientras que en España se han resuelto muchos de los problemas irresolubles en otras épocas, resta enquistado éste. Asunto trágico, que se parece cada día más a los problemas sin solución, a los problemas que el filósofo diría no se arreglan sino con una ausencia de solución.

©Diario Palentino. VECINOS ILUSTRADOS. Publicado el jueves 18 de enero de 2007.

2 comentarios:

Carlos Rodríguez Serrano dijo...

(OPINIÓN
CARTAS AL DIRECTOR: publicada en DIARIO PALENTINO el 26/01/2007, y por su referencia al artículo publicamos íntegra como comentario al POST)

Vamos a dialogar... pero ¿qué es dialogar?

«Diálogo». Puede ser que en estos últimos tiempos sea la palabra más leída y dicha. Hasta alguien puede pensar, por lo que se nos dice, que podría entenderse como la panacea que vaya a resolver todos nuestros males.

En este periódico del pasado día 18 (pág. 5), he leído con mucho interés un artículo de Fernando Martín Adúriz que titula con esa misma palabra: Diálogo. Muy completo este artículo. Muy bien.

Un montón de ideas, sugerencias, reflexiones, opiniones e incluso propuestas, me vienen a la mente a este propósito, que podrían desgranarse en uno o varios artículos, extensos como el de referencia, pero mi comunicado, dado el espacio al que va destinado, no puede ser muy largo, por razones obvias.

Y lo primero que me pregunto es ¿qué es dialogar? Porque pienso que por ahí se debe comenzar la reflexión. Personalmente creo que nadie puede poner en duda la importancia y necesidad ineludible del diálogo. Y eso en cualquier tipo de relación humana, independientemente del número de sus componentes, de las ideas que les muevan. Por el comportamiento de los miembros de una familia, podemos deducir si en ella hay diálogo. Y lo mismo nos sucede con las relaciones de vecindad, laborales, culturales, etc., incluso las políticas.

Y ciñéndome ya a mi pregunta, busco y encuentro la respuesta (tomada, según creo, de Santo Tomás): «Diálogo es la conversación entre dos o más personas, en plano de igualdad y con ánimo de entenderse» (Convivencia humana pág. 78.- Eugenio Frutos Cortes, Catedrático de Filosofía).

Es decir, que para que pueda producirse el diálogo se precisan, de forma ineludible, una serie de circunstancias o posturas, conducentes a lograr el entendimiento entre los que en la conversación participan. Porque si los que intervienen no tienen idénticas posibilidades de acción, de competencia, etc., se podrá dar una relación de superioridad de uno frente a otros, lo que puede conducir a una imposición, pero nunca a un diálogo auténtico. Y si por el contrario lo que existe es una idea preconcebida e inalterable, tampoco el diálogo puede dar fruto alguno. Mejor dicho, no existirá diálogo. Y por otra parte el ánimo claro de «entenderse».

Si ahora se habla tanto de diálogo es por eso que se ha llamado proceso de paz ante la banda terrorista ETA. Y para lograrlo, dicen, hay que dialogar. Mejor el diálogo que el silencio, se defiende en algunos foros. Ante la ausencia de diálogo, mejor la acción eficaz, digo yo. Y en este tan ansiado diálogo uno se pregunta: ¿se dan las circunstancias precisas para que sea tal? Sobre todo me pregunto: ¿existe el ánimo de entenderse? Porque no basta con decirlo, sino confirmarlo con hechos. Y no es el mejor procedimiento la mentira, el abuso, la extorsión, la amenaza, la bomba.

¿Y hay diálogo con ETA? A lo más, según las evidencias, algunas conversaciones, que no pasarán a más hasta no lograr todos sus objetivos (los terroristas, claro). Pero es más, ¿le hay en las distintas Instituciones? Porque los ejemplos que se nos dan no resultan nada edificantes. ¿Puede hoy nuestro Parlamento darnos alguna lección sobre el diálogo cuando vemos sus comportamientos personales y colectivos? Cuando impera la orden del silencio y la condena al más absoluto ostracismo a quienes no piensan de una forma determinada? Y pasando a otras Instituciones más cercanas, ¿podemos entender que sea una invitación al diálogo expresiones de un miembro de una Corporación Local, frente a sus opositores, cuando dice: «...en las instituciones que gobiernan las utilizan para su uso personal y donde no tienen el poder las denigran, deshonran y mancillan...» o «es la típica mezquindad llamada estrategia de campo quemado, si no voy a recoger yo la cosecha que no la pueda disfrutar nadie más; o después de mí el diluvio». ¿De verdad que se puede llegar a algo positivo con planteamientos de esta índole?

Bueno, pues no me da más de sí el espacio. Y podríamos decir que queda «mucha tela por cortar».

Cuentan de aquel pueblo agricultor que ante la ausencia de lluvia, solicitaron del cura párroco sacar al santo en procesión para pedir la lluvia tan necesaria. El sr. cura les dijo: «Adelante, sacad al santo en procesión, pero para mí que el tiempo no está de lluvia».

Pues eso... ¡que el horno no está para bollos!

Carlos Rodríguez Serrano

Luis M. dijo...

Bien por D. Carlos.
Nunca hasta hoy, ha sido tan imprescindible el diccionario. La utilización torticera e interesada de los términos, nos lleva, irremisiblemente, o bien al relativismo o bien a la confusión, de hecho hay quien opina que el horno sí está para bollos.
Por mi parte, pienso como Ud. y solo me cabe el felicitarle.