viernes, 11 de noviembre de 2011

Traductores

Traducir de una lengua a otra siempre me ha parecido una tarea de expertos. Traducir bien, claro. No ser obsesivo de la literalidad, sino permitirse las licencias debidas, esto es, lo que hacía Tomás Segovia, el poeta autor de Bandera, y traductor al castellano de Baudelaire, de Lacan, de Jakobson, de Bloom, de Rimbaud…
En un libro de Octavio Paz, titulado Cartas a Tomás Segovia (1957-1985), descubrí hace tres años una carta donde deslizaba el Nobel su pesar porque el poeta se dedicara a traducir, viniéndole a decir que 'me entristece de veras saber que todavía caminas por los corredores de la traducción'. Y no se quedó ahí sino que le recordó que 'para los tibetanos hay un cielo y un infierno para los traductores'.

Asistimos habitualmente a episodios de malentendidos, de sobrentendidos, de 'no es eso lo que quise decir', o 'no me has entendido', o 'te lo has tomado mal'. Efectivamente tomarse algo en el mal sentido no es sino traducir mal lo que alguien nos trata de transmitir.
Ese es nuestro babel diario, nuestra confusión de cada día, nuestro disgusto cotidiano. Y es que andamos todos traduciéndonos de continuo. Porque cada uno hablamos una lengua, la nuestra, con nombres y apellidos, una lengua que vehicula nuestra historia, que porta el misterio de nuestro encuentro con el lenguaje, con lo que no se puede nombrar, y con lo que nos da un suplemento de goce.
Las madres traducen a sus bebés y explican en una lengua asequible sus lamentos, gorgojeos, pequeñas exclamaciones, interjecciones, microsonidos. Los mayores tratan de decirles a los más jovenes que determinada expresión del abuelo, ya en desuso, tiene un valor diferente al que se cree. Por no hablar de la jerga de los diferentes saberes y profesiones, intraducibles para el gran público.
Una cierta tolerancia, y un puntillo de humildad no nos vendría mal. Sobre todo a quienes, devotos de la infatuación, suelen apabullarnos con su supuesto 'hablar con propiedad'. Creen que la lengua habita en la Academia y no en la calle.
Cada uno tiene un diccionario singular, que conviene descifrar, pues somos traductores unos de otros.
Y con la asignatura pendiente siempre de ser un buen Tomás Segovia, un buen traductor, no literal, del propio inconsciente.

Publicado en DIARIO PALENTINO el jueves 10 de noviembre de 2011


1 comentario:

Vicent dijo...

Cierto, cada uno tenemos nuestro síntoma y el primero que ha de aprender a "traducir" o a tolerar ese síntoma somos nosotros mismos, después el otro nos tolera, pero nunca si antes no hemos hecho la labor de encontrar nuestro deseo.
En cada persona hay un "habla" distinta y cada uno de ellos ha de ser traducido por el otro, en los momentos en que nos ponemos y nos ponen (ambas cosas a la vez) en el lugar de extranjero, hemos de saber convivir con ese otro, que es lo que hace que podamos después y entretanto del hecho de la extranjerización "vivir-desear-hablar-discutir-amar-etc.", esto no quiere decir que hayamos de desdeñar los momentos buenos, es más los hemos de buscar, los momentos de armonía puesto que los de "crisis" vienen indefectiblemente solos, y en esta falta estamos. Mire, yo comencé a hablar en castellano, mi madre es de Mérida y mi padre hablaba en valenciano-catalán, en sus últimos años sólo en esta lengua, no era nacionalista sino que comprendía que era la lengua de (también mi mismo caso, no del de mi abuelo que la tenía como materna)su padre y con ella hablaba o hablaba en ella sin ser la suya, yo puedo hablar sólo por mí y en este caso no me importa perderme mucho "mercado" no estoy hecho para las grandes aglomeraciones de personas, prefiero hablarme acompañado, por quienes me sienten como su ¿igual?, ya sean estos castellanoparlantes o de otra lengua, yo he llegado a aceptar hablar con normalidad y sin autoimposiciones en la lengua de mi padre haciendo con ello un esfuerzo de autotraducción que me ayuda a comprender al otro, Otro, Dios, el Padre, mi padre.

Bueno, corroboraría todo o dejémoslo en casi todo lo escrito por usted, ya es usted uno de mis escritores de sobremesa, y lamentablemente o afortunadamente no he de pagarle, por lo que le doy las gracias.

Un saludo atento

Vicent