domingo, 15 de enero de 2017

La hora de clase



            «Siempre que un profesor entra en el aula tiene que lidiar con su propia soledad, con un vacío de sentido entre cuyos límites se ve obligado a medir su propia palabra». Extraído de La hora de clase, libro de Massimo Recalcati (Anagrama, 2016), un libro que debe ser leído por los maestros inquietos tanto como por los padres que se formulan las buenas preguntas. Este libro está teniendo muy buena acogida entre quienes piensan la disyunción educación/enseñanza en términos de arrinconamiento de las cosas inútiles en nombre de la utilidad de lo competitivo.
            Es verdad lo que muestra en alguna de sus páginas, que el maestro puede conducirse como un profesor de deseo, o puede engrosar las filas de los maestros francamente aburridos, mortecinos, los que riñen una y otra vez, los que no aman lo que hacen. Es verdad que cada vez demandamos más toparnos con maestros que sepan mantener despiertos a sus alumnos, pues parece que finalmente comprendimos que no se trata de insistir en las competencias cognitivas ni en los forzamientos conductuales, sino en hablar dirigiéndonos al sujeto deseante que anida en cada alumno para despertar su curiosidad. Desear viajar por senderos nuevos se puede contagiar en los alumnos, provocando su despertar.
            Hay un momento muy delicioso en el libro, (bueno hay varios, como cuando trata la voz como un cuerpo, señalando la perspectiva del cuerpo real, no el imaginario ni el simbólico, esa voz tan singular de cada maestro y que vehicula un estilo propio e inconfundible), y muy actual. Hablar a las paredes es el lamento de muchos profesores. Sin embargo, lejos de la idea de que hay que caminar hacia la eficacia de la transmisión de la información, recuerda el autor a Lacan y su Hablo a las paredes, como demostración de algo estructural a toda enseñanza: siempre se pondrá en juego una imposibilidad, la de transmitir sin resto lo que se enseña, pues siempre habrá un residuo. De de ahí la soledad del maestro, a veces su desazón y no pocas veces su hartazgo, su idea de incomprensión, de hablar a las paredes, de no ser captado, de pensar que no sirve lo que hace.
            Enseñar es marcar una impronta, dejar una huella, no es clonar, no es reproducir fielmente la propia palabra, no es repetir como papagayos. De ahí el absurdo orgullo de los maestros que se saben copiados, y la certera desazón de los maestros que se sienten imitados. Sentirse solos no es retórico, es lo suyo.
Publicado en DIARIO PALENTINO el jueves día 12 de enero de 2017